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DESDE ULTRAMAR

60 aniversario deslucido del Tratado de Roma

jueves 23 de marzo de 2017, 20:07h

El atentado en Londres a las puertas del parlamento británico que, pese a quien le pese, es un símbolo del debate, la cultura democrática, la manifestación de las libertades occidentales y universales, no solo inglesas como expresara con cierta soberbia Locke, y que en suma es una expresión nítida de Europa, tal y como la entendemos en Occidente y que responde a su quintaesencia; resulta ser un hecho siempre deleznable que se traduce en el remate que ensombrece este sesenta aniversario de un audaz tratado que generó infinidad de fenómenos dignos de estudio.

Firmando ese Tratado de Roma en el seno de la Guerra Fría, de la Europa dividida en la Posguerra, con un bajísimo nivel de convocatoria efectiva y apostando al futuro en medio de un panorama que le era adverso e incierto, resultó en un intrépido documento que apostó a la unión de la nueva Europa. Revestido de eso que se llamó pomposamente “el espíritu de la nueva Europa”, sentó las bases de la actual Unión Europea, la otrora Comunidad Económica Europea (CEE), que no es sino el modelo de integración más sofisticado y avanzado del mundo. Cambió el rostro de Europa. De esa que surgió de su casi suicidio, como lo denominó el historiador británico John Terraine, al término de la Segunda Guerra Mundial que la devastó.

Es una pena que llegue tan estropeado el espíritu que generó el tratado que hoy nos congrega; y tan ajeno al impulso del Benelux, de la Declaración Schuman, del espíritu del Tratado del Elíseo, de la necesaria paz sincera entre los europeos que, masacrándose cual salvajes, en el mejor manifiesto de lo que aborrecían como incivilizatorio en los no europeos supuestamente carentes de capacidad civilizatoria, ahora requerían urgentemente parar su baño de sangre con una nueva propuesta, replanteándose su futuro, y lo plasmaron simbólicamente sellando un tratado en Roma, como un acto metafórico de unidad, de un regresar al origen y como un acto referencial de emprender una nueva unidad de Europa, guiados por las únicas genuinas muestras de unidad europea del pasado, representadas en la Roma Imperial o en la hegemonía de la Iglesia. Ese fue su simbolismo al firmarse en la Ciudad Eterna. En ese contexto nació el afamado Tratado de Roma de 1957, creador de la llamada Comunidad Económica Europea (CEE), que consagraba un camino que parecía no tener reparos en avanzar.

Con ese acto fundacional fue que Europa, “la Europa de los seis” –Alemania Federal, Bélgica, Francia, Italia, Países Bajos– en una pingüe convocatoria que hoy sorprende por sus incalculables alcances mayúsculos, decidió recomponerse y pese a que no era fácil dejar de lado los resquemores, las rivalidades, las trapacerías históricas sucedidas entre los países europeos, belicosos y siempre insatisfechos de sus logros alcanzados, ambicionando al prójimo y firmando la paz, pero preparándose siempre para la siguiente guerra que terminaba llegando y en un alucinante cambio de alianzas y estrategias destructivas, todo sancochado con un exacerbado nacionalismo que casi entierra a Europa en 1945.

El tratado evolucionó, fructificando. Consagró el Mercomún y trazó una senda de progreso a paso lento, pero firme, hasta consolidar “la Europa de los doce”. Seguro y compuesto, añadió nuevos países, recompuso la CEE sentando las bases de la Unión Europea (UE), las lecciones de Maastricht, la moneda única aun con sus asegunes. Parecía apostar lejos en su proceso unificatorio irreversible.

Y de pronto se fue cayendo cierta careta. Se estropeó el maquillaje. Se evidenciaron situaciones que parecían más importantes que el bienestar del ciudadano europeo de a pie, comprometiéndose negativamente el discurso enarbolado.

El gran capital ya pesaba más que la bandera única o el libre tránsito de personas prescindiendo de pasaportes. El tropiezo de la Constitución europea tan ninguneada y no sin razón, la lentitud en adoptar el euro con su espiral inflacionaria y encarecimiento evidente e inocultable de la vida diaria, la burocracia impositiva de Bruselas, la crisis griega, cuyo origen es la corrupción y el consecuente falseo de cifras, no solo de los griegos, sino de Bruselas, solo explican en mucho el porqué se llegó al brexit, una abolladura al espíritu unificador europeo para gozo de Moscú y de Washington, mientras el terrorismo acecha y Rusia desdeña la unión de Europa y le recuerda qué ha sido y qué puede ser y con inequívocos signos de despecho como el de Trump dejando a Merkel literalmente con la mano extendida y avizoramos un choque de culturas alimentado por una migración que sirvió de mano de obra barata para pagar los costos de la reconstrucción de la Europa de posguerra y que ahora sobra, molesta, pero que no se extinguirá y promete acrecentarse.

No, definitivamente y desde ultramar lo expreso, no apreciamos grandes motivos de celebración en este aniversario redondo de tan trascendental tratado; por estos pagos hay algún matraquero de la Unión Europea, debo decirlo. Cuando digo eso me refiero a que no habla de sus defectos y de sus evidentes trasfondos y complicaciones. Suele exponerla sin reparos, sin pegas, sin dudas, sin evidencias de agotamiento, que no de postración. El brexit y otras linduras pasan frente a sí como si no existieran. Una lástima que lo haga, porque trastoca la realidad actual de la UE. Y definitivamente, el mejor homenaje al Tratado de Roma sería plantearse qué se quiere que sea la Unión Europea en adelante y qué rumbo quiere que siga.

Y es que no basta que se diga que desde que sucedió el “sí” al brexit, París y Berlín son dichosas. No, es que el brexit alerta de que algo y por mucho, no anda bien. Los acechos a la economía de la UE, como a su seguridad y a su viabilidad a futuro, se hacen palpables. El sesenta aniversario del Tratado de Roma puede ser una magnífica oportunidad de replantearse lo que se quiere. Concluyo: no corren buenos tiempos para la UE y su futuro me parece bastante incierto. Al tiempo.

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