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NOVELA

Javier Cercas: El monarca de las sombras

domingo 23 de abril de 2017, 19:31h
Javier Cercas: El monarca de las sombras

Literatura Random House. Barcelona, 2017. 304 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. Audiolibro: 15,99 €. El autor de la exitosa "Soldados de Salamina" continúa entrelazando realidad y ficción, y nos ofrece una excelente novela donde la indagación en la figura de su tío abuelo Manuel Mena, muerto en nuestra Guerra Civil, es, a la vez, un fecundo autodescubrimiento. Por Carmen R. Santos

En el “Canto XI” de la Odisea, en el encuentro entre Ulises y Aquiles en el Hades, leemos que el primero le dice al segundo: “Aquiles, hijo de Peleo, el más ilustre de los griegos […]. Noble Aquiles, ningún hombre fue más dichoso ni lo será jamás. Durante tu vida, los argivos te honraron como a uno de los in­mortales, y ahora en estos lugares tú reinas sobre las sombras; no, aunque muerto, no te aflijas, Aquiles”. Y Aquiles le responde: “No trates de consolarme por mi muerte, ilustre Ulises; preferiría, como simple labrador, servir a un hombre oscuro, que no poseyera más que escasos bienes, que reinar sobre todas esas sombras”.

De este pasaje del inmortal poema épico de Homero toma su título la última novela de Javier Cercas (Ibahernando, 1962), El monarca de las sombras, quizá su obra en la que más implicado está personalmente y donde el cruce entre realidad y ficción, algo característico de Cercas -como se aprecia sobre todo en Soldados de Salamina (2001), Anatomía de un instante (2009) y El impostor (2014)- se encuentra en toda su plenitud y sentido. Simbólicamente, el escritor extremeño afincado en Barcelona realiza un descenso al Hades a la búsqueda de alguien que, como el valiente héroe de la guerra de Troya, parecía destinado a morir joven. Manuel Mena, protagonista de El monarca de las sombras, cae en la batalla del Ebro, la más larga y sangrienta de la Guerra Civil española, a los diecinueve años, el 21 de septiembre de 1938, en el pueblo catalán de Bot. Pero Manuel Mena no es solo uno de los muchos españoles que murieron en la contienda fratricida, sino una figura que toca profundamente a Cercas: fue tío abuelo suyo, y su madre, Blanca Mena, le contó su historia, y su “leyenda”, en innumerables ocasiones porque Mena era “el héroe oficial” de su familia. Tanto le insistía su madre que, incluso antes de ser escritor, apunta, “pensaba que alguna vez tendría que escribir un libro sobre él”.

La tarea, sin embargo, no resulta fácil. Mena fue “un franquista entusiasta, o por lo menos, un entusiasta falangista, o por lo menos lo fue al principio de la guerra: en esa época se alistó en la 3ª Bandera de Falange de Cáceres, y al año siguiente, recién obtenido el grado de alférez provisional, lo destinaron al Primer Tabor de Tiradores de Ifni, una unidad de choque perteneciente al cuerpo de Regulares”. Su adscripción ideológica, no obstante, le hace dudar de ponerse manos a la obra, pues piensa que su tío abuelo representa la “cifra exacta” de la “herencia más onerosa” de su familia y que abordar su historia “no sólo equivalía a hacerme cargo de su pasado político sino también del pasado político de toda mi familia, que era el pasado que más me abochornaba”.

Y no únicamente esto: desmenuzar la trayectoria de Mena suponía internarse de nuevo en el territorio de la Guerra Civil, como ya hiciera en Soldados de Salamina -donde trata del frustrado fusilamiento de Rafael Sánchez Mazas-, y de manera colateral en El impostor. Algo que no le recomienda su amigo, el cineasta y escritor David Trueba, quien en su día llevó al cine Soldados de Salamina. Por cierto que El monarca de las sombras encierra también a este como personaje en el momento en que se produce la ruptura con su pareja y que Cercas conoce de primera mano.

Sin embargo, tras la confesada vacilación -como también sucediera en El impostor-, se decide a indagar en la historia de Manuel Mena, cuyo retrato se lleva a su despacho y analiza pormenorizadamente en la novela, donde se reproduce: “A veces pienso que esos ojos son un espejo y que la nada que veo en ellos soy yo. A veces pienso que esa nada es la guerra”. Sobre todo porque se da cuenta de que esa investigación, por muy dolorosa que sea, le resulta necesaria, imprescindible, pues le va descubriendo también a sí mismo y a sus raíces. De esta forma, se superponen dos líneas en la novela -quizá mejor tres-, en un edificio que Cercas desarrolla con solvencia y sin ningún tipo de embarullamiento. Por un lado, la corta biografía de Manuel Mena, producto de sus pesquisas -y el discurrir de la II República y de la guerra en Ibahernando-, y, por otro, el autodescubrimiento del otro personaje fundamental que aparece en la novela, el escritor Javier Cercas. Y, en tercer lugar, un ejercicio metaliterario en el que somos testigos de la propia construcción de la novela, y del análisis de otras obras del propio Cercas y de algunas ajenas. Así, El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati o el cuento de Danilo Kis “Es glorioso morir por la patria”, junto a las referencias a la Ilíada y la Odisea.

Le acucia comprender a Manuel Mena, la razón de su militancia en el bando triunfador, pero, para Cercas, equivocado de la Historia. Aunque no hay buenos y malos, en abstracto y de manera plana, en consonancia con la ideología que profesen, aunque sí condena de la guerra, de cualquier guerra. Mena es “un hombre de carne y hueso, un simple muchacho pundonoroso y desengañado de sus ideales y un soldado perdido en guerra ajena”.

En El monarca de las sombras tenemos un espléndido ejemplo de la cosmovisión y de la forma en que Cercas concibe la literatura. Y nadie mejor que él para consignar esa manera, como hace en el ensayo El punto ciego (Literatura Random House, 2016), al explicar el mecanismo esencial de las que denomina “novelas del punto ciego”: “Al principio de todas ellas, o en su corazón, hay siempre una pregunta, y toda la novela consiste en una búsqueda de respuesta a esa pregunta central; al terminar esa búsqueda, sin embargo, la respuesta es que no hay respuesta, es decir, la respuesta es la propia búsqueda de una respuesta, la propia pregunta, el propio libro. En otras palabras. Al final no hay una respuesta clara, unçivoca, taxativa; sólo una respuesta ambigua, equívoca, contradictoria, esencialmente irónica, que no siquiera parece una respuesta y que sólo el lector puede dar”.

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