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POCO A POCO

Hipocresía de muro

lunes 30 de enero de 2017, 13:06h
En ese segundo deporte nacional tras la envidia que es el ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio, me sorprenden y me chirrían las muestras públicas que en los últimos días veo a mi alrededor en contra de la decisión de Trump de ampliar el muro con México. Me sorprende por número y me chirrían por su virulencia.

En un gesto mitad simbólico mitad colectivizado, no son pocos los que muestran sin pudor su frontal rechazo ante lo que es una vergüenza, de eso no hay duda y comparto su opinión. Lo que me deja atónito es lo tajantes que son para criticar al presidente de Estados Unidos y proclamar la libertad y los derechos de aquellos que se juegan la vida para llegar al otro lado de la frontera pero pasan de puntillas, cuando no callan del todo, con el mismo muro, aunque aquí lo llamamos valla, por aquello de que suene más de andar por casa, que España levantaba hace años con Marruecos.

Al igual que pretende el magnate, nosotros también quisimos (sin éxito) que Rabat costeara el parte la obra, que no tiene 3.000 y pico kilómetros, pero que también impide el paso de miles de personas que buscan una vida mejor, que huyen de guerras, hambrunas o de la extrema pobreza. Vamos, que nos echamos las manos a la cabeza porque Trump haya decidido tomarla con los mexicanos pero obviamos interesadamente que ese mismo comportamiento, una calcada estrategia política carente de toda humanidad, lleva aplicándose en España desde hace ya rato. En concreto desde mediados de la década de los 90. Unos pioneros comparados con Trump.

Y el caso es que puede que debajo de ese doble rasero subyazcan síntomas sociales más preocupantes si cabe. Si nos importa menos el muro de Estados Unidos porque allí impide el paso de nuestros hermanos latinos mientras que aquí bloquea el tránsito de 'moros' y 'negros' es que España es más racista de lo que imaginaba. Si por el contrario es una cuestión de tamaño, los mencionados 3.200 kilómetros que proyecta Trump por los apenas 20 de aquí, en fin... tiraremos de aquello que dice que el tamaño no importa.

Tanto en un caso como en el otro, y como en otros tantos repartidos por todo el mundo, desde Israel a Corea o Chipre, los muros son el vivo ejemplo del egoísmo humano. Creer que por levantar una mole de 24 metros de altura se logrará frenar la inmigración ilegal es una quimera, sobre todo cuando se considera que la mitad del flujo de indocumentados en EEUU ha llegado al país con visa y por avión.

El problema debe atajarse, como en otros ámbitos, en origen, no en destino. Cualquier otra solución sólo pospone el drama hasta que alguien construya una escalera más alta o un túnel más profundo.
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