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PATRIOTERISMO DEL CÉSAR

sábado 21 de enero de 2017, 10:29h
En medio de la cutrez general del acto de juramento presidencial celebrado en Washington...
En medio de la cutrez general del acto de juramento presidencial celebrado en Washington, Donald Trump pronunció un discurso especialmente esperado. Fue una soflana patriotera, no patriótica, bien interpretada con una oratoria eficaz en la palabra, el énfasis y la expresión corporal. He repasado con atención el resumen de prensa que todos los días me pasan. En Estados Unidos, con las debidas excepciones, el discurso ha gustado en general; en el resto del mundo, ha alarmado. Conviene, en todo caso, que los dirigentes occidentales y orientales no pierdan la calma y esperen con serenidad a que la Casa Blanca aprisione a su nuevo inquilino.

Hace unos meses escribí que se había iniciado la carrera en pelo para encaramarse al carro del vencedor. En Estados Unidos, y no solo en Estados Unidos, los oportunistas, los lameculos, los babosos, los arribistas, los tiralevitas, los pelotas, los periodistas alfombra y los políticos de pantalón gris, prenda que va bien con todas las chaquetas, pelean por ocupar la primera fila y disfrutar del placer imperial de contemplar al César. España es un virreinato tributario de Estados Unidos. También lo son Francia, Alemania o Italia. El Imperio permite la presunción de soberanía a sus virreinatos pero, eufemismos aparte, las bases militares estadounidenses definen la realidad. Vivimos en la pax americana. Tras concluir la Guerra Mundial, desguazado el portaviones imperial británico, derrotada la Unión Soviética con la caída del muro de Berlín, la fuerza colosal de los Estados Unidos de América -militar, económica y, sobre todo, tecnológica- se impone con escasas resistencias. Por eso la gestión presidencial en aquella nación interesa en una buena parte de los países del mundo como una cuestión de política interior. En la gran nación americana el mando real no corresponde al presidente sino al Pentágono, a los servicios de inteligencia y al gigantesco entramado financiero. La política estadounidense es muy parecida esté en el poder Nixon, Carter, Bush o Clinton. Desde el templo de Juno, los gansos sagrados del Capitolio graznan airados si algún presidente se desmanda. La endeblez de Hillary Clinton favoreció de forma decisiva a Donald Trump. Y también la frenética campaña contra él en los medios de comunicación norteamericanos. “El exceso de crítica y los ataques desmedidos suelen provocar una reacción contraria”, escribió Noam Chomsky.

Donald Trump es ya el hombre más poderoso del planeta. Condiciona la economía mundial, maneja la fuerza militar más abrumadora de la Historia y tiene el dedo sobre el gatillo del revólver nuclear. Deberá envainarse, igual que Obama, una buena parte de sus proyectos porque el establishment le embridará las manos y le peinará la grotesca pelambrera, cardada y gualda. Encenderá Donald Trump en la Casa Blanca muchos fuegos, pero serán artificiales. No parece probable que se produzca el incendio. Todavía hay Imperio estadounidense para muchos años.