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ENSAYO

Michael Seidman: Antifascismos 1936-1945

domingo 02 de abril de 2017, 18:31h
Michael Seidman: Antifascismos 1936-1945

Traducción de Hugo García Fernández. Madrid, 2017. 442 páginas. 29,50 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

El profesor Michael Seidman nos plantea en Antifascismos 1936-1945. La lucha contra el fascismo a ambos lados del Atlántico un novedoso objeto de estudio como es el antifascismo, al que analiza en cuatro escenarios geográficos distantes pero complementarios (Reino Unido, Estados Unidos, Francia y España).

Para ello divide el libro en 8 capítulos, a los que debe añadirse el que dedica a las conclusiones, las cuales relaciona con el presente, estableciendo tesis políticamente incorrectas: “A diferencia de los movimientos fascistas de entreguerras, la extrema derecha contemporánea respeta en gran medida las reglas del juego democrático y ha abandonado la violencia paramilitar de sus predecesores […]. Han mantenido el racismo y la xenofobia del pasado fascista, pero no sus aspiraciones totalitarias” (págs. 403-404). Se trata de una advertencia hacia quienes con más demagogia que rigor califican como fascistas a gobernantes como por ejemplo Donald Trump.

En cuanto al contenido de la obra, ésta se desarrolla principalmente durante la década de los años treinta para prolongarse hasta 1945. A partir del final de la Segunda Guerra Mundial se abrió un nuevo escenario global sobre el que Michael Seidman también reflexiona puesto que los aliados antifascistas de “ayer” (las democracias occidentales y el comunismo soviético) se convirtieron en enemigos irreconciliables.

Como el autor reconoce en la introducción, si bien resultan innumerables los libros que se han ocupado del fascismo, no puede predicarse lo mismo acerca de los trabajos sobre el antifascismo. Tal concepto, como comprobará el lector, nada tiene que ver con el pacifismo, “ideología” sobre la que Seidman vierte furibundos críticas puesto que tuvo como núcleo central su defensa del apaciguamiento a Hitler como requisito innegociable para evitar la guerra. Las repercusiones de tal estratagema, simbolizada principalmente por el primer ministro británico Neville Chamberlain, todos las conocemos: “Los nacionalsocialistas no tenían moral ni deseo de colaborar con otros pueblos, solo una necesidad brutal de dominar” (p. 101).

En contra del apaciguamiento, el autor sitúa a un antifascismo contrarrevolucionario cuyo principal referente fue Churchill y al que se fueron sumando otras figuras de tronío como Roosevelt, De Gaulle e incluso, aunque de manera ventajista, Stalin. Esta postura de Churchill en un primer momento fue tan minoritaria como rechazada incluso en las filas de su propio partido. Sin embargo, paulatinamente se abrió camino hasta crear esa gran coalición inclusiva que derrotó al nazismo.

Por otro lado, existió el antifascismo revolucionario vinculado a presupuestos de izquierda y más sectario en sus planteamientos, como reflejó lo acontecido al final de la Segunda Guerra Mundial cuando rechazó la democracia parlamentaria, el pluralismo político y la propiedad privada a los que distinguió como elementos propios del fascismo (p. 375).

Previamente, ese antifascismo revolucionario había fracasado estrepitosamente en la Guerra Civil española al anteponer la revolución al establecimiento de una democracia liberal, susceptible de incorporar en su seno a sectores del centro y de la derecha republicana contrarios al alzamiento de Franco y a cualquier nexo con el fascismo. Así, frente a las tesis de Ortega, Madariaga o Unamuno primaron las ideas totalitarias de la dirigente comunista Dolores Ibárruri (La Pasionaria). En palabras de Seidman: “Los comunistas de la década de 1930 nunca llegaron a comprometerse con la democracia parlamentaria, y mantuvieron siempre el objetivo de establecer alguna variedad del modelo soviético en España” (p. 51). De hecho, algunos de los dictadores y políticos comunistas que adquirieron protagonismo a partir de 1945 participaron activamente en la Guerra Civil española (por ejemplo, Tito) empleando nuestra contienda a modo de banco de pruebas.

En definitiva, una obra mayúscula que hará las delicias de historiadores, politólogos y periodistas. La capacidad del autor para establecer relaciones, nexos, semejanzas y diferencias procede de un estudio riguroso, como atestigua la bibliografía y fuentes empleadas, pero también de un desmarque deliberado de la corrección política lo que dota al libro de un plus de originalidad y pertinencia.

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