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DESDE ULTRAMAR

Noche de Reyes

jueves 05 de enero de 2017, 18:01h
Llegó la Noche de Reyes. Como yo me he portado requetebién, comparezco ante ella renovado en la esperanza y con los deberes hechos. Desde luego que sí. Sume usted que a ella la alcanzo guapete y el caldo está servido. Eso sí, con la humildad y el encanto natural que me visten y distinguen.

Mi festividad navideña más entrañable es la Noche de Reyes y su consiguiente mañana de sorpresas con la partida de la rosca de Reyes mexicana –símil del roscón español aunque más vistosa– que espero ansioso durante un año entero.

En efecto, se trata de una celebración de gran estirpe y lustroso linaje, cuajada de ingredientes peculiares que la revisten de un misticismo y una alegría sin parangón. La exoticidad de los personajes involucrados, el ritual de escribirles una carta y enviar las misivas en globo, colocando choclos y borceguíes lustrosos –porque no es admisible presentarlos estropeados con manchones, opacidad y raspaduras sin bolear– puestos a las puertas de las habitaciones de los infantes, junto con la espera aguardando los presentes que postrarán los míticos dignatarios regios y la exquisitez de la rosca y cuidándonos de no encontrarnos el muñequito en ella en el trozo de turno, o pagaremos con tamales para los comensales el siguiente 2 de febrero, día de la Candelaria, nos demuestran que es una tradición añeja revestida de muchos elementos. Desde luego que habrá la inconmensurable oportunidad de que pueda acompañar la rosca de Reyes ya sea con una taza de chocolate caliente avainillado o con una copita de sidra, ya sea de durazno o de manzana. Adivinó usted: me brota lo sibarita en ocasiones como esta.

En el firmamento desde octubre hasta marzo, veremos el cinturón de Orión, aquí, en el hemisferio norte, cuyos tres luceros me decían cuando era peque, que se trataba de los mismísimos Reyes Magos aproximándose ya a su feliz destino. Solo divisarlos en el cielo nos apremiaba a mejorar el comportamiento si no deseábamos quedarnos sin regalos.

Se trata de una tradición galana, muy paramentada. Cuando era niño solía colocar a estos ascéticos y humildes individuos, Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, algo alejados del pesebre en el belén casero. Cada día los iba acercando poco a poco evocando su periplo hasta postrarse ante el Niño. Mis mayores me lo recuerdan cada año. Sus figuras de barro en fino acabado, me encantaban por la excentricidad y singularidad de sus trajes, unos ropajes de lucidores diseños y estampados, con sus coronas y turbantes y por los ornamentos cuajados de orientalismo que los distinguían; por sus presentes contenidos en muy singulares ánforas y cajitas de vistosas formas colocadas sobre almohadillas, dotándolas de una fineza notable. Ellos lucían sus rostros entremezclando bondad, incredulidad, sorpresa y éxtasis al estar en presencia del Salvador. Representando las 3 edades del Hombre, los 3 continentes conocidos y aportando palabras de uso algo infrecuente como la mirra y el incienso, los Santos Reyes materializaban felizmente y para nuestro regocijo a la Pascua de la Epifanía.

Y eso descontando sus inusitados nombres castellanizados: Melchor, Gaspar y Baltasar, que en el mundo hispánico son usados tanto como nombres de pila como también se emplean para apellidos. He conocido las seis modalidades.

La mística, la exoticidad y la excentricidad inclusive, de tales protagonistas, siempre me agradaron. Son una referencia insalvable como las cabañuelas. Los Magos son para mí, destacadísimos participantes de las Navidades, infaltables y muy esperados. La foto con ellos o la cabalgata podrían ser opcionales. La verdad es que siempre me trataron bien. Bondadosos, cumplieron puntuales, sin falta, mis más caras expectativas. Yo no tengo sino palabras y sentimientos de agradecimiento a ese trío de monarcas, cantados en villancicos pegajosos como el que reza “¡Ya vienen los Reyes Magos..!” o el que alegre canta: “…y un palacio en la montaña. Allí vive el Rey Herodes, allí viven sus soldados. Todos están esperando que lleguen los Reyes Magos…”. Un villancico navideño sudamericano con flautines de fondo dice de los soberanos: “arropa y miel le llevaran y un poncho blanco de alpaca real”. Obsequiosos que han sido.

No detallaré mis presentes, pero si me referiré a uno que vi recibirlo y disfrutarlo por sus destinatarias. Justamente, la muerte de la actriz estadounidense Carrie Fisher, un día antes que su madre la también actriz Debbie Reynolds, permitió recordar a la muñeca de la princesa Leia, tan admirada por ellas, y recordada por quienes presenciamos el estreno de la saga de La Guerra de las Galaxias, porque la Fisher representaba en plenos años setenta a la mujer liberada, audaz, intrépida que no perdía su feminidad, no obstante que reivindicaba su decidida intervención en la toma de decisiones y en participar del mundo de los hombres en plena época de reivindicación de derechos de la mujer. Acaso en ello radicaba su simbolismo y su trascendencia. El juguete fue muy deseado y muy celebrado por las niñas de mi tiempo. Y el 6 de enero se convertía en una excelente ocasión para recibirlo.

Pues sin más dispóngase usted a recuperar sus recuerdos y a disfrutar este presente. La fiesta de los Reyes Magos nos invita a alegrarnos, pese a la impudicia o a la miserable estampa de algunos de nuestros gobernantes. Que no decaiga el ánimo.
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