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POCO A POCO

Fascista, comunista, norcoreano

lunes 20 de febrero de 2017, 19:19h

Corea del Norte es un país atípico. Aislado del resto del mundo bajo ese férreo telón de acero que lleva imponiendo la dinastía Kim desde la década de los años 40 del siglo pasado, la mayoría compadecen a esos millones de personas oprimidas y confinadas en una suerte de gigantesco gulag.

En estas, el asesinato en Malasia la semana pasada del hermanastro de Kim Jong Un en más que sospechosas circunstancias ha vuelto a poner el foco informativo sobre el régimen norcoreano, si bien muchas veces se cae en el error de calificar la dictadura de comunista cuando es, en naturaleza y en la práctica, de todo menos eso.

El régimen Juché, sobrenombre del Gobierno de Pyonyang y que significa "el poder para las masas", es, irónicamente, una evolución radical y paranoide del imperialismo japonés, el Shogun, de corte netamente fascista y con la diferenciación racial muy a gala, presente en la península coreana desde hace siglos y hasta mediados del siglo XIX mediante las sucesivas invasiones niponas.

En Japón, el emperador ha sido durante años la suprema deidad, una figura divina a la que servir y por la que dar la vida sin duda ninguna. Un tratamiento que se ve a diario en las recurrentes puestas en escena orquestadas por el régimen norcoreano es puro calco de la devoción que los japoneses han profesado por su emperador durante siglos, aunque en este caso de verdad y no exigido.

Cuando las dos coreas se dividieron, ambas heredaron maneras y procederes propios del sistema nipón, que durante centenares de años dejó su huella a sangre y fuego en la península y hasta que no concluyó la II Guerra Mundial.

En este sentido, Kim Jong Un ha desarrollado, como antes lo hicieran su padre y su abuelo, un papel de Dios impuesto para su pueblo. Credo a la fuerza. Discutir al líder no es poner en duda el orden establecido, sino pecar, ir en contra del orden natural de las cosas establecido a golpe de represión en Corea del Norte.

Por eso, y porque cualquier disensión es aplacada con ejecuciones, torturas o encarcelamientos masivas, las muestras que nos llegan por goteo desde el aparato de propaganda norcoreano son la cara visible de un régimen divino, de un sistema fascista cimentado en el culto exacerbado a un líder único. La más ilógica de todas las realidades políticas de este ya de por sí caótico mundo.

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