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POCO A POCO

Circo Nacional

lunes 06 de marzo de 2017, 12:49h

Lo de la derecha francesa va camino de convertirse, sino lo es ya, en uno de los sainetes más notables de la política europea de las últimas décadas. Guerras intestinas, odios enconados, acusaciones de corrupción, de nepotismo, candidatos de ida y vuelta... Y todo a un mes de unas elecciones presidenciales vitales para el futuro inmediato de Francia, en el punto de mira tras la deriva rupturista de Hollande, el Brexit y los desmanes de la zona euro.

El caso Fillon, por el que el candidato rebelde y electo está siendo investigado por las presuntas contrataciones irregulares de su mujer y sus hijos y casi seguro irá a juicio por malversación, está alcanzando cotas que sobrepasan el esperpento. El exministro y hombre fuerte en la época de Sarkozy se niega a dejar la carrera presidencial y carga contra todo y contra todos. Que si le están haciendo la cama desde dentro, que si la prensa le está asesinando políticamente... "Nadie tiene derecho a arrebatarme la candidatura", decía este pasado fin de semana en un baño de masas improvisado a última hora ante unos 50.000 fieles (se esperaban 200.000) aferrados a un 'gaullismo' apolillado.

El delirio que rodea a este hombre, que ha reconocido los hechos por los que se le imputa y aunque prometió coger las de Villadiego si se llegaba a este punto judicial ahí sigue, es tremendo, pues no sólo no acarrea con la responsabilidad inherente a un cargo público y aspirante a El Elíseo, sino que desprecia toda lógica y carga sobre otros una culpa que solo es suya.

La torpeza de Fillon quizás solo se vea superada por el caos que representan los conservadores galos a día de hoy, que han fracasado a la hora de plantar cara al auge del Frente Nacional y han hecho buena a una izquierda francesa que estaba en sus horas más bajas gracias a François Hollande y su reforma laboral aprobada a traición el año pasado.

En un principio tres eran los postulantes a capitanear a los conservadores el mes que viene: Sarkozy, Fillon y Juppé. Al primero le dieron para el pelo a las primeras de cambio sus propios correligionarios tras alargarse la ya de por sí muy alargada sombra de sospechas sobre sus tejemanejes fuera de la ley. El segundo se llevó al gato al agua y con el tiempo ha hecho bueno a casi cualquiera que hubiera tenido bemoles. Y al tercero, que tampoco es trigo limpio pues ya fue condenado en su día a 18 meses de cárcel por desviar fondos municipales, ahora le buscan como alternativa pero ya ha dicho que verdes las han segado, que esto ya no lo levanta nadie y que se queda en Burdeos, donde es alcalde, a ver los toros desde la barrera.

Así que con estas se encuentra la derecha francesa: con un líder que mueve los hilos pero que no tiene el apoyo de las bases, con un candidato imputado que debería irse y no se va, con una alternativa con antecedentes a la que buscan pero que no van a encontrar, con opciones menores surgiendo como setas (Baroin, Estrosi...), con una Marine Le Pen frotándose las manos con el puñado de votos que le van a caer de rebote y que apuntalarán su victoria en primera vuelta -la segunda ya será otro cantar con todo el espectro político en su contra-, y con una izquierda que se veía sin opciones en estos comicios hace unos meses y ahora se ha quedado como el único bote salvavidas en la tormenta desatada por el populismo. Ahí es nada.

Los Republicanos se han inmolado en sus corruptelas y su cainismo y han perdido el prestigio político del que disfrutaban no hace tanto tiempo. Han hecho buenos los años tediosos de Hollande, al que ahora se le tiene por un mal menor, y han dejado al país en manos de la disyuntiva más preocupante posible: o un socialismo inoperante sobre el papel o una extrema derecha crecida y creciente entre el electorado. El caldo de cultivo perfecto para una legislatura de capa caída.

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