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TRIBUNA

Inútiles impostados

jueves 02 de febrero de 2017, 20:14h

Bernard Cornwell, en uno de sus libros sobre las aventuras de Sharpe (El águila del imperio), pone en boca del capitán de Ingenieros Hogan, en diálogo con el recién ascendido a teniente Sharpe: “Simmerson (uno de esos generales que no sabe una palabra de la guerra y de cómo ganarla) lo quiere eliminar. Escuche. Pronto habrá una batalla, seguro. El muy idiota (de Simmerson) probablemente montará el mismo follón que la otra vez. No pueden protegerle siempre. Dios mío, pero usted debería rezar para que se vuelva a equivocar totalmente”. Sarcástico Sharpe le contesta: “Dudo tenga que rezar por eso”.

Los inútiles impostados no necesitan ayuda sino que por sí solos fracasan. Hay que dejarles, pues en pocos minutos, tal vez horas o días, la fastidiarán. Habitualmente se rodean de un pequeño círculo de seres tan incapaces como ellos, pero que halagan cualquiera de sus frases huecas e incluso se ríen con sonoridad manifiesta ante cualquiera de sus bravuconadas que ocultan a su vacuidad.

Los inútiles impostados han existido en todo tiempo y lugar. No son exclusivos de esta era tan convulsa e inquietante. Pero lo pasado, pasado está. Nos preocupa el exponencial crecimiento de tanto “tonto con balcones a la calle”, en la feliz expresión de Antonio Burgos, que han tomado la vida pública, quizás por la desafección o la retirada a los cuarteles de invierno de quienes deberían protagonizarla, pero que huyen de los dardos mortíferos de la exposición pública.

Los inútiles impostados están ayunos de virtudes como la prudencia, la moderación o la generosidad. Resume perfectamente Pedro González-Trevijano, en su reciente libro de máximas que titula “El purgatorio de las ideas”, su auténtica naturaleza: “La mayor prueba de la estupidez es el endiosamiento. ¡Y además se nota!”. En efecto son tan fatuos, se hinchan como globos aerostáticos con tal facilidad, que su impostura es manifiesta y notoriamente ridícula. Pero les encanta que se les note porque de esta manera se deleitan con su apariencia de superioridad. Su estupidez es tan superlativa como la nariz de Luis de Góngora, según el parecer de Quevedo.

Los inútiles impostados lo saben aunque nadie osa restregárselo por su cara mustia. Es mucho más divertida la burla que el intento de reconducción a la normalidad de seres tan galácticos como infelices.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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