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POCO A POCO

Putin y su caballo de Troya

lunes 27 de marzo de 2017, 16:08h

La estrategia que sigue Vladimir Putin desde hace ya años es muy sencilla. Como buen estratega de la Guerra Fría que es, no obstante se forjó en el corazón de la KGB, el presidente ruso está sabiendo mover sus fichas para reubicar a Rusia donde él considera que debe estar. Esto es, en la cima de la geopolítica mundial.

Sabedor de que con Estados Unidos no puede permitirse una confrontación armada, ni siquiera un pulso frío, porque Washington sigue siendo la primera potencia militar del planeta con recursos militares, económicos y diplomáticos muy superiores a los suyos, Putin siembra allá donde sabe que antes o después podrá recoger. Este ha sido el caso de Crimea, donde la comunidad internacional se la ha tenido que comer, y Siria, con Al Assad pasando de genocida a valedor del equilibrio en Oriente Medio en cero coma, enclaves estratégicos para que el Kremlin siga siendo un actor de primer orden en el tablero internacional.

Rusia tampoco tiene mucho que hacer en el terreno comercial, ni con Estados Unidos, ni con la Unión Europea, ni con China. Con un PIB desplomado y una inflación cercana al 6 por ciento, Moscú no tiene ni músculo ni fibra para plantar cara en los mercados. Tampoco su sistema oligopolístico le permite mucho margen de maniobra, con los grandes nichos financieros, en especial los energéticos y metalúrgicos, en manos de unos pocos afines.

Mientras, de puertas para dentro, una acosada oposición ve cómo casi un millar de los suyos, entre otros su líder, Alexei Navalny, son encarcelados este pasado fin de semana por protestar contra la endémica corrupción existente en el país. El caso de Nalvalny, acusado de apropiación indebida en un proceso judicial cuanto menos extraño, recuerda mucho al del magnate Mijail Jodorkovski, que ya pasó sus buenos años en la cárcel por plantar cara al todopoderoso Putin, antaño amigo.

Con este escenario, ¿qué hacer para hacer reverdecer los laureles de Rusia? Putin ha llevado la lucha a las sombras, al espectáculo de títeres donde él ha demostrado con el tiempo ser un maestro. Si Estados Unidos cuenta con la supremacía armamentística, llevemos el pulso a las redes, al ciberespacio. El Kremlin es el principal sospechoso de los últimos ataques cibernéticos contra objetivos estadounidenses y europeos, demostrando que las guerras del futuro tendrán menos misiles y más teclados. De hecho, las empresas de seguridad digital calculan que medio millar de intentos de hackeo se producen al día desde la estepa.

Y en la arena política el presidente ruso se ha valido de su experiencia y buen hacer fuera de los focos para tejer una buena red de influencers que susurran al oído de su homólogo americano, Donald Trump. Poco a poco se van certificando las sibilinas maniobras de Putin para atraer hacia sus intereses a importantes figuras de la Casa Blanca. Primero Michael Flynn, fugaz asesor en materia de Seguridad Nacional. Ahora, el Senado de EEUU quiere un careo con Jared Kushner, yerno del magnate, para aclarar el grado de complicidad de éste con elementos próximos a Moscú.

En este sentido, Putin, como pregonaba Sun Tzu, se ha hecho fuerte desde la debilidad palpable y reconocida. Siglos después de que Homero escribiera La Odisea, el Kremlin se ha valido de su propio caballo de Troya para darle la vuelta a la partida desde dentro. Si no para poner a Rusia al frente del mundo, como mínimo para estrechar las diferencias con las otras dos grandes superpotencias actuales.

Putin, emblema del nuevo zarismo, no es un dictador al uso. Es inteligente, es hábil, es paciente y es metódico. Lleva una década al mando de su país con un único objetivo: devolverle el prestigio y el poder de antaño. A su manera y con sus formas, lo puede estar consiguiendo.

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