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TRIBUNA

Una vuelta a Tomás Moro

miércoles 03 de mayo de 2017, 20:09h

Los acuciantes problemas que actualmente amenazan al sistema político español pueden encontrar ciertas propuestas de solución, nada desdeñables, en los clásicos del pensamiento filosófico-jurídico. Tengamos en cuenta que los problemas que nos acechan no son nuevos y, de hecho, fueron atacados con no poca astucia por ilustres hombres de nuestro pasado histórico sobre los que merece la pena volver la mirada en pleno siglo XXI.

Uno de esos pensadores clásicos que, en mi opinión, apuntan meditadas soluciones a los dilemas actuales creo que es Tomás Moro, notable teólogo, político, jurista, traductor, poeta y humanista inglés, quien ya precisó que “el hombre sin amor a los libros, a las voces de los hombres muertos, nunca podrá escuchar las voces de los hombres vivos”. Ello parece indicar que sin atender a nuestro pasado nos resultará complicado dialogar, comprender, transmitir, abrir nuevos caminos al propio espíritu y al de los demás. Sucintamente Moro observaba: “Sin la visión de los otros, el hombre no será nada”.

En estos tiempos revueltos por los males que arrastra en especial la corrupción política en España no es una cuestión baladí volver la vista a esas dos robustas patas sobre los que sustenta su pensamiento jurídico el que fuera Lord Canciller de Enrique VIII. Me refiero a Henri de Bracton y a John Fortescue. El primero destacaría en su obra De legibus et consuetudinibus Angliae (De las leyes y costumbres de Inglaterra) el principio de que “todo hombre es inocente mientras no se pruebe lo contrario con evidencia legal” junto al de que “todo hombre merece un juicio imparcial”. El segundo, Fortescue, nos invita también a la reflexión a través de sus obras De laudibus legum Angliae y De natura legis naturae. Concretamente, en este último libro se nos revela no sólo la diferencia entre dominium reales et politicum, entre monarquía absoluta y respublica, sino que también se insiste en que el poder ha de estar limitado por las leyes para que éste no se convierta en tiránico y absolutista. En el fondo estas viejas tesis jurídico-políticas rezuman actualidad con las noticias que recorren los periódicos, por cierto, no solo del ámbito nacional español.

A la pregunta de dónde está la raíz de la tiranía cabría responder, como ya hiciera Moro en Epigramas, que ésta reside en la avaricia. Pero, como añade Poch, la avidez de riquezas y la de dominio o poder se excitan y se alimentan mutuamente; la avaricia produce la ambición de extender el poder, y la extensión del poder despierta nueva avaricia: he ahí el círculo infernal que hay que cortar y erradicar. Y así como en la avaricia y en la desatada ambición de dominio se identifica al tirano, en la recta administración, que es limitado ejercicio de poder, se expresa la fuerza ideal del buen monarca o buen gobierno. Metafóricamente, para Tomás Moro, y esto es lo que podemos extraer de su pensamiento para los tiempos actuales, el que gobierna debería comportarse con el pueblo como lo hace el padre con sus hijos puesto que unos y otros forman un cuerpo orgánico unido.

Este gran humanista inglés conocía muy bien las diferencias entre el buen gobierno y el gobierno tiránico o despótico. La primera es que el buen gobierno atiende a las necesidades del pueblo como si de hijos se tratara y “ahuyenta a los lobos”, que no son más que los que intentan ejercer o ejercen como tiranos. Ante todo, se trataría de luchar desde el lugar que cada uno ocupa dentro de la sociedad para que la libertad individual no quede subyugada. En definitiva, el buen gobierno lo vendría a constituir aquel que aumenta el grado de libertad del pueblo a través del ejercicio de poder, a sabiendas de que los gobernados debieran ser tratados más como hijos que como meros siervos.

También de la obra Ricardo III se pueden extraer interesantes consejos para el político actual puesto que, de alguna manera, en ella Moro se sitúa en las antípodas de Maquiavelo a través de su personaje principal; lo que, por cierto, sirvió a Shakespeare para construir su propio texto dramatúrgico. Recordemos que en la obra Ricardo, Duque de Gloucester, asesina al hermano mayor, Jorge, Duque de Clarence, y, más infamemente todavía, a los hijos menores de Eduardo IV. En el fondo, lo que late tras esta obra, solo aparentemente simple, es una crítica fuerte al tirano que representa Ricardo III, partiendo para ello de la tesis principal de que la tiranía destruye cualquier forma de vida civil, aunque nos pretenda hacer creer que es tutora del bienestar social y de que puede armonizar al conjunto de la sociedad. De nuevo, vemos aquí cómo Moro insiste en la importancia de que el gobierno se ha de mover por unas reglas morales y éticas, en aras de servir de modelo para la sociedad sobre la que ejerce un poder que ha de estar sometido a la ley.

No es tampoco casual que entre 1506 y 1507, Moro, junto con Erasmo, tradujera al latín Los diálogos de Luciano puesto que ambos resaltan y admiran la argumentación antitiránica del pensador. Concretamente, Moro se ocupó de traducir El Cínico, centrado en el desprecio de las riquezas y la oposición radical a cualquier forma de codicia; El Menippo, y la Necromancia, sátira sobre el concepto de poder; y El Tiranicida, el cual se ocupaba del importante tema de la legitimidad del tiranicidio. Como el propio Moro reconocería, Luciano era el mentor que le ayudaba a combatir y soportar la necedad humana, su propia necedad y la de los otros, quizás por lo irónico de sus planteamientos.

Pues bien, creo que sería una buena práctica entre nuestros políticos actuales que releyeran a nuestros clásicos del pensamiento jurídico-político para aprender de ellos lo que implica gobernar en el estado de derecho, lo que conlleva el ejercicio de poder legítimo más allá de que esté legitimado socialmente, lo que representa la política como proyecto pedagógico atenido a unas reglas morales irrevocables, gobierne quien gobierne, lo que, por cierto, nos debería animar a releer las páginas de otro de los grandes humanistas de la época de Moro: Luis Vives.

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