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TRIBUNA

Alegato elitista

lunes 09 de enero de 2017, 20:21h

La meritocracia vuelve a estar en cuestión. No es nueva esta tensión anti-elitista en los sistemas representativos. El mérito despierta necesariamente recelo en un orden social masificado. El saber y la creatividad nunca lo han tenido fácil para ser reconocidos como fuentes de autoridad. Beverly Gage escribió hace unos días en el New York Times un artículo titulado “Cómo la palabra ‘Elite’ se convirtió en una de las más antipáticas de la política americana”. En los Estados Unidos –recuerda esta autora– la noción de que unas élites distantes conspiran contra la gente se remonta a la Declaración de Independencia. Revueltas anti-elitistas han emergido cíclicamente a lo largo de la historia de ese país.

La rebelión anti-elitista que vemos levantarse aquí y allá, en Europa y América, presenta ahora otra cualidad: sus líderes revolucionarios son miembros de la élite. La nueva política anti-elitista la representa orgullosamente Donald Trump, que estudió en Wharton y viaja en un avión para él solo. Élites anti-elitistas. Tampoco esto es nuevo. Dos libros ya previnieron hace un siglo contra esta impostura. Uno es La traición de los intelectuales, de Julien Benda; el otro, La rebelión de las masas, de Ortega. El primero acusa a los intelectuales de renunciar a la búsqueda de verdades universales para abrazar las pasiones políticas de la masa, declarada en un estado de “guerra zoológica” permanente. El segundo formula un nuevo sujeto político, el hombre-masa, que dominaría la democracia anti-elitista del futuro. La nueva política anti-elitista no es una rebelión contra la élite entendida como clase social, sino contra la élite identificada con el conocimiento. Lo que viene para sustituir el elitismo de los que saben –“arrogantes”, “antipáticos”, se les llama ahora– es una descalificación del saber en sí mismo.

Un caso reciente ilustra lo valiosa que resulta una élite cuando es accesibles por el estudio y la ejemplaridad. El economista, académico y divulgador Thomas Sowell anunció hace unos días, a sus 86 años, que se retira del periodismo. Su columna semanal sindicada en diarios de Europa y América ha sido, durante décadas, una guía fiable para seguir las decisiones de los gobiernos, interrogándolas por su impacto en la libertad de las personas. Su dominio de los fundamentos de la libertad humana le viene de Hayek, su maestro. Su descripción de los efectos invisibles de las decisiones políticas al moderar intereses de los distintos grupos sociales procede del mejor Bastiat, el gran divulgador de la ciencia económica del siglo XIX. Lo que dijo al anunciar su retirada es toda una muestra de la seriedad con la que se ha tomado su trabajo de escribir periodismo: “Como soy de la vieja escuela” –dijo el profesor Sowell en su nota de despedida– “me gusta conocer cuáles son los hechos, antes de ponerme a escribir. Esto requiere no solo un montón de investigación, sino también mantenerme al día de lo que se dice en los medios. Durante unos días de descanso en el Parque Nacional de Yosemite, haciendo fotos junto a mis nietos, no leí un periódico ni vi programas de noticias en la televisión. Y fue maravilloso”.

El silencio de Sowell hace que me pregunte: ¿Puede una sociedad prescindir de la autoridad de los mejores? ¿Cuáles son las consecuencias a largo plazo de descartar la ejemplaridad ganada por medio del saber y la virtud? ¿Qué clase social se pone al mando cuando la masa depone a la “aristocracia espiritual” de la que habló Rubén? Hay que admitir que algunos entre las élites –algunos periodistas, algunos expertos, algunos políticos– se han ganado a pulso la antipatía de los electores. A corto plazo, es gratificante ver humillada a una meritocracia tan incompetente y altiva. A largo plazo, Benda y Ortega ya anticiparon hace un siglo a dónde conduce el anti-elitismo, especialmente cuando es un anti-elitismo de las élites.

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