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EPPUR SI MUOVE

Los poderes de Toledo

martes 13 de junio de 2017, 20:05h

Se dice que en Toledo estuvo la mesa del rey Salomón. En ella, el hijo de David habría dejado plasmado todo el conocimiento del Universo que entonces se tenía, así como la fórmula de la creación y el nombre verdadero de Dios: en hebreo, “Shem Shemaforash”, -“que no puede escribirse jamás”-. De ahí que el supuesto contenido gráfico de la mesa estuviera formado por complejos jeroglíficos para cuya comprensión haría falta conocer en profundidad la Cábala.

La mesa, además, estaría recubierta de oro y piedras preciosas, sobre todo esmeraldas, lo que le conferiría un valor incalculable. Los judíos lograron esconderla de Nabucodonosor cuando los persas arrasaron Jerusalén, pero no tuvieron tanta suerte durante la otra gran destrucción del templo por las legiones de Tito, quien se la llevó a Roma. Allí se la apropiarían los godos al saquear la Ciudad Eterna en el año 410. Sus últimos poseedores serían los visigodos, que cruzarían con ella los Pirineos tras sacarla de la fortaleza de Carcasona. La pista se pierde en España, concretamente en Toledo.

Cuando Tarik entra en España en el año 711 lo hace con ánimo de conquista, pero viene también con el firme propósito de hacerse con la Mesa. Aquí las crónicas difieren en el lugar donde el moro la encontró, oscilando entre Alcalá de Henares, Medinaceli o la legendaria Cueva de Hércules en Toledo. Lo cierto es que un objeto tan valioso no podía pasar desapercibido para el jefe de Tarik, Muza, que la reclamó. Dilucidarían su disputa ante el califa de Damasco, aunque ni Tarik, ni Muza ni la Mesa -si es que realmente llegó a salir- volvieron a España.

Su desaparición bien podría achacarse a Don Rodrigo, último rey de la España visigoda, a quien perdió la curiosidad. Cuentan que el monarca abrió un recinto sagrado -que algunos sitúan cerca de Zocodover, la llamada “Casa Cerrada”- que llevaba siglos clausurado. Cada uno de los 24 reyes visigodos anteriores había añadido un cerrojo, para asegurarse de que el secreto seguía a salvo. Don Rodrigo no pudo resistirse y abrió la puerta, si bien lo que había tras de ella no le gustó nada: se trataba de un lienzo en el que las fuerzas cristianas bajo estandarte real visigodo eran derrotadas por las de Tarik. Al lado se hallaba la Mesa, así como las 24 coronas de sus antecesores. Leyenda o no, los moros ganaron, y habría que esperar a 1085 para que Alfonso VI reconquistase la ciudad. En todo ese tiempo hubo en Toledo “cristianos viejos” que salvaguardaron la tradición y que en la actualidad, con 9 siglos de existencia, conforman el grupo nobiliario más importante de España: los mozárabes.

Si en algo destaca Toledo es en haber sabido digerir francamente bien su pasado -incluso el más reciente de la Guerra Civil-. Toledo tiene poder, y también “poderes”, como dijo el cardenal Cisneros. Y tesoros aún por descubrir. Por ejemplo, los que esconde la bodega de Adolfo, que ocupa una casa judía construida entre los siglos IX y XI. Durante siglos permaneció oculta por otros edificios de la ciudad, incluida la propia muralla. Hay dos aljibes del siglo XVI, una alcantarilla romana del I y más de 30.000 botellas. Seguro que alguno maridará bien con “perdiz roja de Toledo, seis aromas y texturas”, una de las especialidades de la casa. Puede que no cene en la mesa de Salomón, pero sí lo hará en una digna de un rey.

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