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DESDE ULTRAMAR

30 años del exitazo “La Puerta de Alcalá”

jueves 22 de junio de 2017, 19:56h

Arriba el estío con su sol y su bochorno y el Día Internacional de la Música (21 de junio para unos) inspirándome el solsticio a dedicar cariñosamente esta entrega a mi amiga Dalia, por su afecto especial hacia la Villa y Corte y a todos aquellos que, ya sea que conozcan o no la capital española, han gustado de la canción que nos ocupará o que rememoren la ocasión en que, sabiéndosela, hallaron la madrileñísima Puerta de Alcalá https://www.youtube.com/watch?v=Vi2TuhDnapE y como Carlos III, exclamaron un ¡ahí está! Pasen y lean, extasiándose.

Escribir de Madrid me entusiasma –universal, cosmopolita, europea, hospitalaria y transoceánica al unísono– porque acaso es muy probable que hoy sea un mayor referente que cuando rigió un gran imperio. Y ¡tanto mejor! si puedo conjugar la Imperial y Coronada con esta emblemática pieza musical, descriptora de una muy reconocible edificación: la grandiosa arcada ubicada sobre una rotonda de la conocidísima calle homónima, avistándola desde El Retiro contiguo por su Paseo de México, que no hace tanto escribíase “Méjico”. Y Madrid nos fascina, la elogiamos sin reparo ni pudor, porque Madrí es mucho Madrí dicho así, a la manera más castiza posible. Será que a mí me han llamado ¡majo! en el Paseo de San Antonio de la Florida. Y claro, que no es por presumir. Que Madrid y yo nos entendemos. Y con perdón de Sevilla, que para mí es un amor pregonado.

“La Puerta de Alcalá” que congrega nuestros afanes, repite su nombre ¡16! veces en su cantar, evocándola como lo hacen múltiples viñetas y suvenires, fotografiada hasta la saciedad. Al conocerla yo en 1992, estaban restaurándola, cubierta con una simpática mampara ilustrando su dilatada historia en caricaturas, destacando al monarca impulsor. Tardé otros 8 años más para verla despejada. Ahora, la composición alude a una de las cinco puertas regias madrileñas, a la de sus cinco curvaturas dispares, mas simétricas, que conjuntan dos proyectos para no desagradar al soberano, audazmente equilibrados por el afamado arquitecto Sabatini, sufragándose su terminación merced a la recaudación del expendio de vino (dicen). Posee sus florones mutilados recordándonos la invasión napoleónica y situada en la Plaza de la Independencia, rememora justo el episodio que la mancilló en su distinguida y estilizada arquitectura, ahora incompleta.

Cumple la tonada su trigésimo aniversario desde que fue un exitazo del verano del ‘87, que bien recuerdo con el corazón, triunfando en ambos lados del Atlántico y que se suma, de ahí su importancia (destaquémoslo) al extensísimo e increíble repertorio de canciones dedicadas a la capital de España; condición pocas veces alcanzada por una urbe, esa de ser de las más cantadas del mundo, pudiendo vanagloriarse de ello. Lo mismo inspirando a autores españoles que a extranjeros –como Agustín Lara y su “Madrid”, su segundo himno–. En multiplicidad de géneros –del chotis al rock– y polifacéticos arreglos a la obra que nos atañe. Madrid sabe que cada letra de tales composiciones bosqueja momentos, traza personajes pintureros, describe escenas y chisperos, pergeña monumentos y alude a episodios de su historia con una destreza, un tino, una maestría y una capacidad gráfica envidiables, como ella. La festejada es como Madrid: muy maja. Porque tal opus se trató de un gran acierto por donde se lo mire: comercial, narrativo, musical desde luego –contagiosa y rítmica– y, finalmente, propició acrecentar el acervo musical matritense, en tanto amenizaba fiestas y tardeadas.

La cantada Puerta de Alcalá –que permanece incólume, cual señora del tiempo observando discurrir los acontecimientos frente a sítiene, a mi parecer, ese toque de elegancia y remembranza armónica en su entorno arquitectónico, que la estima y la destaca, realzándola en su ubicación. Paramentada cada primavera con esos tulipanes que entiendo, obsequia Ámsterdam a Madrid y ajardinada frecuentemente en composiciones originales, salpicándola de color en su prado distribuyéndolo generosamente con sencillez, arte y talento, exaltándola, merecía unos acordes, porque pese al basto inventario musical alusivo a Madrid, acaso se había quedado un poco fuera, disminuida e inmerecidamente ponderada, dejando su sitio de honor a Cibeles, por ejemplo. Víctor Manuel y Ana Belén le hacen justicia en el pentagrama y voz con habilidad y desenvoltura, acompañándolos al conocer tan exquisita construcción monumental, cuya historia van desentrañando.

