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TRIBUNA

La cohesión social en la UE

miércoles 22 de marzo de 2017, 22:08h
Estamos a punto de celebrar el 60 aniversario de los Tratados de Roma (Comunidad Económica Europea -CEE- y EURATOM) puesto que fueron firmados el 25 de marzo de 1957. El primero de ellos supuso un paso de gigantes en el largo camino hacia la integración europea, ya que con él se abrió la puerta a la cooperación económica entre los países miembros con la CEE.

Sin embargo, en el momento actual son muchos los retos que tiene ante sí una UE que parece verse tambalear ante amenazas globales que parecen cuestionar su propia identidad. Desde mi punto de vista, podrían destacarse, al menos, tres tipos de retos ante un futuro próximo: geopolíticos, legislativos y sociales.

A nivel geopolítico, creo que habría de diferenciar factores exógenos y endógenos que afectan a las decisiones que se toman en el marco de la Unión Europea. No podemos ignorar que nos enfrentamos a una nueva delineación del mundo. Tanto Donald Trump como Putin abiertamente tratan de debilitar a la UE. A pesar de que no haya ganado el ultraderechista Wilders en las pasadas elecciones en Holanda, sigue percibiéndose que los partidos populistas están en auge en Europa, alimentados por el discurso del miedo a los inmigrantes. Me parece un error tratar de resolver los problemas a nivel geopolítico con soluciones individuales de Estados con más o menos poder dentro del escenario europeo, puesto que los retos solo son asumibles desde soluciones globales que procedan de todos los países que conforman la UE actual, a pesar de su diversidad.

En términos legislativos, también se observan ciertos problemas que no son de menor entidad. Pensemos, por ejemplo, en el precario desarrollo del derecho de asilo dentro de la UE y la ausencia de una estrategia real para guiar a los Estados miembros a adoptar una política común en este ámbito. Todo ello ha conducido a decisiones meramente paliativas que al final no satisfacen a nadie. Deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en crear un Derecho de la UE integrado por normas comunes, coherentes, eficientes que generen una relación de confianza entre los Estados miembros y que se correspondan con el nivel de protección de derechos y garantías reconocido internacionalmente por otras instancias que sirven de freno y control frente a posibles excesos.

A nivel social, la Unión Europea también tiene retos pendientes, entre otros, el de acercar las instituciones a la gente de la calle, a la ciudadanía europea, para que no haya muros ni barreras mentales que dificulten la comprensión de lo que la UE verdaderamente significa. Al mismo tiempo, urge que la UE ponga el foco en los sujetos más vulnerables dentro de la sociedad, tratando de crear prosperidad no sólo para unos pocos privilegiados por el contexto en el que viven, que les convierte desde su mismo nacimiento en sujetos más o menos aventajados en la aventura de vivir.

Los Estados miembros deben ser conscientes de que tienen ante sí no solo el reto de resolver, por ejemplo, los problemas demográficos de una población que gradualmente envejece o la cuestión del desarrollo de la sostenibilidad económica, sino los importantes problemas que genera la falta de cohesión social.

Vivimos una UE que no se entiende sin la llegada paulatina de los inmigrantes a nuestras fronteras y todo se complica aún más cuando asistimos a un enfrentamiento no solo teórico-conceptual en la forma de abordar la cuestión de la diversidad étnica. Lo curioso es que los modelos en juego (modelo étnico, modelo republicano o civil y modelo multicultural) no son tipos ideales puros, sino que en la práctica se fusionan elementos de los tres en la mayoría de los Estados miembros de la UE.

Deberíamos tratar de crear entre todos un nuevo marco social para la convivencia pacífica, alejados de los nacionalismos perversos, chauvinismos egocéntricos, políticas asimilacionistas forzadas o discursos que animan a la persecución étnica. Todas estas prácticas son nocivas para el crecimiento personal y colectivo dentro de la sociedad puesto que impiden una actitud positiva hacia los derechos de las minorías y la creación de políticas para facilitar la igualdad de oportunidades y de resultados de los más débiles o vulnerables.

Efectivamente, a punto de cumplirse los 60 años desde la firma de los Tratados de Roma, se necesita reivindicar la solidaridad como virtud aunque a algunos les duela o acusen a los que lo hacemos de ingenuos o idealistas. Creo que ello es esencial para construir una UE fuerte. Como observan Fücks, Steenblock o Pütz: “Hay que entender la solidaridad europea no solo en términos de operaciones internas entre Estados miembros concretos sino como un aspecto de la política internacional, que ha de ir dirigida a la justicia global. (…) La solidaridad ha sido y sigue siendo el motor para la integración europea”.

No podemos pasar por alto que la solidaridad europea es un prerrequisito para la cohesión interna dentro de la UE y su presencia se requiere para preservar “the European way of life” en un mundo globalizado que, por si fuera poco, cambia a una velocidad de vértigo el equilibrio de poderes. En suma, la cohesión social dentro de la UE y la capacidad para comprometerse con el mundo exterior están íntimamente conectados. Este recordatorio me parece que es ineludible si queremos seguir celebrando aniversarios desde la firma de los Tratados de Roma.
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