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TRIBUNA

El aniversario zombi de la CEE

martes 02 de mayo de 2017, 19:22h
Como es popularmente conocido, los zombis son muertos vivientes, difuntos que han vuelto a la vida por arte de magia y aunque no han perdido la fuerza física, da pena verlos como van: en andrajos, sin asear, con la mirada perdida y casi no saben ni andar. Solo hacen lo que les manda el hechicero que les ha traído de vuelta a este mundo. Además, según dicen en Haití, hay que tener cuidado con ellos, pues si te muerde uno te conviertes también tú en zombi. En Europa, que se sepa, no ha habido ningún caso de contagio por mordedura, todos han sido por imitación.

Lo mismo que hay personas físicas, legalmente hablando, o sea seres humanos que son unos zombis, hay también personas jurídicas públicas, es decir organizaciones internacionales (OIs) zombis. El problema es que a simple vista no se detecta si una OI está viva o muerta y ha pasado por un proceso de zombificación, de manera que no sabes, a ciencia cierta, si actúa por voluntad propia o es que hay algún brujo que la dirige. En cambio, a un zombi humano lo reconoces enseguida, no hay pérdida.

El diagnóstico en una OI es más difícil, pues la muerte le puede llegar por vías no físicas, digamos, y realizarse a través de ficciones jurídicas, como la absorción, la fusión o la sucesión. La diferencia entre certificar la defunción o no de una OI es un asunto de primordial importancia actualmente en la Unión Europea (UE), pues del diagnóstico dependerá el tratamiento. Si la OI está viva tienes que llamar a un médico, pero si está muerta hay que llamar a un brujo.

En el primer caso, se puede hacer lo que cuenta Gulliver (que viene de gullible y significa crédulo) en uno de sus viajes a esos sitios tan raros que iba él. Concretamente nos cuenta que en la Academia de Lagado de la metrópolis de Balnibarbi había un sabio que (dada la comúnmente aceptada semejanza que tiene el cuerpo político con el cuerpo humano) proponía que se curasen igual las enfermedades de ambos. De esa forma, una vez dictaminada la dolencia de la OI, ya fueran humores, enfermedades, convulsiones, contracciones, hipocondriìas, flatos, veìrtigos, delirios, tumores, eructos, hambre o indigestiones, habría que administrar a sus dirigentes los lenitivos, aperitivos, abstergentes, corrosivos, restringentes, paliativos, laxantes, cefalaìlgicos, icteìricos, apoflemaìticos y acuìsticos necesarios.

Si, en cambio, la OI está muerta habría que recurrir al Vudú, que es la religión que practican los negros en Haití, y hacer lo que diga el hechicero; cuyo tratamiento suele consistir en una medicina llamada coup de poudre a base de plantas, raíces, restos humanos y de animales, que cuando te la tomas produce catalepsia y parece que estás muerto. Total, que te entierran y luego viene el brujo al cabo de unos días, cuando ya se te va a pasar el efecto, te desentierra, te alimenta con alucinógenos y a partir de entonces ya solo haces su voluntad.

La CEE (Roma 1957- Maastricht 1992) no ha podido cumplir 60 años el mes de marzo pasado porque falleció cuando tenía 35 años. Y el texto que demuestra la defunción es el artiìculo G del Tratado de Maastricht que dice que “El Tratado constitutivo de la Comunidad Econoìmica Europea se modificaraì de conformidad con las disposiciones del presente artiìculo, a fin de constituir una Comunidad Europea.” Luego, esto también fue modificado y el actual artículo 1º del Tratado de la Unión Europea, redactado en Lisboa, dice que “La Unión sustituirá y sucederá a la Comunidad Europea.” O sea, que está muerta por partida doble.

La CEE está ya tan descolorida que sus más allegados son incapaces de reconocerla, pero está muerta, más muerta que el clavo de una puerta, como dice Dickens que estaba el viejo Marley cuando se le apareció a Scrooge. A pesar de eso, ahora los que dirigen la UE han celebrado en Roma su aniversario como si tal cosa, pero los muertos no cumplen años.

La CEE fue producto de una guerra en Europa y la solución que se dio en aquel momento hay que valorarla en sí misma, fue novedosa, pero excepcional y transitoria. En la propia Declaración Schuman así se expresaba. No se puede pretender que las cosas den tanto de si, ni que se vayan a transformar sustancialmente como por arte de magia.

A nadie se le ocurriría decir que en una sociedad debemos regirnos como si estuviéramos siempre en un estado cataléptico. Europa sufrió un cambio y de ser el escenario de una guerra, pasó a ser un espacio de mercado y ahora pretende ser un foro político que no termina de fructificar y que además se empieza a romper. La pregunta hoy es si, como a Scrooge, tendría que aparecérsenos el fantasma de su socio para que hubiera una solución. Aunque lo peor puede que sea que lo tengamos delante y no lo queramos ver.
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