Tal creación musical es un muy bien hilvanado repaso coloreando a una puerta neoclásica –el primer arco del triunfo erigido en Europa desde los tiempos de los romanos, se asegura– colocada en dirección a Alcalá de Henares por el rey Carlos III, el mejor alcalde de Madrid se afirma, celebrando su arribo y cuyo nombre inmortalizado –Carolo III– luce el frontón sobre su vano central soportado por sus bicentenarias piedras berroqueñas. La letra inicia describiendo un hipotético encuentro entre la regia figura y aquella, acaso evocando el cuadro de Francisco de Goya pintando al rey ataviado de cacería con mosquete, tricornio y casaca a modo, imaginándonos la sigilosa ocasión de su cruce y al poderoso monarca enseñoreando dominios en los cinco continentes desmontando su caballo, un pelín taciturno, acaso algo cohibido y ascético, cual lo describen sus biógrafos.

Con esa cadencia ochentera acompasada y movidita, con nítida elocuencia pasa el cantar de las mayestáticas maneras de Carlos III a las libertades de la Transición española, recalando en “la movida” madrileña en auge y poco más, plasmando su estridencia, sus anhelos, su dinamismo, sus indomeñadas ganas de estampar su huella postrera reflejando la energía trepidante tan propia del Madrid de finales del siglo XX, consiguiéndolo, cuyos ecos nos llegaban a América. Con soltura, las estrofas fluyen, apresurando su paso palabras tales como lacayo, lanceros, casaca, tiranos, indecentes, revueltas, mangantes, travesti, pendenciero, chinchetas, rockeros y complacientes, cabiendo sentenciar: “y el sueño eterno como viene se va”, con el remate sonoro y efectivo que reza “¡Ahí está! ¡ahí está viendo pasar el tiempo…! la Puerta de Alcalá…”, que la inmortaliza como a pocas, pues su muletilla de fácil recordación es generadoraal menos en el habla mexicana de una frase coloquial: “estar como la Puerta de Alcalá… viendo pasar el tiempo”, idea aplicable a tantas cosas, frasecilla que remite de inmediato a la distintiva arquería madrileña, que no hace falta conocerla in situ, aunque de ser el caso la gente la identifica plenamente, sirviendo la tonada de su mejor presentadora antes de posarse frente a ella. Y a renglón seguido contiene la versión original ese momento sublime del teclado en solitario ribeteándola jubiloso, clamorosamente festivo, un solo refrescante cual granizado, apetecible como carajillo, breve con un cortao, recordándonos que pese a todo, todo pasa y ella invita a celebrarlo y a celebrarla. Tal aporreo magistral es una deliciosa, elocuente, provocativa pausa resonante, poseedora de absoluta originalidad antes del cierre sosegado cantado en primera persona y con el que, sin cesar, el tecladista parecía alertarnos muy bien que aquella época ajetreada era digna de recordarse.

Aquende el Charco mi amigo Yago apunta: “Es un proceso de apropiación. La canción cambia de sentido. Después del solo –espacio de introspección e intimidad– dejó de ser la Puerta de Alcalá (descrita) y ahora es mi Puerta de Alcalá (calificándola), poseyendo una relación de mayor intimidad con ella, pese a ser un bien público. Don propio para relacionarnos con las cosas. O sea, se mimetiza y se interioriza la cantante con la Puerta”. Allende el mar mi amiga Kepe Zuri puntualiza a mi pregunta expresa de sí le gustó en su momento, asintiendo: “Es un homenaje a la historia de Madrid, y entiendo que sigue perenne pese a todas las vicisitudes y cambios sociopolíticos que han ocurrido desde el rey Carolo hasta ahora. Aparte de que tiene un estribillo muy pegadizo”.

Pasaron 30 años perdurando en “La Puerta de Alcalá” su inmarcesible actualidad viendo pasar el tiempo. Recuerdo su emisión constante en las radiodifusoras y su éxito en ultramar. ¡Enhorabuena por recordarme a mi primera juventud, reviviéndola! Recién la oí en concierto y ha sido estupenda la respuesta del público. Y parecía impensable que escribir demasiado de la tonadilla diera para tanto y fuera posible. Pues va a ser que sí. Quién lo diría. Nos deja hasta este artículo merecidamente sugestivo, muy ajeno a ser una fugaz desiderata.

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