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DESDE ULTRAMAR

Alepo y la Navidad

jueves 22 de diciembre de 2016, 20:14h
La guerra de Siria va encuadrada en la brutal geopolítica de la región, donde todo suma y nada se dispensa, donde no es menor el imperialismo yanqui que el ruso y son tan deleznables los intereses de Moscú como lo son los de Washington, promotores de la inestabilidad regional para alcanzar sus propios fines, haciendo del Medio Oriente una cancha de ping-pong donde quedan a fuego cruzado sus pobladores. Es un nuevo llamado de atención para que no dejemos de denunciar las masacres que desde todas la partes, allí se comenten a diario.

Desde luego que escaldan notas como la del acribillamiento del embajador ruso en Turquía, que en el nombre de Alepo ha sido ajusticiado por la espalda a manos de uno de sus guardias de seguridad. Hay que tener cojones para cometer semejante fechoría. No será la primera ni la última vez en que un diplomático pague por las acciones de su gobierno y para acabar de rizar el rizo en las malavenidas relaciones entre Ankara y Moscú, enmarcadas en ese mismo juego donde Rusia refunfuña contra la Otan cogiendo a Turquía de acicate para refrenarla.

Alepo duele como avergüenza y duele la intentona por derribar al dictador sirio no en aras de la democracia, sino de instaurar un régimen más a modo que frente a los apetitos estadounidenses de evitarlo y a los rusos por conseguirlo, los posicione en definitiva en el Mediterráneo, estratégico y a medio camino de todo para dominar el comercio mundial, implicando quedarse Rusia en Siria coronando una larga aspiración de inmemorial origen y remarcado en el siglo XIX en la Guerra de Crimea. Es que Moscú no halla cómo meterse en ese avispero que es el Medio Oriente, tan fundamental para sus propios intereses geopolíticos rivalizando con EE.UU. Ese país inventado por la paz de Sèvres como lo es Siria, la misma paz que negó territorio a los kurdos –situación perenne que conflictúa aún más el problema regional– es visto como una lanzadera, como un cuartel estratégico para controlar las rutas de Oriente Medio, un símil de aliado ruso que sería comparable a la alianza visible entre Israel y Estados Unidos, incrustado todo en el nuevo escenario de segunda Guerra Fría que apunta a estarse conformando, no obstante que muchos analistas no coinciden en que ya esté sucediendo.

Alepo no es solo, y pesa decirlo, sus muertos ni sus bombardeos. Alepo solo es una triste pieza del ajedrez jugado entre los bandos contrincantes y las fuerzas beligerantes en el conflicto sirio, que se reduce a saber quién se quedará con el control regional, cuando ya no caben ni las formas ni las maneras diplomáticas. Es una despiadada lucha entre potencias, negada desde luego por aquellas, que evidencia una suerte de espadazos pajeros a contrarreloj de la paz tales, que ni Washington ni Moscú han conseguido eliminar al adversario. Los sirios solo la están pagando y encima, por la clase de gobierno que tienen, porque es innegable que Bashar al_Ásad conduce el país que heredó cual si fuera un cortijo. Sin que eso de derecho a terceros a buscar su caída. Nos guste o no. De allí el drama de fomentarla propiciando una guerra que está costando lo indecible, pero que encubre la posesión estratégica del país y no solo el quehacer de al-Ásad.

Nos queda la insolidaridad árabe que gimotea el apoyo europeo y mundial sin prodigar el propio, como las dantescas imágenes y los testimonios de Alepo, sometido a ribetes mortíferos y macabros de una contienda que es más que el drama de Alepo. Alepo ha pasado a ser desde luego, sinónimo de mezquindad y pobredumbre humanas. Nada nuevo ni que no sepamos ni reconozcamos, tristemente. Nunca una guerra será justificable y ninguna cuenta con dramas menores. Todas valen, son pútridas, deplorables. El dictadorzuelo sirio solo es un peón que se niega a marcharse y tiene recursos propios y ajenos para sostenerse, como recursos propios y sobre todo ajenos los tienen sus opositores. Es condenable porque están sometiendo a la población civil a un exterminio sin precedentes, injusto e inaceptable por responder en todo caso a intereses ajenos a los sirios. Entiéndase, no es que valiera más o menos en caso contrario, es que aun más condenable lo es por tratarse de intereses ajenos a ellos, aunque sean los sirios quienes ponen los muertos, siempre.

Hablamos de una guerra que no se resolverá en Damasco, a menos que suceda algo extraordinario, sino entre Washington y Moscú, que de momento ha de aguardar al relevo estadounidense. Ya Putin le restregó en la cara a Obama que cancelaba todo diálogo hasta saber el nombre del nuevo mandatario. Una vez que lo supo, ha demorado actuar hasta conocer el nombre del nuevo secretario de Estado ante el ajado Kerry que se va sin pena ni gloria, incapaz de imponer sus designios en Siria y dejando tablas el juego, si en algo cabe llevarse algún reconocimiento nimio. Rex Tillerson tiene frente a sí el tema sirio y deberá articular las palabras de campaña de Trump que, entre sus majaderías incluyó el tema sirio buscando resolverlo de marea extrema. Menuda hipoteca recibe Tillerson.

Ante tanta tribulación a horas de conmemorar la Pascua de Navidad, una de las 4 católicas junto con la Epifanía, la de Resurrección y de Pentecostés, solo podemos hacer votos porque amaine en algo semejante conflicto. No pidamos más. Solo que amaine, siquiera.

Recurro así a las palabras luminosas, certeras, siempre balsámicas del extinto cardenal jesuita (y papable) Carlo Maria Martini, quien escribió sobre esta temporada en un lucidor ejemplar intitulado “La Navidad a pesar de la tristeza de los tiempos”, reclamando alejarnos de los deseos mundanos, vanos, se entiende, descritos por el otrora arzobispo de Milán como “deseos cósmicos, los deseos desenfrenados de zambullirse a gusto en el horizonte terrestre para poderlo manipular todo, poseerlo todo. Deseo mundano es el haber puesto como ídolo supremo, por encima del ser, a las cosas y a sí mismos…”. Así nos llama a cambiar nuestra visión de la vida aprovechando estas fechas de renovación. Le tomo la palabra en un año que me ha enseñado a soltar y hacerlo no ha sido sencillo.

Pues que nuestro ánimo cambie, que asumamos y modifiquemos lo que en nuestras vidas requiere que así suceda. Seamos o no creyentes. Merecemos escalar nuevos estadios y por lo tanto, si en ello contribuyéramos a ser mejores, que se nos colme de bieneaventuranzas, que es lo que yo deseo para usted amigo y fiel lector en ambos hemisferios, de esta su columna rotulada “Desde Ultramar”, enviándole un afectuoso abrazo desde México y mis mejores parabienes, extensivas a todo el equipo que hace posible El Imparcial.
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