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POCO A POCO

Chimamanda, un shock vital

lunes 06 de febrero de 2017, 15:52h

Reconozco que hasta hace apenas dos semanas no había oído nunca hablar de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. Reputada escritora, ha dedicado su vida no solo a promocionar la verdadera esencia del continente africano sino también a promover y reconocer el papel de la mujer en el siglo XXI, tanto en las sociedades más tradicionales como en las modernas.

Premiada y respetada por propios y extraños (corra a una librería de barrio a pedir uno de sus libros si no tiene uno ya), Chimamanda, reconocida 'feminista', es, en palabras de alguien cercano, "una diosa de ébano, un ejemplo a seguir" por, sobre todo, lo que dice y, además, por cómo lo dice. Imponen sus convicciones. Su voz es de esas que te hace retumbar entero por dentro por la potencia y por la claridad del mensaje. Te impregna una sabiduría que debería ser común a todos, pero que nos azota porque en muchos de nosotros se esconde cogiendo polvo en algún rincón de nuestro espíritu.

Sin embargo, y seguramente sólo sea una divergencia de léxico, de Chimamanda me separa que nunca he sido muy amigo del término 'feminismo', pues considero que ha sido desvirtuado con el paso del tiempo. Desde aquellos primigenios movimientos sufragistas que sí lograron hacer historia a cuenta de valientes reivindicaciones al ridículo que hacen del activismo las mujeres de Femen hoy en día asaltando iglesias a pecho descubierto. ¿Acaso la igualdad de género, un derecho innegable y una libertad incuestionable, se logrará a base de insultar la libertad, de credo en este caso, de otros, de faltar el respeto a la fe de los iguales?

Empoderar a la mujer como confrontación al universo masculino o a cualquier otro precepto creo que es ya en sí mismo, con o sin las diferencias de género preexistentes que han dado pie a siglos de trato injusto y vejatorio, un error de base que no hace sino abrir la brecha entre hombres y mujeres. Por contra, tiendo mucho, a la hora de abordar este tipo de discusiones con familiares, amigos, lectores o desconocidos, a recurrir al término 'igualismo' para referirme a lo que sin duda Chimamanda, un 'shock' vital en muchos sentidos, apela en sus periódicos discursos progénero.

Por poner un ejemplo: la misma persona que me hizo saber de la existencia de esta brillante escritora me da, en términos absolutos y relativos, un repaso en toda regla, ya sea desde el bagaje profesional o desde la experiencia personal. Con igualdad de oportunidades, habiendo crecido en entornos similares y con valores estándar a nuestro tiempo, ella cuenta con un recorrido mucho más rico, mucho más variado y, de tener un pene entre las piernas, mucho más admirado más allá de su género. Ha trabajado en cuatro continentes, ha vivido en países y condiciones que a más de un 'tronista' inflado le haría orinarse en la misma terminal del aeropuerto, cuenta con un currículum que para sí quisieran muchos ejecutivos de este país o del extranjero, unos contactos más allá de los manejables en una agenda normal y, sin embargo, la sociedad en conjunto la sigue mirando con compasión por el hecho de que "se le está pasando el arroz".

Quizás, y sólo quizás, llámeme aventurado, ella prefiera romper con el convencionalismo social y cultural que sugiere que una mujer solo cuenta con una vida plena si va aparejada al arraigo, a la formación de una familia, si se pliega a la regla que dice que sólo en el marco que le una a un marido de catálogo y dos o tres retoños obtendrá la plena realización vital. Esta clase de mujeres, ya sean rebeldes, libres, salvajes, inconformistas, valientes o, simplemente, personas diferentes, no deberían arrugarse ante esta clase de pensamiento más extendido de lo que nos atrevemos a reconocer. Ella desde luego no lo hace. Chapeau.

Aún con todo, la educación, y no hablo solo de la impartida en las aulas, nos enjaula en una limitada perspectiva de miras en cuanto al trato entre iguales. Algunos se enzarzan en discusiones vanas sobre igualdad de género (todavía me acuerdo de una activista a la que entrevisté hace unos años que insistía en decir "jóvenes y 'jóvenas'" como bandera de su fatuo progresismo) cuando es evidente que no lo somos desde un punto de vista biológico. Pero es que no somos seres regidos exclusivamente por nuestra herencia biológica, sino que lo que nos hace diferentes es el raciocinio, este pequeño argumento, un regalo evolutivo, que nos ha hecho escalar en la pirámide natural para luego despeñarnos por mirarnos más por nuestras diferencias, de género, raciales, religiosas o de la índole que sea, que por nuestras similitudes, que son abrumadoramente más.

Particularmente, prefiero a mil Chimamandas, a diez mil personas como mi amiga, que aquellos, hombres y mujeres, a los que se les llena la boca con esa educación degradante. Se puede ser perfectamente deferente sin caer en el menosprecio o en la displicencia. No consiste en gobiernos paritarios, cuotas mínimas o cualquier otra chorrada. No consiste en poner el cojín para hacer el camino más mullido, sino en medir a todos por el mismo rasero racional y dotar a todos -alto, baja, negra, amarillo, musulmán, cristiana, española, angoleño, hetero, lesbiana- del mismo trato, reconocimiento, premio o reprimenda, de los mismos derechos y libertades, de la misma HUMANIDAD. No consiste en ser sexista, machista, feminista, igualista o 'loqueseaista', sino en unificar y derruir de una santa vez ideas, léxicos y discusiones vacías, incoherentes y anacrónicas.

Bonus track:

30' de Chimamanda Ngozi Adichie en vena. Muy recomendable e instructivo. Vídeo

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