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POCO A POCO

Sí me creo esta fe

lunes 13 de marzo de 2017, 20:01h

Las nuevas generaciones, los millenials, la Generación i y esas denominaciones tan poco originales, hemos crecido esencialmente en lo tangible. Creemos en lo que vivimos, en lo que tocamos y percibimos. Somos, sobre todo, pragmáticos.

En esta idiosincrasia, la religión, especialmente la fe católica predominante en España, se ha quedado en claro fuera de juego. La edad media de los creyentes sube año a año, la crisis vocacional es acuciante y la identidad religiosa se reduce año tras año entre los fieles.

Sin embargo, a mi alrededor son mayoría aquellos que nos reconocemos creyentes, es verdad que quizás no tanto en las figuras e historias tradicionales, pero no así practicantes, por lo que subyace no es tanto una crisis de fe como de desconexión con el intermediario, con el vocero de ese Dios hecho a su medida entre la sociedad del siglo XXI: la Iglesia.

La estructura eclesiástica, presa de su inmovilismo se ha ido alejando cada vez más de la sociedad aferrándose a un dogmatismo cerrado que ha dado muchas veces la espalda a las personas a las que se dirige. Prueba de ello es que su arquitectura sigue siendo un ejemplo del machismo más avejentado. Cómo si no calificar eso de que el representante de Dios en la Tierra tenga que ser, sí o sí, un hombre, que su principal rito solo pueda ser dirigido por un él y no por una ella.

Mientras todos los estamentos de la sociedad, a mayor o menor velocidad, van en una dirección, la de la igualdad, la Iglesia sigue rebajando a la mujer a un papel subyugado al del hombre, y eso, para mi generación, es un torpedo a la línea de flotación de nuestro sistema de valores.

Pero, las cosas como son, muchos nos hemos reencontrado con la religión en la que se nos educó gracias al actual Papa. Francisco está sabiendo leer los tiempos que corren y, poco a poco y luchando contra esa sombra alargada llamada Curia, está dando pasos hacia la actualización de la Iglesia como institución emblema de unas creencias.

Desde la aceptación de la homosexualidad, el empoderamiento de la mujer en ciertos aspectos y la posibilidad, hecha pública la semana pasada, de copiar la figura del sacerdote casado habitual en el protestantismo y en el anglicanismo, el Papa argentino está dejándose la piel para poner a la Iglesia en 2017, ya que en muchos sentidos sigue viviendo en 1017.

En unos tiempos tan incrédulos como los actuales, la Iglesia debe saber evolucionar, que no por ello significa perder su esencia y su arraigo, y actualizar sus formas y sus fondos a los tiempos que corren. Dar poder a ese clero de batalla, el que se desvive por sacar adelante una pequeña parroquia de barrio o una misión perdida de la mano de Dios, y arrebatárselo al otro, al de la capa de bordados dorados y limusinas Mercedes (¿voto de pobreza era?).

Y la religión no está reñida con la evolución. Prueba de ello es que gracias a Dios no vivimos el catolicismo como hace siglos, porque tela... Tampoco es tanto, como escucho de vez en cuando, el preferir una fe a la carta, sin deberes pero con derechos, sino de alinearse con un discurso que no sea tan ferozmente anacrónico.

Francisco ha sabido tomar el camino correcto. Quizás no el más sencillo, quizás no el más popular entre los poderes católicos tradicionales, pero sí el más consecuente con la palabra que predica y el credo que defiende.

Seguramente cueste tiempo constatar los beneficios de esta nueva línea a seguir, pero todos los cambios, especialmente en instituciones tan enfrentadas con ellos, son complicados de parametrizar en el corto plazo.

La Iglesia debe seguir apostando por esta actualización, por esta renovación estructural que la acerque a los fieles, que no es que no crean, sino que han dejado de ver al Vaticano como un interlocutor válido entre ellos y Dios. Para esto Francisco es el idóneo para encabezar este proceso, pero tras él deberán venir otros y, ojalá, otras que recojan su testigo e incidan en este concepto.

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