www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ENSAYO

Luis Díaz Simón: Los barrios bajos de Madrid, 1880-1936

domingo 08 de enero de 2017, 16:59h
Luis Díaz Simón: Los barrios bajos de Madrid, 1880-1936

Prólogo de Luis Enrique Otero Carvajal. Los libros de la Catarata. Madrid, 2016, 270 páginas.18 €.

Por Jordi Canal

En una conferencia pronunciada el 25 de enero de 1930 en el Museo Municipal de la capital de España, el doctor César Chicote, una auténtica autoridad en cuestiones de higiene urbana, afirmó que el progreso sanitario de Madrid resultaba indiscutible. Era necesario, sostenía, sin embargo, “perseverar en su mejora con energía” hasta lograr con el esfuerzo de todos que sea “una ciudad salubre, cómoda y bella”. Los avances que se habían producido en las tres primeras décadas del nuevo siglo eran a todas luces innegables. Entre 1905 y 1929, la mortalidad general se había reducido de 28 a 19 defunciones por cada mil habitantes, mientras que la infantil pasó de 216 muertes por cada mil nacidos vivos a 127. Madrid, que se acercaba al millón de habitantes en el censo de 1930, había dejado de ser finalmente la “ciudad de la muerte”, tétrica denominación con la que algunos la bautizaran a fines del siglo XIX a consecuencia de las pésimas condiciones higiénico-sanitarias y el estado de salud de sus moradores, en especial los sectores populares. Las tasas de mortalidad doblaban, a principios de la década de 1880, las de otras capitales europeas como Londres, Viena o París, mientras que solamente eran comparables a las de Calcuta o San Petersburgo.

Desde hace algo más de una década han ido apareciendo un importante número de estudios sobre Madrid y su población entre mediados del siglo XIX, cuando se puso en marcha un ambicioso plan de obras públicas y operaciones urbanísticas para modernizar la ciudad -canal de Isabel II, llegada del ferrocarril, reforma de la Puerta del Sol, plan de Ensanche, construcción de edificios monumentales-, y la Guerra Civil española de 1936-1939. Ha sido su principal impulsor el historiador Luis Enrique Otero Carvajal. En estos trabajos se ha hecho una amplia, intensiva e inteligente utilización de los padrones municipales (1860, 1880, 1905, 1930), combinados con otras fuentes de beneficencia, policiales, periodísticas, fotográficas o judiciales. Los resultados validan plenamente la apuesta por esta vía de investigación.

Acaban de ver la luz dos libros, editados por la Catarata, que se inscriben en este proyecto de explotación intensiva del Padrón Municipal de Habitantes de Madrid: Los barrios bajos de Madrid, 1880-1936, de Luis Díaz Simón, y Madrid, sinfonía de una metrópoli europea, 1860-1936, de Santiago de Miguel Salanova, ambos prologados por el profesor Otero Carvajal. El primero de los estudios, en concreto, se centra en el suroeste el casco antiguo de Madrid, un área delimitada por la calle de Toledo, la Ronda de Segovia, la Cuesta de la Vega, la calle Mayor y la calle de Ciudad Rodrigo hasta su desembocadura en la Plaza Mayor. La zona correspondía a los denominados barrios bajos, un lugar tradicional de residencia de los grupos populares matritenses. Poblaban sus calles y plazas, en 1880, un total de 44.571 personas. Luis Díaz Simón analiza la evolución de este Madrid popular entre 1880 y 1936 a partir de un par de conjuntos de elementos, que sirven de guía, en capítulos alternos, para una visión panorámica y muy rica.

