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BIOGRAFÍA

Manuel Álvarez Tardío: Gil-Robles. Un conservador en la República

domingo 12 de febrero de 2017, 16:07h
Manuel Álvarez Tardío: Gil-Robles. Un conservador en la República

Gota a Gota. Madrid, 2016. 312 páginas. 15 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

Gota a Gota nos sigue trayendo excelentes libros sobre algunos de los referentes de la derecha española del siglo XX como, recientemente, el dedicado a Niceto Alcalá-Zamora, y ahora este sobre Gil-Robles. Más allá de mostrarnos la trayectoria política del personaje objeto de estudio, el valor de obras como la que tenemos entre manos radica en que sirven para desacreditar el relato dominante en nuestro país, el cual acusa a la derecha de ser la responsable única de la cadena de acontecimientos que culminaron en la dictadura del general Franco.

Tal relato exonera de cualquier responsabilidad a la izquierda y no concede espacio al sectarismo que caracterizó a la mayoría de sus referentes del periodo 1931-1939. A modo de ejemplo de esta afirmación, Manuel Azaña sostenía lo siguiente: “Todo lo que venga de lo que no es republicano, nos confirma en nuestra posición; consigue apretar las filas de la mayoría y me hace repetir las palabras del poeta: ladran, señal que cabalgamos” (p. 77).

Por ello, conviene leer esta obra del profesor Álvarez Tardío quien, tomando como eje vertebrador a José María Gil-Robles, hace un análisis crítico de la España de los años treinta en la que predominaba la violencia política y la polarización social.

La estructura del trabajo está correctamente delimitada, empleando una narración cronológica que facilita la comprensión del contenido. Junto a ello, sobresale el epílogo en el que Álvarez Tardío argumenta sus conclusiones, así como un apartado ingente de notas y fuentes que constata la solvencia académica y rigor científico del autor.

Los primeros capítulos nos acercan a Gil-Robles (orígenes familiares, estudios, escarceos laborales…), si bien su protagonismo en política se circunscribe principalmente a la problemática década de los años treinta. De hecho, con anterioridad a 1931 su actividad prioritaria había sido el periodismo (como hombre de confianza de Ángel Herrera en el diario El Debate).

Asimismo, estas amistades nos anticipan sus ideas cuando tenga lugar la II República: las de un monárquico decepcionado ante la actitud de Alfonso XIII. Sin embargo, esta frustración no le lanzó a los brazos de la II República, ni la percibió como una suerte de bálsamo de Fierabrás, susceptible de solventar de un plumazo el cúmulo de problemas que asolaban al país.

Por el contrario, adoptó una actitud posibilista ante el nuevo régimen, cuya finalidad debería radicar en garantizar el orden, lo que le valió las críticas tanto de la izquierda como de la derecha monárquica y republicana (Alcalá Zamora). Pese a este hándicap, Gil-Robles fue capaz de crear un partido ganador, la CEDA, que defendió los intereses de los católicos frente a una izquierda cada vez más radicalizada, cuya implicación en la revolución de octubre de 1934 no tuvo consecuencias penales, aunque Largo Caballero había advertido previamente y sin rubor de sus intenciones: “Si la legalidad no nos sirve, si impide nuestro avance, daremos de lado la democracia burguesa e iremos a la conquista revolucionaria del poder” (p. 117).

Con todo ello, Gil-Robles hubo de encarar un contexto cada vez más complejo por la polarización. Su defensa permanente de la legalidad y del gradualismo no le sirvió para atajar las críticas hacia su persona, las cuales aumentaron durante el periodo 1933-1936. El binomio compuesto por la Guerra Civil y la dictadura de Franco le relegaron al exilio donde efectuó una interesante evolución ideológica que le llevó a defender la monarquía como la solución óptima tanto para la reconciliación nacional como para sacar al país del aislamiento internacional.

Al respecto, aunque se insiste en que fue el gran facilitador del alzamiento, Álvarez Tardío demuestra sobradamente la falsedad de dicha imputación. Para tal fin disecciona los hechos principales que rodearon a Gil-Robles mientras fue ministro de la Guerra (1935) y su trayectoria como de una de las personalidades que con más ensañamiento sufrió la persecución del franquismo.

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