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TRIBUNA

"Free riders" y ciudadanos en la Unión Europea

martes 24 de enero de 2017, 19:08h
La Comunidad Económica Europea (CEE) nació como una organización cuya base era la libertad para que personas, mercancías, servicios y capital se pudieran mover sin trabas más allá de las fronteras nacionales. Las personas que disponen de más libertad de movimiento son las que viajan sin pagar el billete, o sea los “free riders”, y que en la CEE contribuyen a superar las fronteras nacionales y al objetivo de crear un mercado común europeo.

Antiguamente, para ir desde Europa a las primeras colonias en Norteamérica, se podía hacer el viaje de dos modos: pagando y con todas las de la ley, o sin pagar, fuera o dentro de la ley, dependiendo de si tenías fortuna, ibas a buscarla u otros querían hacerla a costa tuya. En el caso de ir sin pagar y fuera de la ley, la libertad total de viaje, en la práctica, se convertía en justamente lo contrario, pues el viajero tenía que desplazarse escondido en la bodega de un barco sin que le viera nadie, incluida la tripulación, el capitán, el armador, las autoridades portuarias o los agentes de aduanas. De ese modo, se convertía en un polizón, con las connotaciones negativas que, además, ese estatus merecía como alguien ocioso, que va de acá para allá sin equipaje. Y si no llegaba a su destino, tampoco nadie le iba a echar en falta allí.

Poco importaba si era la necesidad la que le obligaba a buscarse la vida en otro sitio porque en su país carecía de oportunidades de empleo. Sin pasaporte ni ningún documento parecido, eso significaba que ese fuera de la ley o alegal (outlaw) estaba condenado, bien de por vida o durante varios años a estar sin identidad, medio escondido y mal viviendo. Aunque cabía esperar que en algún momento dado, y según la evolución de la legislación del país receptor, a los que estaban en esta situación les dejaran quedarse, o les exigieran un cierto número de años de residencia, pero también que les deportaran por peligrosos para la paz y la seguridad, por anarquistas, comunistas, epilépticos, pobres, discapacitados o enfermos, o porque, simplemente, no entraban en la cuota anual.

En aquella época, también había una posibilidad de libertad de movimiento para irse a América de forma legal y además sin pagar el billete y sin los inconvenientes del polizón, que consistía en viajar con un contrato de “indenture”, o sea de esos que se hacían en un papel que luego se partía y se daba un trozo a cada parte. En ese acuerdo, “la parte contratante de la primera parte” era algún inversor, persona física o jurídica, que le pagaba el billete al “free rider”, quien se convertía en “la parte contratante de la segunda parte” y se obligaba a devolver el importe del pasaje trabajando unos cuantos años hasta que compraba su libertad y se convertía en un “free man” o ciudadano. Esto suponiendo que le quedase algo de dinero después de pagar los impuestos nacionales, los autonómicos, los locales, las tasas medioambientales, los alquileres, las comisiones y que algo tenía que dejar para comer o calentarse. Esta libertad, por lo tanto, era muy costosa de conseguir y muy valorada por ese mismo motivo. No era un esclavo, porque su situación laboral era voluntaria, pero tenía que trabajar como un negro.

La otra posibilidad de libertad de movimiento y dentro de la ley era, por supuesto, pagarse uno mismo el viaje, pero esos eran los menos, porque normalmente a América se iba a hacer fortuna, y si ya la tenías, entonces ibas a montar una empresa, con los riesgos que eso tiene.

Aquí, en Europa, la CEE cuando nació no tenía ciudadanos, pero su planteamiento económico permitía los “free riders”, que era todo lo que daba de si como organización internacional económica en cuanto a las personas. Desde el punto de vista de la política de la Libre Competencia, que se incluyó desde el primer momento en el Tratado de Roma, el movimiento de las personas físicas, así como el de las jurídicas, ya que ambas se equipararon con respecto al libre establecimiento, era una práctica comercial concordante con los objetivos del mercado común. Es decir, que en la búsqueda de objetivos positivos de integración la CEE aceptó también instrumentos negativos.

De ese modo, quien salía perdiendo con todo esto eran los ciudadanos europeos, pero como no los había, pues tampoco nadie se quejaba. Y así hemos ido tirando hasta ahora, que estamos en la Unión Europea, donde sigue sin haber auténticos ciudadanos europeos, los “free riders” vienen de fuera y los ciudadanos nacionales se tienen que ir a trabajar por ahí, en el mercado común, con un titulo debajo del brazo. O sea que las cosas, aunque distintas, siguen siendo iguales.
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