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POCO A POCO

Políticos, gays y otras perversiones

lunes 13 de febrero de 2017, 16:23h
El lamentable escándalo en el que se ha visto inmerso el izquierdista Emmanuel Macron, candidato a las presidenciales francesas del próximo mes de abril, nos recuerda la homofobia latente que sigue existiendo en la política en las democracias desarrolladas.

A Macron se le ha acusado sin prueba alguna de haber sido infiel con un hombre, un alto directivo de la radio pública gala de nombre Mathieu Gallet. En un ejemplo del amarillismo más retrógrado, no queda muy claro si lo que se le echa en cara es la traición a su mujer, en cuyo caso no son pocos los miembros de la Asamblea Nacional que deberían mejor estar callados, de un bando u otro, o el hecho de que sea con un hombre, lo que pondría de manifiesto la anormalidad que sigue suscitando un homosexual en las instituciones de gobierno europeas.

No son pocos aquellos políticos que han dicho públicamente su orientación sexual. Gracias a Dios que por estas latitudes lo pueden hacer sin miedo a ser encarcelados o incluso asesinados. En España contamos desde el malogrado Pedro Zerolo hasta el 'popular' Iñaki Oyarzábal, por ejemplo. Fuera de nuestras fronteras, poco a poco también se van visibilizando más, pero siempre acompañados de una sombra perniciosa. Como si el solo hecho de tener esta o aquella preferencia sexual tuviera algún tipo de lastre, imaginario, por supuesto, sobre sus ideas o preceptos.

No sería lo mismo, ni que decir tiene, que a Macron le pillaran con un affaire femenino que con uno masculino. Es más, el escándalo ha saltado a la opinión pública sin siquiera confirmarse la relación extraconyugal. Y de confirmarse, ¿qué? ¿Son menos válidos sus discursos por acostarse con un hombre? ¿Acaso su infidelidad es más o menos reprobable por ser de carácter homosexual? ¿Hasta qué punto debe dar explicaciones sobre lo que hace o no en su ámbito personal? A tenor de la reacción en el país vecino parece ser que sí, que si eres homosexual y te pillan (e, insisto, este no ha sido el caso) no sólo tu integridad política estará en tela de juicio, sino también tu moralidad y hasta tu humanidad.

Nos seguimos llenando la boca con las proclamas de tolerancia, con una presunta apertura de miras, pero lo cierto es que es todavía más reprochable este baremo interno que tenemos y que nos recuerda que no somos tan comprensivos y aquiescentes como nos creemos cuando se da por sentado pero nos negamos la mayor de puertas para fuera. Que hay figuras de primer y segundo nivel según su sexo, pero también según su sexualidad.

El político gay, igual que la mujer, debe dar un plus de honestidad, de transparencia, de integridad personal. Parece ser que su condición sexual le lastra de alguna manera, que sus palabras siempre irán atrapadas en esa perversión en el que algunos disfrazan vomitivamente lo que no es sino una condición vital tan respetable y asumida como cualquier otra.

El escándalo Macron no debería ser calificado como tal. Primero, porque no ha sido demostrado. Segundo, porque incide en su esfera íntima y privada, donde un político goza de los mismos derechos y privilegios que cualquier anónimo. Y tercero, porque ataca una libertad fundamental recogida en toda constitución occidental, la de la libre elección sexual.

Es precisamente esa cerrazón de miras, esa tolerancia hipócrita, esa mentira descarada, la verdadera perversión. Esa desviación mental que retrata, no sólo a las instituciones en las que tienen lugar, sino al resto de la sociedad en su conjunto.
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