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DESDE ULTRAMAR

A vueltas con Franco. Excesos del exceso

jueves 18 de mayo de 2017, 19:54h

En ultramar leí no sin asombro una nota en El Imparcial, nuestro diario digital que es leído en los cinco continentes, sobre lo que pretenden hacer en citramar: con la aprobación de un resolutivo no obligatorio se insta a exhumar a Francisco Franco del Valle de los Caídos. Claro, es el colofón de un profundo debate en torno a la Ley de Memoria Histórica aprobada en España, años atrás.

Exhumar a Franco del Valle de los Caídos…fenomenal. Fenomenal si de verdad significara un avance. Si se apegara al espíritu de la ley en su artículo 16. Mezquino si solo significara el triunfo de un bando, a posteriori de una guerra perdida. Innecesario, en todos los casos. Porque evoca e invoca a los esperpentos del pasado que no merecen regresar. Y sí, para mí el dictador Franco es un megalómano de cepa. Patético. Frutos similares hay en ambas orillas del Charco. Pero sacarlo de allí no considero que cumpla con la ley. Ya prohíbe exaltaciones in situ. Punto.

Y sí, hay una Ley de Memoria Histórica y una Guerra Civil de por medio, que ganaron los franquistas, quienes impusieron sus reglas y negociaron el silencio al pasado en la muy elogiada transición española –siendo tal pacto uno de sus pies cojeantes– y un pacto que se resquebrajó no sé si solo por justicia histórica o por intereses políticos de unos o por la simple evolución de la propia sociedad española. Y sí, ordena remover los símbolos franquistas, aunque no los enuncia –chitón infausto– y tal imprecisión ahonda los errores y excesos al no distinguir que muchas de tales divisas, insignias y emblemas nacieron siglos atrás y Franco solo los acogió a su movimiento. De banderas a águilas, yugos y flechas. No se diga el himno nacional. Ignorancia, recelos, protagonismo, apresuramiento y poquitas ganas de diferenciar o distinguir lo que era necesario eliminar de aquello que no, han enredado las cosas revolviendo churras con merinas, al grado que se quitan placas y estatuas que no dejan de ser parte de la historia de España, so pretexto de hacer justicia. Menos se hace invocando un olvido sobre otro. Una cosa es sustituir a Franco del anverso de las monedas –algo muy sano– y hasta quitar su nombre de calles o plazas en una limpieza de su nombre allí donde no tenía porqué permanecer, cosa adecuada, pero otra es suprimir las losas y placas que recuerdan que inauguró o reinauguró un sitio. Habría que diferenciar. Y no se ha hecho. Y otra, además, es exhumarlo, cuando la ley referida nada alude al respecto.

Y desde luego que no todo es solo la opinión de republicanos y franquistas y sus descendientes. Siempre quedará la tercera España, que ni con tirios ni con troyanos y sin duda alguna, que la mía va no ligada a ningún bando citado, dictada en la lejanía. Porque como mexicano que ha visto secuestrar los colores patrios en el logo del PRI y vio que el priato puso nombres de dudoso mérito de sus correligionarios a calles y avenidas, barrios y presas porque sí, de parte de sus beneficiarios, es usanza familiar para mí, similar a lo que se repudia en España. No me es ajena. Tal es el caso de nombres como Luis Donaldo Colosio o Gustavo Díaz Ordaz. Así, comprendo perfectamente la megalomanía de Franco y su grupo para ponerse a España por montera y que se le borrara de todo lo borrable. Porque a estas alturas ¿alguien duda de la megalomanía de Franco? Ya luego exhumarlo del Valle de los Caídos es un exceso y lo único que se conseguiría sería exaltarlo para bien y victimizarlo. Injusto como cierto. E innecesario, si se lo piensan con un poquito de cuidado.

