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POCO A POCO

Némesis empieza con M

lunes 12 de junio de 2017, 16:06h

Apenas cuatro semanas separan las victorias, opuestas en el retrogusto, de Theresa May en Reino Unido y la de Emmanuel Macron en Francia. Cercanas en el tiempo pero entre las que media un abismo en cuanto al significado de ambos escenarios y a la sensación que dejan en sus protagonistas.

Mientras la británica se ha valido de una prepotencia inusitada a lo largo de los últimos meses para poner delante de los británicos un referéndum adelantado que validara sus aspiraciones belicistas de cara a las negociaciones del brexit con la Unión Europea, el galo ha supuesto un soplo de aire fresco en el corazón del Viejo Continente y un cierto lavado de cara a las formas tradicionales de un país venido a menos en los últimos años, harto de élites corruptas y líderes incapaces, y cuyo tonteo con el extremismo de Le Pen asustaba.

Ella, que tuvo que cambiar su programa electoral al poco de hacerlo público por desconcertante y tramposo, que renunció a un debate televisado en el ente público por considerar de puertas para dentro que sus rivales no merecían su atención, ha acabado por agachar la cabeza, esa que muchos dentro y fuera de su partido piden babeando, y siendo víctima de su propia egolatría.

Ni tiene el aplomo de Thatcher ni gasta las argucias de Blair ni cuenta con la aprobación popular que si tenía su exjefe, Cameron, para la que sirvió como ministra del Interior cometiendo errores que quizás hoy estén costando vidas, españolas incluidas.

Por contra, Macron, que en apenas un mes ha sabido devolverle a Francia la ilusión y las ganas de regresar a la primera línea, ha sabido leer la situación y rodearse de gente preparada que sumara a su plan, ya fueran de su partido, En Marche!, que cuenta con poco más de un año de vida, o de fuera.

Diálogo, altura de miras, leyendo bien su papel, el de servidor público, el mismo que muchos dignatarios se olvidan nada más salir al balcón para celebrar la victoria. Tampoco ha descubierto la pólvora, pero es que estamos acostumbrados a que al político moderno se le olviden estas premisas a medida que asciende por la ladera tentadora del poder.

Mientras uno se ha valido del pueblo para liderarlo frente a los retos del futuro cercano, la otra se ha arrogado un poder que no tenía, al menos no por mandato popular, y ha hecho de su capa un sallo para construir la casa por el tejado... y así le ha ido, presa ahora de una minoría unionista que ve la oportunidad idónea para sacar tajada.

May se ha mostrado como una líder torpe, sin pretensión más allá del sillón propio, sin capacidad de reacción ni enganche, requisitos todos ellos indispensables para una política, la actual, harta de discursos anacrónicos y formas elitistas.

Por contra, su homólogo francés ejemplifica, más allá de la ideología, que como siempre convencerá a unos sí y a otros no, la nueva cara legislativa, la que escucha antes de actuar sin que ello vaya en detrimento de su firmeza ni su determinación, la que mira hacia arriba y hacia abajo cuando toca mandar.

Vamos, que May, amargada en la victoria, y Macron, comedido hasta en el culmen de su carrera, no pueden ser más diferentes. Dos némesis a uno y otro lado del Canal, como muchas otras de una ya histórica dicotomía.

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