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TRIBUNA

Azorín y Latinoamérica

viernes 16 de junio de 2017, 17:53h

Decía Ortega y Gasset que José Martínez Ruiz o «Azorín», de quien estamos cumpliendo cincuenta años de ausencia, hubiese sido inconcebible en América. ¿Cómo describir lo frondoso y delirante del paisaje americano con la prosa cortante y parca de Azorín? La observación de Ortega nada tiene de gratuita. De hecho, Azorín acuñó el término de la Generación del 98 acaso como un gesto de despedida o aislamiento de España hacia Latinoamérica En sus primeras novelas-ensayo, La voluntad (1902) y Antonio Azorín (1903), el escritor levantino se encariñó con el paisaje y los habitantes de los pueblos castellanos a quienes llenó de virtudes estoicas y ascéticas justamente en un momento de gran pobreza en la península. Su prosa, que se estructura con cláusulas cortas y que está exenta de excesivas frases subordinadas (como esta que acabo de escribir), quizás ayudó a serenar la sintaxis alterada o afectada por tantos desastres y revoluciones.

En 1915, cuando ya en San Sebastián se había conocido y amistado con Azorín, el escritor mexicano Alfonso Reyes escribió en Madrid una de sus obras más finas, Visión de Anáhuac, en la que consideró el Valle de México como una meseta menos agria y más transparente –en aquellos tiempos– que la castellana. Azorín juzgó Visión de Anáhuac una auténtica joya literaria. Por cierto, la similitud entre la prosa de Azorín y la de Reyes fue motivo de análisis en un libro de técnicas literarias, La prosa: modalidades y recursos (1986). En él, Enrique Anderson Imbert entrevistó por separado a Azorín y a Reyes, asegurando que incluso oralmente ambos hablaban con los mismos periodos y cadencias de sus respectivas prosas.

En la correspondencia inédita entre Azorín y Reyes, que he consultado en el archivo de este último en Ciudad de México, hallé una carta del 22 de octubre de 1948 en la que Azorín (entonces con 75 años) confiesa lo siguiente: “Cada vez me preocupa más –y más penosamente– un vocablo, una frase, un giro. Llego a creer, tras tanto afán, que no sé escribir; no lo he sabido nunca. El vocablo concreto y exacto se me escapa; sin la exactitud en la expresión, imposible aprehender la realidad. ¿Y es que sabemos lo que la realidad encierra?” Ya quisiéramos tener, oh Azorín, esa habilidad del punto y coma y ese giro especial para formular preguntas como esas.

No siempre fue de simpatía la recepción de Azorín entre los escritores latinoamericanos. Borges se burló de un libro de crónicas de Azorín, Entre España y Francia (1919), no sólo por el entusiasmo francófilo del escritor levantino, sino porque semejante suavidad y buen corazón arruinaría completamente una obra desde el punto de vista polémico. Pero Borges ignoraba que Azorín, durante su primera etapa, se había caracterizado por lo polémico. Varias veces, desde Cuba, el escritor dominicano Pedro Henríquez Ureña le enmendó la plana a Azorín tanto en datos de historia literaria como en la injusticia de no reconocer a su inmediato antecesor, Marcelino Menéndez Pelayo, contra quien los del 98 quisieron hacer tabula rasa. En cualquier caso, la admiración hacia Azorín ha sido abundante entre los escritores latinoamericanos más disímiles. Por ejemplo, para el polémico escritor colombiano Fernando Vallejo, el de La virgen de los sicarios (1994), Azorín escribió la mejor prosa del idioma en el siglo XX. Algo similar apuntó otro colombiano, Germán Espinosa, pese a haber apostado por una novela como La tejedora de coronas(1982), llena de oraciones subordinadas y retruécanos.

Ahora bien, ¿por qué Azorín acuñó lo de la Generación del 98 si nunca trató directamente la rapiña estadounidense en 1898 contra las dos últimas presencias coloniales de España en ultramar? He creído encontrar una respuesta leyendo en Eugenio d’Ors una definición bastante crítica del 98: “A cada catástrofe o desengaño de lo político, parece lo agrario y vital recobrar su fuero. En su conjunto, todo el disconformismo hispano de 1898 [dio] la misma nota antipolítica, nota rural y maternal.” Lo agrario, rural y hasta maternal es evidente en las páginas de Azorín, pero no la nota antipolítica. Bien nos ha recordado Agapito Maestre las magistrales crónicas parlamentarias de Azorín.

Por lo demás, afortunadamente, resulta bastante fácil conseguir en librerías de México y España un pequeño libro de Azorín titulado El político (está disponible en edición de bolsillo del Fondo de Cultura Económica y, recientemente, se ha hecho una edición crítica publicada en Italia por Francisco Martín). A la manera de Maquiavelo en El Príncipe, en 1907 Azorín recogió en El político su experiencia como diputado de Cortes por Purchena, un distrito de Almería, y se despojó de toda candidez para hacerle entender al futuro político o cortesano que no existe ninguna distinción entre el derecho y la fuerza. Sus razones, con las que termino esta columna, son la mejor interpretación de la realidad histórica del 98 y todo un retrato de la política americana, aunque Azorín nunca haya estado en América:

“No hay más que una cosa: fuerza. Lo que es fuerte, es lo que es de derecho. […] No haga sobre ello filosofías ni sentimentalismos. Si aparentemente, muestro otra cosa, en mi creencia íntima, profunda, sé que no hay en el concierto universal nada más alto que la vida, y que la vida es la fuerza, que surge y que se retira”.

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