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TRIBUNA

Conversación y enfermedad

lunes 29 de mayo de 2017, 20:02h

La conversación es el espejo del cuerpo. Se puede saber cuánto le queda de vida a una persona, incluso a una sociedad entera, solo con observarla hablar y escuchar. A nadie le gusta tener un don así. No seré yo el que lo use al despedirme de una extraña, en un bar de copas, después de cinco minutos de palique: “Hasta otra. Por cierto, te estás muriendo”. Ni quien llame a Sanidad desde una cabina para que pongan en cuarentena todos los focos de tertulias políticas.

En general, la población presta más atención al hígado que al lenguaje, que es el órgano más importante del cuerpo y, según Burroughs, un virus extraterrestre que se acopló a la evolución hace cientos de miles de años y sobrevivirá a la especie humana después de destruirla. Los diálogos de Bertín prevalecerán sobre el Timeo en una pandemia de afasia. El cuerpo va pasando por los distintos estados del habla, desde los primeros nombres sueltos de la infancia, hasta los dieciocho “juegos de lenguaje” de la lista de Wittgenstein, que empieza en “dar órdenes” y acaba en “rezar”, pasando por “cantar a coro” y “hacer un chiste”. A veces, sin que Chomsky sepa muy bien por qué, el cuerpo empieza a “dar órdenes” y “rezar” a la vez, o peor aún, le da por “hacer chistes a coro”. La variedad de mutaciones es prácticamente infinita. Entre el anuncio del avisador de radares para el coche y el magistral manejo de los tiempos de Rajoy se despliega el continuum de la conversación española. El cuerpo empieza a hacer cosas raras bajo el techo del discurso, que es como el techo de gasto, pero encofrado por bacterias. La episteme te provoca ataques de lumbalgia. La fruición con que solías nombrar las cosas, como un Agustín de Hipona aprendiendo a hablar, deja paso a la osteoporosis y la pérdida de dientes.

El otro día quedé con un amigo con quien, en otros tiempos, discutía durante horas si el mejor poema largo del siglo XX es Muerte sin fin de Gorostiza, La tierra baldía de Eliot, o Basura de A.R. Ammons. Nos pusimos hasta el culo de parrillada y sobres de Almax. Enseñamos los memes más guarros en la pantalla del teléfono móvil, como quien presume de las fotos de una úlcera. Aquello ni siquiera era el sí a todo de Molly Bloom, la unidad de “ajo y zafiros en el barro”, o los dieciocho wiskis de Dylan Thomas –solo le arrancamos tres chupitos al camarero. Se empieza por un ataque de ácido úrico y se termina hablando como los periodistas en las escuchas de la trama Lezo.

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