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TRIBUNA

Yuri Gagarin, el último héroe de la Unión Soviética

martes 16 de mayo de 2017, 20:23h

Siberia, 1961. La pequeña Rumia Komsomolskaya caminaba junto a su abuela por el sembrado de patatas perteneciente al koljos de Tajtarova. Súbitamente, apareció ante ellas un ser que las dejó aterradas. Enfundado en un voluminoso mono color naranja y una escafandra sobre la cabeza, avanzaba en dirección a donde ellas estaban. Viendo el estupor de aquella campesina y de su nieta, aquel ser les dijo en un perfecto ruso: “no temáis, soy de los vuestros, soy soviético”. Acto seguido, añadiría una frase jamás pronunciada hasta entonces por ningún otro ser humano: “vengo del espacio exterior”. Era Yuri Gagarin, el primer hombre en contemplar la Tierra desde donde nadie hasta entonces lo había hecho.

Su hazaña permitía que los soviéticos se anotasen un tanto en la carrera espacial que libraban contra los norteamericanos. Una carrera que venía de antiguo, más de lo que muchos creen. Ya en 1865, Julio Verne publicó su “De la Tierra a la Luna”, donde se narran las peripecias de un grupo de fabricantes de armas que, al terminar la Guerra de Secesión estadounidense, se aburrían. Al no tener mejor cosa que hacer, se les ocurre la peregrina idea de construir un cañón gigantesco que lanzaría un proyectil tripulado con destino a la Luna. Algunas décadas después, ya iniciado el siglo XX, un grupo de ingenieros alemanes crearía la “Sociedad para Vuelos Espaciales”, siendo uno de sus miembros más destacados Werner von Braun. Él sería el creador de los primeros y letales cohetes V-2 -del alemán: Vergeltungswaffe 2, “arma de venganza”-, creada en respuesta a los bombardeos aliados sobre Alemania a finales de la Segunda Guerra Mundial. Era un hecho que se miraba al espacio no sólo con interés científico sino militar y, en plena Guerra Fría, también propagandístico.

De hecho, fueron las hazañas bélicas de su profesor de matemáticas, que combatió a los alemanes pilotando un MiG- 1 las que hicieron que el joven Gagarin hiciese todo lo posible por entrar en la Escuela Militar de Pilotos de Oremburgo, donde adquirió una considerable maestría. Sus habilidades le llevarían a ser uno de los 20 elegidos para la gloria de comandar la primera misión tripulada al espacio exterior, en el cohete Vostok 1. Y sí, la misión fue un éxito, aunque los soviéticos no las tenían todas consigo; tanto que durante el transcurso de la misión ascendieron a Gagarin de teniente a mayor, para que a la viuda le quedase una pensión más generosa.

Sin embargo, lo que fue un éxito para el régimen soviético supuso también el principio del fin de Yuri Gagarin. Abanderado del comunismo ruso, fue paseado por medio mundo como gran icono propagandístico, algo que, pese a su gran simpatía, nunca acabó de digerir. Y menos aún el hecho de que le prohibiesen volar. Se refugió en el vodka, y ya nunca lo dejó. Al menos, pudo volver a pilotar, lo que le devolvía la ilusión. Pero fue precisamente a los mandos de un MiG- 15 donde tuvo lugar su último vuelo; el avión se estrelló a las afueras de Moscú en 1965, sin que las causas del accidente quedaran del todo aclaradas. En cualquier caso, Yuri Gagarin, fue un hombre excepcional, cuya gesta quedará para los libros de historia. Al igual que su célebre frase ¡Poyejali! -“¡Vámonos!”- pronunciada al despegar el Vostok-1 y repetida desde entonces por todos los cosmonautas rusos al principio de sus misiones.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    5299 | Jesús - 16/05/2017 @ 23:02:19 (GMT+1)
    Genial descripción.

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