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POESÍA

Mario Campaña: Pájaro de nunca volver

Mario Campaña: Pájaro de nunca volver

Prólogo de Eduardo Milán. Candaya. Barcelona, 2017. 82 págs. 11 €.

Por Inmaculada Lergo Martín

El poeta Mario Campaña (Guayaquil, Ecuador 1959), que es también narrador (Antes bajaban en tren, 2013; Bajo la línea de flotación, 2015) y ensayista (Baudelaire. Juego sin triunfos, 2006; Francisco de Quevedo, el hechizo del mundo, 2001; etc.) comprometido en su filosofía social y política (Una sociedad de señores. El árbol de mal, revolución moral y democracia, 2017); traductor (Para una tumba de Anatole, de Stephane Mallarmé, 2006) y antólogo en el ámbito de la poesía hispanoamericana, en el cual se mueve su revista Guaraguao, con más de 20 años de trayectoria, presenta ahora un nuevo poemario: Pájaro de nunca volver. Cierra con él un ciclo que comenzó con Cuadernos de Godric (1988) -merecedor del Premio Nacional en Ecuador- y que incluye también Aires de Ellicott City (2006) y En el próximo mundo (2011).

Tetralogía unida por una profunda corriente de desarraigo, de esa desasosegante sensación de extrañeza, de «ajenidad», que a veces nos estremece al detenernos a observar el mundo que nos rodea, al ser humano y a nosotros mismos. Pájaro de nunca volver es un viaje; un viaje interior donde el contraste entre los sueños viajeros -que son siempre ilusionantes-, la idea de la vida como experiencia -al modo del Ulises de Cavafis- y la voz poética -que es un «yo» a la vez que un «nosotros»- es profundo y continuo. Con el acierto, que hay que señalar, de que el autor rehúye caer en un fácil victimismo, en un impostado rasgarse las vestiduras o en una mirada superior instalada en «su verdad». Lo que el poeta, y el lector, experimentan al adentrarse en la lectura de los poemas es una inmersión; un sumergirse poco a poco hasta anegarse en la indefensión del hombre ante el monstruo en que la vida se convierte a veces. Pero, a la vez, y no tan paradójicamente, una distancia, que permite escapar de un sentimentalismo que no interesa al poeta y que posibilita también el poder, a pesar de todo, aferrarse a la existencia: «déjame tocarte un momento / vida».

Ningún tema como el de este libro es desgraciadamente tan de actualidad (pronto nadie sabrá cuál o cómo era ese mundo, ese Paraíso perdido al que la humanidad siempre aspira a volver); de palpitante actualidad, pero sin haber pretendido Campaña hacerla. Lo cual resulta atinado, y sin duda un logro. El espíritu que late en las páginas de este nuevo poemario ha estado siempre como trasfondo en toda su obra poética, desde Cuadernos de Godric, en el que el yo poético/personaje, Godric, es un desterrado y los desterrados, como apunta en el prólogo Eduardo Milán, ya no tienen posibilidad de volver salvo «en calidad de fantasmas».

Pájaro de nunca volver tiene una estructura definida, no es un grupo de poesías reunidas para publicar, es «un libro» en toda la extensión y hondura de la palabra. El conjunto de los poemas son un canto dividido en dos capítulos y enmarcado por un «Introito» y una «Coda». En el primero, que se abre con un «sobresalto», con el sonido de unos disparos, confiesa: «Es este un comienzo para soñadores, lo sé»; y se duele: «Pero hoy la luna no está. Y la noche es negra como debe de ser el cielo de los ciegos», sensación turbadora con la que iniciamos la lectura. La coda, sin embargo, cierra con una velada esperanza, que se va abriendo paso a lo largo de la obra hasta hacerse explícita: «ardan ya casa y ciudad / cielo / corazón y memoria / todo puede cambiar».

Los versos de Mario Campaña atrapan con fuerza, porque hay en ellos mucho de lo que somos, de lo que formamos parte aunque nos resulte difícil aceptarlo, de lo que hemos perdido, de lo que soñamos:

“No he de volver no no hace falta

con estar aquí completamente

sempiternamente

basta

todo presagiado en sueños

cada día el destino recomienza y cambia”.

La palabra «no» se repite una y otra vez, insistentemente, pero no como negatividad sino como rebeldía, porque aunque todos nosotros y lo que nos rodea sea continua lucha y guerra y sombras y dolor…, la tierra se rehace cada día de entre las ruinas, y «el pájaro de nunca volver hoy canta / memoriosas ofrendas del porvenir / en el tiempo del fin de mundo».

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