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EPPUR SI MOUVE

En lo más íntimo del duelista

martes 30 de mayo de 2017, 20:09h

Aquí las cuestiones de honor han sido siempre algo serio. Hasta hace no mucho, la gente se batía a sable, espada o pistola por cualquier fruslería. En París, sin ir más lejos, la actual Plaza de los Vosgos acogió en sus soportales multitud de lances de esgrima, generalmente entre mosqueteros. Pese a que el cardenal Richelieu los prohibió -so pena de muerte-, los franceses gustaban de darse estocadas en dichos soportales, encima de los cuales vivía el propio cardenal. Algo parecido sucedía en los aledaños de la Plaza Mayor de Madrid, cuyas iglesias en ocasiones tenían auténticos problemas de espacio para acoger a tanto duelista que, una vez dada buena cuenta de adversarios infortunados, se “acogían a sagrado” en el templo que más a mano les cogía.

Podrá pensarse que los duelos forman parte de un pasado algo lejano, y no es así. Allá por 1902, el propio PSOE llegó a prohibir a sus militantes que resolvieran sus diferencias de semejante manera -visto lo visto, hay costumbres que perduran- , y ya bien entrado el siglo XX hubo quien seguía exigiendo “una satisfacción personal” para restañar el honor herido. Le pasó a Agustín de Foxá, que fue relevado de sus funciones diplomáticas en Italia por un incidente con el propio cuñado de Mussolini. Se rumoreaba entonces que al pobre conde Ciano su esposa le ponía una cornamenta de medalla. Cierto o no, el caso es que durante una recepción el conde reprendió a Foxá por hallarse éste un tanto “alegre”. “Foxá, le va a matar a usted la bebida”. “Y a usted Marcial Lalanda”, respondió el español, en alusión a lo que hacían los toreros en España con los animales con cuernos. Cuando le tradujeron el chascarrillo a Ciano, montó en cólera y quiso batirse allí mismo con Foxá. No pasó el tema a mayores, aunque al diplomático y escritor le costó el cargo y una severa reprimenda de Serrano Suñer.

Aunque para lance fallido, el que tuvo lugar en Bilbao con motivo de un fiasco teatral, en los años 20. Resulta que el estreno de la obra en cuestión no fue del agrado del público, algo que no se tomó nada bien su autor. Decidido a buscar algún culpable, lo encontró en el responsable de la partitura, imprecándole de un modo tan grosero que no quedó más remedio que concertar hora y lugar. Pero una vez enviados los padrinos, el furibundo autor reparó en un detalle gravísimo; no podía citarse en el campo del honor sin la indumentaria adecuada. Tanto exterior como interior. Y era en ésta última faceta -los artistas suelen andar escasos de efectivo- donde surgía el problema: no había en su armario un solo par de calzoncillos o camiseta que no tuviera algún remiendo. Imperdonable a todas luces.

La solución fue escribir a sus más allegados, solicitando que le enviasen alguna muda en condiciones para tan digno evento. Dicho y hecho. El rumor corrió como la pólvora por todo Bilbao, tanto que a media tarde la casa del duelista más bien parecía un almacén de lencería. Así las cosas, al alba y con puntualidad germana -esa que los españoles gastan únicamente para estas cuestiones- los contendientes se hallaban dispuestos a todo en un pinar de Las Arenas. Pero justo entonces surgió de entre los árboles un buen número de guardias civiles que detuvieron a los presentes e impidieron el fatal desenlace. Hubo quien dijo que el chivatazo a la Benemérita lo había dado el propio escritor, temeroso de lo que pudiera pasarle. Eso sí, tras el duelo fallido se quedó con un buen remanente de calzoncillos, y el resto los empeñó. Con honor, eso sí.

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