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TRIBUNA

Ejemplaridad activista

miércoles 14 de diciembre de 2016, 21:33h

Lamiya Aji Bashar y Nadia Murad, de 18 y 23 años respectivamente, acaban de recibir en el Parlamento Europeo el prestigioso galardón del Premio Sájarov, con una más que justificada ovación. Debemos congratularnos de que el galardón haya ido a parar a estas dos jóvenes mujeres yazidís que, a pesar de haber sido objeto de actos de tortura, esclavización y violencia sexual por formar parte de una minoría religiosa asentada en la riquísima zona del Kurdistán iraquí, no se muestran ante el mundo con un talante pasivo y victimizante. Más bien, al contrario, transmiten una actitud firme y decidida a favor de los derechos humanos, con absoluto y encomiable coraje.

A mi modo de ver, representan un nuevo modelo que rompe con la idea de que la mujer necesita servirse de posturas paternalistas para poder cambiar los modelos de convivencia que contravienen los derechos humanos en el mundo. En el caso de Bashar y Murad, el horror vivido, que no hizo más que comenzar tras perder ambas a sus seres más queridos de su pueblo natal Kocho, les ha proporcionado fuerza moral suficiente para emprender una batalla contra el ISIS, a sabiendas de que la única vía para destruirlo es la apuesta “por la humanidad y el honor”, como resaltó Nadia Murad en su emotiva intervención.

Este premio lo han hecho por ello extensivo a “todas las niñas y mujeres que han sido esclavizadas sexualmente por Daesh y para todos los que en cualquier parte del mundo han sido víctimas del terrorismo”. Conscientes de que en el siglo XXI no solo se globaliza la solidaridad sino fenómenos tan perniciosos como el terrorismo, debemos confiar en métodos de erradicación conjuntos que vengan respaldados por instituciones democráticas a nivel internacional que velen por la defensa de los derechos humanos en el mundo.

Por increíble que nos parezca, ellas son solo una pequeña muestra del sufrimiento que acompaña a muchas mujeres por el mero hecho de pertenecer a la minoría yazidí, una religión que se remonta a cuatro mil años atrás y que se considera por el yihadismo como la encarnación del diablo. Sobra decir que frente al fanatismo religioso solo se puede luchar con las armas del Estado de Derecho y con una actitud de racionalidad y cordura política.

Confiemos en que se reclame justicia frente a estos graves atropellos a los derechos humanos, que sobre todo afectan a los más vulnerables de la sociedad, estos es, a mujeres y niños, y que con las armas de la ley se lleve al Tribunal Penal Internacional a los protagonistas de semejante genocidio.

Han sido conmovedoras las palabras del presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, al reconocer públicamente que no se hace suficiente ni todo lo que se podría, desde el ámbito de la Unión Europea, para combatir situaciones como las que Bashar y Murad han denunciado. Sin embargo, creo que sería injusto no reconocer lo que la institución comunitaria ha llevado a cabo durante décadas en defensa de los derechos humanos en el mundo y de un modo especial en la Unión Europea. Gracias al Parlamento Europeo, contamos con una institución que no solo aprueba la gestión del presupuesto de la Unión Europea, debate la política monetaria con el Banco Central Europeo o aprueba la legislación de la Unión Europea, entre otras competencias, sino que controla democráticamente todas las instituciones de la Unión Europea, velando además por el respeto a los derechos humanos.

Sin ningún tiempo de imperialismo colonialista, creo que reconocer el galardón Sájarov a estas dos activistas femeninas, revela la apuesta firme por ese mínimo ético común que representan los derechos humanos y que no puede traspasarse bajo ningún pretexto. Pero todavía más importante me parece que es que se haya visibilizado a estas mujeres para darles voz ante el mundo, en representación de tantas otras que, con vidas completamente aniquiladas por el ISIS, han perdido para siempre la más mínima capacidad de expresión.

Tanto Bashar como Murad, a pesar de su corta edad, dejan claro que ni siquiera el secuestro, la venta y esclavización sexual de la mujer, consiguen transformar las conciencias de sus víctimas. Cualquiera puede renunciar a sus derechos, porque otros se los usurpen, pero a lo que no se puede renunciar nunca es a las obligaciones morales. No es nada nuevo porque ya lo dijo Thomasius, a principios del siglo XVIII, lo que sí es nuevo y revelador es que sean mujeres en el siglo XXI, como Bashar y Murad, las protagonistas de este viejo paradigma.

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