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NOVELA

Yoko Ogawa: Lecturas de los rehenes

domingo 18 de diciembre de 2016, 17:07h
Yoko Ogawa: Lecturas de los rehenes

Traducción de Juan Francisco González Sánchez. Funambulista. Madrid. 256 páginas. 16 €.

Por José Pazó Espinosa

La editorial Funambulista sigue empeñada en publicar en español la obra de Yoko Ogawa, a medida que esta la va produciendo. La literatura de Ogawa es sutil y leve, y a la vez intensa y eficaz. Sorprende gratamente que una editorial, pequeña en su tamaño frente a los mamuts editoriales actuales, asuma tal grado de compromiso con una autora lejana en el espacio y poco adecuada para campañas de marketing dominicales.

Ogawa se dio a conocer de forma popular en el 2006 con Una introducción a las matemáticas más elegantes del mundo escrito a medias con el matemático y ensayista Masahiko Fujiwara. Pero ya había escrito la muy interesante La fórmula preferida del profesor, novela que la proclamó como una maestra literaria de las pequeñas cosas. Entre sus obras se encuentran también títulos como Amores al margen.

Las pequeñas cosas son el gran tema de la literatura japonesa de finales del siglo XX y del siglo XXI. La sensibilidad para ellas se cultivó durante siglos y tiene cimas como El libro de la almohada o Los ensayos de un hombre ocioso y, aunque Japón soñó con las grandes cosas durante gran parte del siglo XX, el final nuclear de la segunda guerra y una posguerra dolorosa le lanzó de nuevo a las sutiles brasas de las pequeñas cosas, esas que arden en silencio para quien las quiera observar y disfrutar. Ogawa, con la precisión de la matemática que tanto admira, las analiza y disecciona con el placer del entomólogo y la bondad de un dios nada omnisciente.

Lecturas de los rehenes parte de un inicio un tanto forzado y hasta casi extraño en la literatura de Ogawa: un grupo de ocho viajeros japoneses son tomados como rehenes por una organización terrorista en un país inconcreto. El secuestro se alarga y la opinión pública se olvida de ellos. Solo siguen atentos los servicios de seguridad que quieren liberarlos. Los rehenes, sin contacto con el exterior, inician una ronda de relatos para pasar el tiempo y dejar una huella. Escriben estos relatos donde pueden, en hojas, paredes o puertas de la casa en la que están recluidos. Se los cuentan unos a otros por turnos y las grabaciones son escuchadas por el miembro de las fuerzas policiales encargado del espionaje electrónico de la cabaña.

Los ocho rehenes desgranan ocho historias que son ocho voces remotas y atávicas de su pasado. Esas ocho historias sí son Ogawa en estado puro: hechos menores, casi perdidos en una memoria sacada de su contexto, aislada en una cabaña, pero que allí destila verdades del ser, que el mismo ser ignora. De alguna forma, sus historias son un paradigma de lo que es ser japonés: pertenecer a una memoria colectiva en la que uno es una gota de imágenes con un sentido extrañamente coherente. Un camino hacia la trascendencia a partir de la comprensión de los hechos mínimos y arbitrarios. Lecturas de los rehenes es un libro que se lee muy fácilmente y deja en el paladar la sensación de que un grano de sal puede a veces alterar toda una vida.

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