Los aspectos sanitarios e higiénicos, en primer lugar. A finales del siglo XIX, la capital de España poseía unas tasas de mortalidad más elevadas que la mayoría de las otras ciudades europeas. El autor dedica un interesante capítulo a los efectos de las epidemias de cólera de 1885 y de viruela de 1890-1891 y a las dificultades para hacerles frente. La tuberculosis, asociada a la insalubridad y la deficiente calidad de vida, preocupaba enormemente. No puede sorprender, por tanto, el auge del curanderismo en el Madrid de entre siglos. Los datos referentes al deceso de niños menores de 5 años resultaban especialmente lacerantes. Eran sus principales causas las enfermedades asfixiantes y las gastrointestinales, vinculadas a una lactancia deficiente y a una prematura e inadecuada alimentación. Enfermar y morir constituían cuestiones eminentemente sociales: el deplorable estado higiénico y la situación sanitaria de los pobres barrios bajos acarreaban, a diferencia de lo ocurrido en otras zonas más acomodadas de la ciudad, una altísima mortalidad.

En el primer tercio del siglo XX, la mejora de las condiciones de existencia –una población “mejor alimentada, vestida, alojada e instruida”, apunta Díaz Simón-, las medidas de saneamiento de la ciudad y el despliegue de una red médico-asistencial eficaz tuvieron efectos palpables sobre la salud pública y el incremento de la esperanza media de vida. Para la disminución de la sobremortalidad infantil resultaron decisivos los consultorios de niños de pecho, conocidos popularmente como Gotas de Leche. Asimismo, la lucha contra la difteria recibió un destacado impulso con la creación del Instituto Municipal de Seroterapia en 1915. Estos factores, junto con el descenso de los nacimientos ilegítimos y los avances en la salubridad del espacio urbano, contribuyeron al descenso de los niños finados. A nivel general, la lucha sanitaria sistematizada contra la tuberculosis, en especial la creación de una red de dispensarios y sanatorios dedicados a los habitantes con menos recursos, fue fundamental.

El segundo conjunto de elementos corresponde a la evolución del mercado de trabajo y las variaciones en la estructura ocupacional de la capital española. La modernización de Madrid, a partir de mediados del siglo XIX, conllevó, entre otros efectos sociales, una crisis del mundo tradicional de los oficios y la formación de una clase jornalera. El impresionante aumento de la demanda de mano de obra en la economía urbana, en especial del sector de la construcción, provocó un imparable flujo migratorio desde el campo hacia la capital. Estos jornaleros, una auténtica masa de trabajadores asalariados pobres, iban a convertirse en el grupo más nutrido de la fuerza laboral en el Madrid finisecular. Paralelamente, unos sesenta oficios artesanales registrados en el empadronamiento de 1880, correspondientes a trabajadores de los barrios bajos de ambos sexos, habían desaparecido a principios del siglo XX.

En 1905, la mitad de los hombres del suroeste del casco antiguo madrileño eran clasificados como jornaleros y peones sin oficio determinado, mientras que, entre las mujeres, destacaba el servicio doméstico (44,71%) -9 de cada 10 sirvientas eran inmigrantes y tenían entre 16 y 24 años-, las guardianas de edificios y personal de limpieza (16,23%) y las sastras, modistas, peleteras y tapiceras (12,84%). A partir de la Gran Guerra, con el paso de una situación de generalizado pauperismo a una economía más próspera, la estructura ocupacional iba a sufrir notables cambios. Sobresale la entrada en escena de obreros cualificados –la electrificación y el proceso industrializador de la nueva centuria contribuyeron a ello- y de trabajadores de cuello blanco. El autor presta atención a la irrupción de las empleadas de oficina. El sector de la construcción, sin embargo, continuó agrupando al mayor número de trabajadores manuales de esta zona capitalina. Las subidas salariales y la reducción de la jornada laboral mejoraron sus condiciones de existencia. El notorio descenso de las tasas de analfabetismo constituye una buena muestra de los avances que tuvieron lugar en la calidad de vida en el primer tercio del siglo XX. En definitiva, Luis Díaz Simón nos ofrece en este libro una detallada, documentada y apasionante excursión histórica por los barrios bajos de Madrid a lo largo de algo más de medio siglo.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (16)    No(0)

+
0 comentarios