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NOVELA

Ignacio Martínez de Pisón: Derecho natural

Ignacio Martínez de Pisón: Derecho natural

Seix Barral. Barcelona, 2017. 448 páginas. 21 €. Libro electrónico. 9,99 €. El Premio Nacional de Narrativa continúa explorando en su última novela el universo de la familia y sus complejas relaciones. Excelente narración que combina el plano personal de sus personajes con el colectivo en la España del tardofranquismo y la Transición.

Por Carmen R. Santos

La apreciación “todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”, estampada por Tolstói al comienzo de Anna Karenina, es, sin duda, una de esas frases lapidarias que resultan impactantes y que tanto juego pueden dar. Pueden y han dado ya en la literatura, pues parece que el examen de una familia -o de una persona- infeliz brinda muchas más posibilidades. Y quizá es así, aunque la felicidad tampoco es uniforme y a ella es posible aplicar asimismo una lente analítica. En cualquier caso, sea como fuere, quizá la cuestión de fondo resida en que ni la felicidad ni la desdicha, en las familias o en los individuos, se producen de manera exclusiva y permanente. No hay, en puridad, familias -o personas-, felices frente a otras que son lo contrario. La felicidad y el infortunio se entremezclan en el discurrir -de un individuo, una familia, un país-, de ese maremágnum que es la vida.

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) es uno de los autores que mejor ha explorado el universo familiar, las relaciones que se establecen entre sus miembros, entre la pareja, entre padres e hijos. Es un asunto capital que siempre le ha ocupado y preocupado desde su primera nouvelle, La ternura del dragón, y que nutre prácticamente toda su novelística en títulos como Carreteras secundarias, Dientes de leche, El tiempo de las mujeres o La buena reputación. Y vuelve a ser el eje de Derecho natural, una narración llamada a convertirse en una de las obras imprescindibles del escritor zaragozano afincado en Barcelona.

La familia Ortega es la protagonista de Derecho natural. La integran el padre, Ángel, la madre, Luisa, dos hijos, Ángel y Manolo, y dos niñas, Cristina y Paloma. El hijo mayor, Ángel, es el narrador en primera persona de los avatares por los que pasa la familia, en un periodo que comienza en el tardofranquismo y se adentra en la Transición, en escenarios barceloneses y madrileños. En la Ciudad Condal vive la familia Ortega, pero en un determinado momento el narrador, Ángel, se traslada a la capital de España para proseguir sus estudios de Derecho. Lo que hará como becario en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, donde entra en contacto con Gregorio Peces-Barba, catedrático de Filosofía del Derecho y uno de los “padres” de la Carta Magna del 78, y se interesa por el jurista y politólogo italiano Norberto Bobbio.

La novela, donde hay numerosas referencias a figuras reales, ofrece así una triple dimensión en cuanto a retrato de un personaje, de una familia y de un país, todos, de una forma u otra, en una etapa de cambio, de transición, en la que se desvanece un mundo y se abre un camino al que no le son ajenas las incertidumbres. De alguna manera, es preciso construir un nuevo edificio. El referéndum sobre la nueva Constitución, celebrado el 6 de diciembre de 1978, atentados etarras, actividad de grupos radicales, la intentona golpista del 23 F de 1981, o el estallido de la denominada “Movida”, son, entre otros hechos históricos, el marco por el que se mueven las criaturas ideadas por Martínez de Pisón. Unas criaturas que son uno de los puntos fuertes de la novela.

Empezando por el padre, llamado como su primogénito. Ángel Ortega padre enlaza con el padre de Carreteras secundarias, aunque el de Derecho natural encierra quizá más matices. Ángel Ortega es un chanchullero, una especie de pícaro moderno, que busca sobre todo su propio bienestar sin importarle demasiado el de los suyos, a quienes abandona en sucesivas ocasiones, en un rosario de idas y venidas de la casa familiar. Actor secundario de películas baratas, encuentra finalmente su fortuna como imitador del famoso cantante griego Demis Roussos, con el que guarda, y sobre todo cultiva, un notable parecido, bajo el nombre artístico de Big Demis. Ángel Ortega pretende también inventarse una falsa biografía de luchador antifranquista, fenómeno nada inhabitual por esos años.

Y siguiendo por la madre, una fiera que defiende y se vuelca en su familia ante las ausencias de su irresponsable pareja, y, a la vez, que busca desarrollar su propia personalidad y el descubrimiento de que es una excelente mujer de negocios regentando una agencia para colocar, en anuncios, en películas, a niños artistas. Se trata de una mujer entre dos aguas, la tradicional del papel femenino y la de un nuevo rol que empieza a abrirse paso en nuestro país. Logrados están asimismo personajes en un cierto segundo plano, como Manolo, el otro hijo, un cleptómano que recalará en un correccional y que representa, como bien señala su hermano, “una de las clásicas fantasías infantiles: la fantasía de cambiar de familia y poder escoger a los propios padres. O al menos al propio padre, para el que Manolo había encontrado sustituto”. O como las dos pequeñas, Cristina y Paloma, en realidad hermanastras, pero que se montan otra fantasía, la de ser gemelas, hasta que el crecimiento aleja a una de la otra.

Naturalmente, la parte del león se la lleva el protagonista y narrador, desde cuyo punto de vista vemos a sí mismo, a los demás personajes y todo lo acontecido. Ángel Ortega hijo aprende desde niño que “el mundo de los adultos no era necesariamente armonioso ni coherente”. Intuición que se completa cuando comprueba que “la vida nos enseña que no siempre lo más razonable y conveniente acaba imponiéndose”. Pero esa constatación no hace que abdique de un gran sentido de la responsabilidad y del deber. Tanto que su padre le dice algo que es revelador para conocer, desde otra perspectiva, a Ángel: “¿Nunca te ha apetecido ser alguien completamente distinto? No necesariamente alguien mejor. Por ejemplo, alguien más gamberro o más superficial o más tonto… ¿Nunca te cansas de ser quien eres? Quiero decir que tiene que ser muy cansado estar siempre preocupado por todo, siempre pendiente de los errores de los demás… ¿No se te ha ocurrido pensar que, si dejaras de preocuparte, el mundo no sería mucho peor de lo que es?”

¿Es feliz o desdichada la familia Ortega? Es feliz. Es desdichada. Y Martínez de Pisón, en una narración que reivindica lo mejor de la mejor tradición del realismo, sabe trasmitirnos la insoslayable ambivalencia, la complejidad de las relaciones familiares. Al fin y al cabo, bien dice Ángel Ortega hijo: “Qué rara me parecía el alma humana, que tan fácilmente confundía la fuente del dolor y de la felicidad”.

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