www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Libertad y ciudadanos europeos

martes 17 de enero de 2017, 20:21h

Se van a cumplir sesenta años desde que Francia, Alemania Occidental e Italia, más los tres Estados que formaban ya una unión aduanera en el BENELUX (Bélgica, Holanda y Luxemburgo), firmaron el Tratado de Roma (TR) para constituir una organización internacional (OI) con un perfil jurídico novedoso en el ámbito de la economía, bajo el nombre de Comunidad Económica Europea (CEE). Antes no había sido posible que crearan una Comunidad de Defensa o una Comunidad Política, aunque sí lo consiguieron en el ámbito del Carbón y del Acero. A la vez que la CEE, esos seis Estados europeos también firmaron en Roma otro tratado por el que constituyeron una Comunidad Europea de la Energía Atómica.

Tras la 2ª Guerra Mundial se produjo un periodo de inflación, pero no económica sino jurídica de OIs con el ánimo de institucionalizar la cooperación entre los Estados, pensando que si había foros de discusión permanentes, las guerras serían más difíciles. La CEE era una OI atípica que utilizaba normas arancelarias y el instrumento de un mercado común por etapas, a medias sectorial (Agricultura y Transporte) y a medias general, con políticas fuertes en la Libre Competencia y el Comercio Exterior, donde los Estados cedieron sus poderes para la negociación de acuerdos con el resto del mundo. El avance aduanero fue muy rápido, lo cual era lógico pues eso era lo sustancial del acuerdo.

No obstante, la CEE no dejaba de ser un experimento que podía salir bien o mal. Según el TR el fundamento de la CEE era lalibertad para el movimiento de mercancías, personas, servicios y capital. La unión aduanera y el arancel común crearon, pues, un espacio sin fronteras nacionales para que lo ocupasen las fuerzas mercantiles dinámicas, todo ello en un contexto internacional igualmente de apertura arancelaria.

Limitada por el enfoque económico del TR, la libertad para que las personas circularan se quedó solo en libertad para los trabajadores, y en la abolición de la discriminación por la nacionalidad con respecto al empleo, la remuneración y el resto de condiciones laborales. Además, para coadyuvar al logro de ese fin y por si esa libertad no resultara suficientemente efectiva, se creó un Fondo Social Europeo. Y si en otras partes del TR no se mencionaron las facultades de organización del mercado, al que se acompañó con políticas, en cambio sí se hizo con respecto a ese espacio de movimiento personal, que se abría como consecuencia del mercado común. De ese modo, el art. 117º decía que la evolución social que se iba a producir de “equiparación por la vía del progreso” con respecto a las condiciones visítales y laborales, resultaría “tanto del funcionamiento del mercado común, que favorecerá la armonización de los sistemas sociales, como de los procedimientos previstos en el presente Tratado y de la aproximación de las disposiciones legales, reglamentarias y administrativas”.

Así estaban las libertades en Europa hasta que en 1992 los miembros de la CEE decidieron dotarse de un nuevo impulso y, paradójicamente, añadir otro tratado más: el Tratado de Maastricht (TM) por el que se constituye la Unión Europea (UE). El paso fue sustancial, y se formó un cuerpo jurídico más complicado, con nuevos órganos, nuevas funciones, y una normativa con más articulaciones para hacer que aquello se pudiera mover, pues estaba alcanzando un grosor ya bastante considerable.

Al mismo tiempo y por primera vez se creó una “ciudadanía de la Unión”, aunque limitada y subordinada a la ciudadanía nacional y que se supone que le daría algo de vida a toda esa masa. El TM también reguló la libertad para el movimiento de esos ciudadanos, pero de nuevo con limitaciones, pues no era una libertad corporal, digamos, sino que se tenía que ejercer en el territorio de los Estados miembros, o sea una libertad en las extremidades, que ciertamente es con lo que se mueve un cuerpo. O dicho de otra manera: como no había una ciudadanía europea propia, tampoco hubo un territorio europeo distinto del agregado de los territorios nacionales.

El resultado de este proceso, al que después de Maastricht se añadieron todavía algunos tratados más, es que en Europa se ha ido formando un organismo institucional y normativo cada vez más grande y complicado, donde se acumulan áreas y competencias diversas, y con muchos miembros. Esto hace que en vez de moverse con más facilidad, cada vez le sea más difícil hacerlo. La experiencia del método comunitario nos ha demostrado que la construcción de un cuerpo jurídico, segregando partes de otros, añadiendo normativas y dotándole de órganos y de funciones, para luego juntarlo todo, ha hecho que aquella OI que nació en Europa hace sesenta años sea francamente irreconocible.

La CEE no ha sido la piedra filosofal que puede transformar la naturaleza de las cosas. La OI que pasó del acero y el carbón al euro, se olvidó de lo más importante. Y cualquier perspectiva de refundación que se quiera adoptar a partir de ahora no puede prescindir de una reforma en profundidad del estatuto jurídico del ciudadano europeo, dándole auténtico contenido. A la UE se le presentan tiempos difíciles y para afrontarlos con éxito deberá apoyarse en su verdadera base que son los ciudadanos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.