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TRIBUNA

Los límites de la Unión Europea

martes 31 de enero de 2017, 19:22h

Cuando la Comunidad Económica Europea (CEE) se fundó en 1957 no tenía solo una categoría de componentes sino tres: dos internas y otra contractual. En la primera categoría estaban los miembros, que fueron seis estados: tres grandes, Alemania Federal, Italia y Francia, que incluía a Argelia que entonces formaba parte del territorio metropolitano francés; más tres pequeños, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo, que formaban ya entre ellos el Benelux, una organización internacional similar a la CEE.

Había una segunda categoría de asociados, formada por los llamados “Países y Territorios de Ultramar”, que eran veintiséis y que estaban en África, América del Norte, Asia, Oceanía y hasta en los Polos. Y que no eran estados sino colonias que luego se fueron haciendo independientes. Y, por último, había una tercera categoría que incluía a los estados, grupos de estados y organizaciones internacionales que se fueran vinculando con la CEE por medio de acuerdos comerciales, y que ahora son prácticamente todos los del mundo. La CEE nació, por lo tanto, como una organización internacional con una composición bastante heterogénea y de ámbito mundial.

Lo de “europea” no se puede tomar como una expresión con intención geográfica, sino que es parte del nombre de la organización, que en el mejor de los casos era lo suficientemente ambigua como para comprenderla en sentido amplio. Si podía solicitar el ingreso en la CEE cualquier estado “europeo”, esa posibilidad cabía interpretarla de forma geográfica o cultural, como luego se ha demostrado.

En la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que se creó en 1949, la primera ampliación se produjo tres años después, cuando ingresaron Turquía y Grecia, pese a que ninguno de ellos tenía costa con el océano Atlántico. En la OTAN se modificó el tratado fundacional para incluir un ataque bélico sobre el territorio de Turquía como desencadenante de las medidas para mantener la seguridad. En la CEE, no se utilizó la misma fórmula, y ahora tenemos que Chipre es un estado europeo o que Turquía lleva treinta años intentando serlo, cuando no hay más que mirar un mapa para ver que ambos están en el límite, pero en Asia.

Si esto sucedía en cuanto a las partes integrantes de la organización, por lo que se refiere al elemento territorial, el problema de la CEE no era de límites sino que, simplemente, no tenía un territorio propio. Es más, tampoco podía tenerlo porque no era un estado y sigue sin serlo, aún después de haberse transformado en Unión Europea (UE). La CEE era una suma de estados y sus límites territoriales eran, ni más ni menos, que los de los estados componentes. Ahora, el artículo 77º del Tratado de la UE ya dice expresamente que “los estados miembros tienen competencia respecto de la delimitación geográfica de sus fronteras, de conformidad con el derecho internacional.” Otra cosa distinta es que el territorio de esos estados sirva, efectivamente, como ámbito de aplicación de las normas de la CEE.

Claro que si hablamos de “fronteras” del estado, estamos hablando de límites políticos y las constituciones de cada uno de esos estados fijarán hasta donde se extiende su soberanía. Tradicionalmente, para establecer sus límites los estados han utilizado los accidentes geográficos ( p.e. los ríos, las montañas) como líneas fronterizas naturales, y cuando querían poner límites donde no los había, entonces construían un muro para que hiciera las veces de un obstáculo natural. Esos muros tenían la intención, normalmente, de poner dificultades para que entraran las invasiones de personas que venían de fuera, aunque también ha habido casos de muros que se hicieron para que no se marcharan los que estaban dentro, como el Muro de Berlín.

Por definición, entonces, un límite entre estados siempre será algo irregular y para dar más bien un efecto de visibilidad que de eficacia, porque al final la gente se acaba colando por un sitio u otro. Sin embargo, una frontera es una cosa distinta. Una frontera es lo que está al frente, pero no es una línea. La frontera es, fundamentalmente, un lugar de intercambio, de relación comercial y cultural libre, que tiene su propia ley, distinta de la ley de la tierra. Sin ir más lejos, el rasgo característico de los EEUU como nación es que se formó precisamente, bajo el espíritu libre e individualista de la frontera.

Pero resulta que en la CEE no había normas políticas, sino que sus normas eran arancelarias, y el ámbito de aplicación era arancelario, no político. Los límites que señaló la CEE fueron los de unas fronteras aduaneras, es decir donde había que pagar y que correspondían al territorio aduanero que se creaba con el mercado común, en el que ahora, tras el Tratado de la UE de 1992, también se pueden aplicar medidas de control del asilo y la inmigración o de prevención y lucha contra la delincuencia. Pero las fronteras europeas siguen siendo lo que eran.

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