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DESDE ULTRAMAR

¿Algo más arde por Doñana?

lunes 26 de junio de 2017, 21:18h

No es Doñana o su entorno lo que arde nada más, sino también las intentonas de cargárselo por esta vez.

La región contigua a Doñana, arde y en serio. De súbito y al fragor de las altas temperaturas que amigos de Huelva y Sevilla me contaban en días pasados a través de las redes sociales, se han incendiado parajes cercanos al Parque Nacional de Doñana, el más grande de España y de Europa. Ya que suceda en los linderos de aquel debe de alarmarnos y motivarnos a exigir que se involucren esfuerzos dobles de las autoridades correspondientes, sean andaluzas o españolas para protegerlo y coadyuvar a apagar las flamas. Esto permite y apremia a solicitar la intervención en apoyo de las locales, de las autoridades del gobierno de España. Decididamente de los ministerios de Interior y de Agricultura, Alimentación y Medio ambiente. Porque el ingente esfuerzo andaluz bien merece más apoyo, para preservar ese magnífico entorno que he tenido la fortuna de conocer.

En mal momento vienen a prenderse los pinares onubenses, en medio de la añeja especulación inmobiliaria a que siempre han estado sujetos. Porque desgraciadamente no solo es el calor y la sequía lo que causa el fuego. La cosa es tal que el velo de la duda sobre las posibles causas del siniestro aumentan nuestras sospechas.

Codicia y rapiña sobre sus ricos recursos merodean de siempre a Doñana. La sola existencia del Parque Nacional es muestra vívida de la necesidad de frenarlas y de proteger ese formidable sitio, echando mano de todos los recursos legales hasta ahora posibles, para detener los intentos de sobreexplotarlo para beneficio de unos cuantos. Pese a lo bonito que resulta construir urbanizaciones en medio de los bosques. ¿Qué no se dice que las ciudades para ser menos contaminantes, deberían de edificarse en medio del campo y del bosque? Pues eso. ¿O no estamos a favor de la ecología?

Sarcasmos aparte, Doñana estorba, muchas veces para bien y otras para mal. Cuando no se intenta construir una carretera que una Huelva y Cádiz, atravesándolo, se busca reclasificar su suelo cercano o se consigue “la mayor protección posible” para sus especies endémicas y emblemáticas que la merecen como el lince ibérico y solo ha de conseguirse preservando el afamado lugar, redoblando esfuerzos para ello, pues está visto que sí, que Doñana como sus comarcas aledañas peligran cada año por los posibles incendios estivales, expuestas de nuevo ante este alto riesgo al casi haberse tocado el Coto por esta vez. Y no se requiere que llegue el fuego a él. Haya o no cambio climático, es menester redoblar los esfuerzos que protejan Doñana y se ha constatado que se requieren. Y es verdad: muchos intereses non sanctos rondan Doñana.

Y más los hay ante la sospecha de que la mano del hombre haya propiciado el inicio de un gran incendio en los linderos de Doñana. Canallada que supera el debate y las versiones acerca de si la deflagración alcanzó o no la superficie del otrora Coto. En esos parajes cercanos que tanto distinguen mi querida provincia onubense, repleta de pinares que hoy consumidos, negruzcos y violentados nos recuerdan qué bien están descritos en la rica tradición de coplas por sevillanas que une el ganado, los peregrinos del camino rociero, la romería y su Raya Real y que no merecen semejante mala suerte a manos del desastre.

Enhorabuena que se ataje que no se reclasificará lo quemado. Habrá sonado a trompetilla a quienes desearían que sí. La afectación ya es suficiente. Proyectos como almacenar gas o que transite cerca o atravesando Doñana, han de impedirse, porque solo incrementan los altos riesgos de siniestralidad sobre la destacada e innegociable reserva. Da igual que sean arrasamientos naturales o propiciados. Lo que ocurre en los lindes de Doñana hoy, es terrible, nos entristece a quienes conocemos el lugar y nos enfada, porque solo es el recuento de la voracidad que ha rondado siempre tan espectacular emplazamiento. Al final eso es.

Las escenas dantescas han cruzado velozmente el Atlántico. Tan rápido como las llamas han hecho pasto de los amados pinares. Ver en ultramar los pinos endémicos de Huelva ennegrecidos o ardiendo, en fogoso arrebato, con un tono rojo y el fuego atizando su suelo en medio de una interminable humareda, resulta deplorable. Además de dantesco es inaceptable, porque aunque el viento y la sequía sean las causas inmediatas de la propagación de la tragedia, se afecta el patrimonio ecológico mundial. Se toque o no el Parque Nacional. Contener este incendio y evitar otro impedirá que no cantemos un sentido “Lloran los pinos del Coto despidiendo a las carretas…” sustituyéndolo por un terrible: “Lloran los pinos del Coto por ser arrasados inmisericordemente por nuestra dejadez y codicia …”. Perdone usted que no consiga la rima, pero es que hay cosas en la vida que sencillamente no riman, porque carecen de arte. Este asunto es un buen ejemplo.

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