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CRÍTICA DE ÓPERA

El holandés errante visto por La Fura dels Baus convence en Madrid

El holandés errante visto por La Fura dels Baus convence en Madrid
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martes 27 de diciembre de 2016, 11:32h
Alcanzado el ecuador de las diez funciones de El holandés errante programadas en el Real hasta el próximo 3 de enero, la producción con dirección escénica de Alex Ollé (La Fura del Baus) sigue convenciendo al público del coliseo madrileño, que anoche premió especialmente al Coro Titular del Teatro Real por su demostrada calidad vocal y su capacidad interpretativa.
No resultaba fácil para los protagonistas de la última ópera de este 2016 en el Teatro Real avanzar en un escenario lleno de arena para saludar al público que aplaudía después de dos horas y veinte minutos – sin entreactos – de espectáculo marcado por la grandiosidad de una puesta en escena con marca de la casa de La Fura dels Baus. Los solistas del segundo reparto con la soprano Ricarda Merbeth al frente, sin duda la más sólida y por ello la única en cosechar bravos además de aplausos, junto a Pablo Heras-Casado, responsable de la batuta en su primer Wagner al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real, y a Andrés Máspero, director del Coro Titular del Teatro Real, tuvieron que vérselas con la irregular superficie de las tablas convertidas en agrestes costa cada vez que avanzaban para acercarse al público que, superado el primer asalto navideño, llenó el teatro de la Plaza de Oriente fiel a su cita con Wagner.

Y Wagner, con independencia de muchas otras variables, es siempre Wagner. Tópico y manido, pero no por ello menos cierto. Lo es para el público, pero en este caso, la afirmación llega de boca de Alex Ollé, de la Fura del Baus, cuando habla del momento en el que hubo de “enfrentarse” a su segundo Wagner, después de que en 2011 pusiera en escena Tristan e Isolda. «Para un director de escena, Wagner es siempre Wagner, o sea, un creador polémico, un ideólogo radical, un revolucionario de la estética». Lo que para Ollé supone no desviarse del fondo en aras de la forma, pero, sobre todo, aceptar – y es de suponer que manejar en consecuencia – lo lejos que está el mundo de hoy del sistema de creencias profundamente románticas sobre las que Wagner concibió su cuarta ópera tras haber leído el libro homónimo de Heinrich Heine durante su estancia en Riga y antes de embarcarse con su esposa rumbo a París acuciado por las deudas. Sin documentación, el matrimonio Wagner atravesó fronteras, alojándose en posadas de contrabandistas, hasta embarcarse finalmente en un barco para lo que se esperaba una tranquila travesía de siete días que acabó por convertirse en una pesadilla de veinticuatro jornadas a merced de insidiosas tormentas, que obligaron al capitán a subir a la costa noruega y buscar amparo en un fiordo.

No es de extrañar que durante la travesía la fértil creatividad de Wagner, alimentada por el relato de Heine de la leyenda del holandés condenado por Satanás a navegar eternamente, acabara convirtiéndose en una de sus grandes óperas donde profundizar en el amor, la redención, la muerte, la fidelidad, el dinero, la eternidad, la condena o la pasión a través de sus personajes. Con epicentro en el holandés que solo cuenta con una oportunidad cada siete años para romper el maleficio si es capaz de encontrar una esposa fiel y de Senta, la fiel esposa que por fin encuentra pero en la que no cree, a pesar de que sea la única dispuesta a liberarlo sacrificando su propia vida. El acierto de Ollé, más allá de la grandiosidad de la escenografía de Alfons Flores, la efectividad del vídeo de Franc Aleu o la iluminación de Urs Schönebaum, radica en permitir que los personajes sigan – por muy alejado que nuestro mundo esté hoy de los valores del romanticismo – experimentando las mismas emociones, buenas o malas, enriquecedoras o destructivas. No importa, en realidad, si ocurre en la frialdad de un fiordo noruego o en el puerto de Chittagon de Bangladés donde el director de escena elige situar la acción para de algún modo actualizar esta producción estrenada hace dos años en la Opèra National de Lyon con la que el coliseo madrileño cierra un año marcado por la aceptación en general de la escena, después de mucho tiempo en guerra con ella.
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