Acaso aclararía las ideas recordar la función del mausoleo al erigirlo, porque sus pretensiones de exaltar al Caudillo contrastan con la sobriedad de su lápida y ese escueto “Francisco Franco” inscrito en ella –contrastante para un sujeto que tuvo a España en un puño hasta no hace tanto, relativamente, y que como un opositor escribió, la manejó como a un cortijo, que resulta evidenciador– así como con la supuesta versión de que lo construyeron personas de ambos bandos para sepultar a caídos de ambos bandos. ¿No Implicaba per se una reconciliación o solo ser un sepulcro de honor? ¿o fue una mentira sostener esa versión de coadyuvancia? o es que ¿solo hay franquistas allí sepultados? Bien, pues que se queden allí. Yo no alcanzo a comprender para qué sacar a Franco de un sepulcro que ya existe. Gana poco en esta vida y es insondable lo que ganará en la otra. Sus malquerientes que lo expliquen.

Se comprende perfectamente el exceso del entorno que rodea la última morada del dictador, no así porqué en las guías turísticas para visitar España se incluye el Valle de los Caídos como un punto a conocer y es posible que cada vez menos– como quien incluye Toledo o El Escorial por su cercanía a Madrid. Yo acudí por curiosidad (1992), de ninguna manera por homenajearlo y no me erigiría algo semejante, tan descomunal. Pero yo. No sé los demás. Y recuerdo que unas turistas brasileñas in situ me contaron que a muchos españoles ni les venía bien el paraje y les repugnaba la idea de su sola existencia sin comprender porqué usarlo como atractivo turístico. Ahora, sacar a Franco sería tan grotesco como su guardia mora y hacerlo ya muerto solo evidenciaría que en vida nadie se atrevió a confrontarlo. Muerto siempre será más fácil, dándole a ganar esta batalla. Considero que es más digno dejarlo donde está. Y acaso no concederle más atención de la merecida.

La ley a cuyo amparo se pretexta intentar el desenterramiento de Franco tiene sus bemoles. Identifico dos ejemplos. Por su mandato nietos de republicanos en México se acogieron a la nacionalidad española jurando por el rey Juan Carlos I. Qué bien. Nada más que sus abuelos echaron a Alfonso XIII y prefirieron no vivir en la España franquista siguiendo sus ideales políticos y ellos, los nietísimos, a jurar por el rey. ¿Congruentes? Ya….Otro caso: verano de 2008. Visito nuevamente el espléndido Museo Arqueológico de Sevilla donde en su entrada principal hay un muro muy visible que me pareció extraño viéndolo tan sobrio. Sospeché. Pregunté por una losa enorme allí colocada y me negaron su existencia. Le dije a la dependienta que era una referente a Franco, en latín. Socarrona me respondió que no, que nunca había estado allí esa placa y que aquel tenía 30 años de muerto. Le repliqué que en efecto, eso lo sabía yo de sobra, pero que tal placa existió (visité el sitio en 2005). A mi regreso a México saqué mi álbum del viaje anterior y ¡por supuesto, yo hice esa foto! La placa fue retirada por la nueva ley de memoria histórica y negada por la funcionaria del museo. Penoso que la memoria histórica pretenda ser una desmemoria. Pero es efectiva. A este paso a lo mejor un día nos dicen que Franco jamás estuvo en el Valle de los Caídos. Lo veo venir y creo que es el mejor sitio para que allí permanezca. ¿Merece el suelo de España acogerlo en otro lugar?

Les recuerdo la mofa que circuló cuando murió. Que la pesada lápida se colocó para que no escapara y así se quedara otros 40 años más en el poder. Pues eso: sígase la sabiduría de los españoles de 1975 y dejarse de cosas. Que la pesada losa haga su parte: sepultar lo que amerita quedarse así para siempre. Remover es resucitar. ¿Hace falta? Se los dejo de pregunta a los amigos españoles. Y me recuerdo la pinta que leí saliendo de la catedral de Granada (1992) que rezaba: “Franco España NO te necesita para abonar su suelo”. Entiendo que es la idea de una semilla que el NO sobrepuesto a la frase original reclama que no siga más. Pues eso. Dejadlo donde yace y avanzad.

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