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POCO A POCO

¿Qué hacer con Corea del Norte?

lunes 01 de mayo de 2017, 19:32h

Corea del Norte no es Iraq. No es Afganistán, Vietnam, Libia, Siria o Nicaragua. Por encima del paralelo 38 se dibuja una ratonera que muy pocos conocen y todo lo que sí se sabe de ella se tiene que coger con pinzas.

El hecho de que ni Estados Unidos, ni China ni nadie hayan metido mano en la dictadura juché en más de medio siglo da buena cuenta del rompecabezas infinito que implica entrar por la vía militar en la Península. No obstante, la inmensa mayoría de las defensas del régimen norcoreano se encuentran bajo tierra.

A diferencia de otras guerras en las que Washington se ha embarcado, una campaña enfocada a debilitar o derrocar a Kim Jong-Un traería consecuencias muy gruesas. Y no hablamos solo de decenas de miles de norcoreanos muertos, sino que ya entramos en implicaciones nucleares.

Pyonyang es un actor con capacidad atómica. Sus misiles balísticos, aún en una fase muy adolescente, han demostrado llegar como mínimo hasta los vecinos Japón y Corea del Sur. No así Estados Unidos o Europa. Además, es un país hecho para y por la guerra. De hecho, se encuentran en estado de máxima alerta bélica desde los años 60. Sus 25 millones de habitantes están listos para defender con el mayor de los fanatismos la gran mentira que se les ha inculcado desde pequeños: que viven en el paraíso terrenal al que todo el mundo quiere acceder, cuando de hecho es justo lo contrario.

Además, han hecho de su debilidad virtud y el país es un inmenso queso gruyere con miles de kilómetros de túneles en los que esconderse y combatir a un hipotético enemigo invasor. En la era de los satélites y el gran hermano de las últimas tecnologías, Pyonyang ha llevado el campo de batalla a las sombras, a lo rudimentario.

Bombardear Corea del Norte, como ha sido estrategia habitual en las últimas campañas de la Casa Blanca, desde Afganistán a Iraq, Siria o Libia, solo arañaría la superficie. Una invasión terrestre conllevaría un coste en vidas humanas, en dinero y en tiempo difícil de asumir para las debilitadas economías occidentales y para una opinión pública acostumbrada a las operaciones rápidas y quirúrgicas.

Por tanto, ¿qué hacer? La estrategia de ahogar al régimen con embargos económicos solo ha logrado consumir a una población hambrienta y empobrecida al borde de la locura.

El juego de intereses geopolíticos alrededor de la dictadura tampoco es cosa menor. Estados Unidos no quiere otra guerra que no sabe si puede ganar, pero tampoco puede permitirse a un matón con botón nuclear al otro lado de la calle. Rusia ve con buenos ojos que Washington se distraiga con un régimen al que desprecian y al que solo usan en beneficio propio. China tiene en Pyonyang un laboratorio para experimentar con su influencia y no está muy por la labor de ceder un país de su esfera, aunque tampoco ve con buenos ojos los desmanes Kim Jong-Un.

Y aunque oficialmente Seúl y Tokio muestran su honda preocupación por la amenaza que les supone Corea del Norte, lo cierto es que les viene muy bien para justificar la implantación de un escudo antimisiles que les proteja de Pekín y una presencia estadounidense cada vez más notable en la región.

Quizás una de cal y otra de arena sea la opción más efectiva, teniendo en cuenta que ni la cal ni la arena servirán más que para poner un parche a un problema de difícil solución hoy en día. Otro gallo cantaría si como en el caso de Afganistán, con la Alianza del Norte, o Siria, con los rebeldes chíes, Norcorea contara con una oposición activa y con capacidad operativa de la que valerse y con la que actuar desde dentro.

Mientras tanto, Kim Jong-Un sigue jugando a ser Dios. No se contenta con el paranoide Gran Hermano que ha heredado de su padre y de su abuelo, sino que ahora quiere someter a la comunidad internacional con sus caprichos nucleares. Un peligro asegurado que a nosotros, españoles, no nos queda tan lejos, pues cabe recordar que la distancia entre Pyonyang y Madrid no es tan grande si un misil de su arsenal cruza el Ártico. Avisados estamos.
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