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La historia recobrada

martes 24 de junio de 2008, 22:51h
Los hombres de la generación del 98, Menéndez Pidal, Ortega y Gasset, Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro, escribieron obsesivamente sobre España y su historia. En palabras de Julián Marías, España tomó así posesión de sí misma. Antes del 98, la historiografía española era pura retórica sentimental y patriótica: Covadonga, Guzmán el Bueno, Lepanto, el 2 de Mayo. La literatura del 98 dio a los españoles una conciencia menos grandilocuente y empachosa de su país. Menéndez Pidal proporcionó, al tiempo, un número altísimo de aportaciones monográficas esenciales sobre los orígenes del español, el romancero, la poesía épica y los orígenes de Castilla. Todos ellos hicieron, con todo, una suerte de reflexión metafísica sobre el ser y la significación históricos de España, una visión abusivamente esencialista de ésta: España como problema, como preocupación; Castilla, origen de la nacionalidad española; España, enigma histórico; España, “vivir desviviéndose”, desde la perspectiva -especialmente así en la generación del 98- de que España no era sino un fracaso como nación, y su historia, en palabras de Ortega y Gasset, la historia de una interminable decadencia.

Desde los años cincuenta del siglo XX, el desarrollo de las ciencias sociales provocaría un profundo cambio conceptual en la forma de pensar España. La entrada de los economistas en la historia -por usar la observación de Fuentes Quintana- con el Plan de Estabilización de 1959, hizo del problema de España, no un problema metafísico, sino un problema de política económica (liberalización de la economía, inversión de capital extranjero, control del gasto público, tipos de interés...), problema a cuya solución iban a contribuir decisivamente el desarrollo que el país conoció a raíz de la entrada en vigor de aquel Plan, y sobre todo el cambio económico experimentado desde 1975 y tras la entrada en Europa en 1986.

A su vez, el giro historiográfico que se produjo desde la década de 1950, asociado a la labor de Carande, Vicens Vives, Caro Baroja, Domínguez Ortiz, Maravall, Diez del Corral, Tuñón de Lara, Jover Zamora y Miguel Artola, y a la renovación del hispanismo (Bataillon, Braudel, Pierre Vilar, Raymond Carr, Hugh Thomas, John H. Elliott...), provocó un decisivo desplazamiento analítico y cronológico del pensamiento historiográfico: hizo que el interés de la historia se centrara de forma preferente en los siglos XIX y XX por entender que fue en esos siglos, y no en la Edad Media, donde radicaban los orígenes de los problemas de la España contemporánea (sin desconocer, claro está, la importancia de los siglos anteriores, en que fueron gestándose, cristalizando y transformándose la lengua, el Estado, la nación y la nacionalidad españolas, cuyo conocimiento se renovaría también decisivamente).

El cambio fue, pues, manifiesto. La historiografía española se despo¬jó de todo esencialismo interpretativo a la hora de entender la historia del país. En El mito del “carácter nacional” (1970), Caro Baroja mostraba que las caracterizaciones generales de los pueblos eran mitos, juicios de valor, y que la identidad de los pueblos era, siempre, una identidad dinámica. En España 1808-1939, que apareció en 1966, Raymond Carr escribía: "sería erróneo, sin embargo, adoptar como clave de su historia la imagen de la España inmutable, inmóvil, que difundieron por Europa los literatos viajeros del movimiento romántico". Interesado en la filosofía del lenguaje, el análisis, el pensamiento de Heidegger y Nietzsche, el marxismo y la escuela de Francfort, en la filosofía de la ciencia y la lógica matemática, el pensamiento filosófico español ni hacía ahora metafísica del ser de España ni se ocupaba del “problema” de España.

El mito de Castilla y su centralidad en la forja de España, obsesión del 98, cedió paso así a otro problema no menos determinante: el problema de la democracia en España. La historia iba a girar desde la década de 1960 en torno a una preocupación dominante: las peculiaridades de la revolución liberal española, el fracaso de las experiencias democráticas del país, los problemas para la construcción de un orden democrático estable y duradero. Paralelamente, ciencia política, sociología y derecho harían algo todavía más sustantivo: proporcionar los instrumentos de análisis para la reconstrucción democrática de España tras la dictadura de Franco.

El cambio conceptual que sobre la manera de pensar España provocaron razón económica, giro historiográfico y ciencias sociales no fue, además, sólo un hecho cultural. Cambió de alguna forma el debate sobre España como nación. España, en efecto, se refundó como nación a la muerte de Franco y al hilo de los cambios constitucionales y territoriales que produjo la transición a la democracia a partir de 1975. Lo hizo, precisamente, integrando en su nueva identidad etapas y hechos señeros de su pasado (el camino de Santiago; El Greco, Velázquez, Goya; el Quijote; Carlos V, Felipe II; Carlos III, la Ilustración) con la historia política contemporánea (Cánovas, la Restauración; Pablo Iglesias, Azaña y la II República, la guerra civil). E incorporando en una síntesis o visión nueva las identidades particulares de nacionalidades y regiones, la tradición intelectual liberal (de Jovellanos a Ortega), la espléndida plenitud cultural que vivió entre 1898 y 1936, la cultura del antifranquismo (Goytisolo) y del exilio (María Zambrano, Ayala), y la cultura de la propia transición y la última modernidad del país (Tapiès, Oteiza, Chillida, Arroyo, Barceló, Calatrava, Moneo...).

El hecho no fue menor: esa aproximación nueva y abierta a su historia -incluida la memoria del tema más controvertido y polémico: la guerra civil de 1936-39, profusamente recuperada desde 1975- fue un giro cultural decisivo y un factor esencial en la cristalización del clima moral de reconciliación y consenso que hizo posible la transición a la muerte de Franco en 1975.

Juan Pablo Fusi

Historiador

JUAN PABLO FUSI es catedrático de Historia Contemporánea y preside la Comisión Académica de la Fundación José Ortega y Gasset

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