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DESDE ULTRAMAR

Las trapacerías del alcalde Ciudad de México

viernes 07 de julio de 2017, 20:14h

Miguel Ángel Mancera quiere ser presidente de México. Eso explica la búsqueda desenfrenada de reflectores y el hacer obras faraónicas, con la peregrina idea de que todo eso ayuda a conseguir los votos. Pese a que nada los garantiza. Y si quiere ser presidente, que no sea a costa del espacio público y de los contribuyentes. Me explico.

Dice tener un proyecto. No nos dice cuál. A lo más afirma sin prueba alguna, que es uno incluyente. No sabemos de quiénes, porque el señor alcalde no se atreve a decirlo. Como no lo diga él, es imposible saberlo. Como siempre afirmo yo: seré guapo, pero no adivino.

Mancera tiene además, el bendito don de que cada vez que abre la boca, apesta a que trae entre manos un negocio privado a costa del espacio público. Así de sencillo y dígase así de claro. Es lo que hay con este personaje de pseudoizquierda, que ha resultado bueno para el negocio. No quiero decir para el trinquete, porque puede haber niños leyendo esto, aunque un ejemplo es muy elocuente de su cuestionable proceder. Se inventa un reglamento de tránsito pésimamente redactado –supongo que por él, pues nadie más se lo ha atribuido– por el cual el peatón puede seguir cruzando, aunque se marque el rojo del semáforo para sí o dice que las personas de menuda estatura van en el asiento trasero, olvidándose el muy discriminador de que entonces un enano no puede conducir. Confundió niños con enanos el ubicuo e inicuo señor alcalde. Se inventa sin sustento científico que la velocidad debe de ser a 50km/h en vías rápidas, y eso desencadenó atascos brutales y contaminación desbordada. En ese marco desastroso de la movilidad y la ecología, que dice importarle mucho, palabrejas que emplea como banderín de sus chapuzas, el alcalde nos sorprende una vez más con su capacidad de trincar: con unas fotomultas.

Digo que nos sorprende, pues existen tales por unas videocámaras contratadas en términos abusivos, leoninos para el erario de la capital mexicana. Donde el dueño es un vivales que autorizado por la corrupta autoridad capitalina –cuya cabeza es Mancera siendo el alcalde– se lleva una tajada grosera de comisión por cada fotomulta amparada en un contrato nebuloso que el alcalde, descubierto, molesto ofreció mostrar y nunca lo hizo. Es más, el punto no era si existía contrato para semejante robo, sino porqué existe el contrato, porqué fue redactado en términos tan sobradamente corruptos. Desde luego podrá imaginar las miles de fotomultas propinadas a los ciudadanos, declaradas ya inconstitucionales por violatorias del derecho de audiencia. Es que el Poder judicial constantemente le marca falta a Mancera, el ecológico “eco-ilógico”.

La vox populi dice que el logo y el anagrama CDMX con el que necea el señor Mancera para que denominemos a la Ciudad de México, la Muy Noble y Leal Insigne e Imperial como la tituló Carlos V, es propiedad del alcalde. No hay pruebas de que así sea dadas a conocer, pero no me extrañaría. Mancera es opaco y ha dado múltiples pruebas de serlo. Para que luego la izquierda diga que no es corrupta. Me temo que lo es. Tiene en su alcalde la mejor muestra de que sí lo es. Y con creces. Y es fastidioso que aún con pruebas, insiste en decir que no lo es, pese a ellas.

Esas credenciales descritas a usted lector de El Imparcial, merece saberlas. Porque el nuevo embrollo del alcalde capitalino es montarse un transporte articulado en la más emblemática avenida de la Ciudad de México: el decimonónico Paseo de la Reforma. Con gran chulería el alcalde se pide préstamos al Banco Mundial para montarla, se pasa por dos tacones que sea un paseo histórico, le importa un rábano talar árboles para instalarlo y cuando un juez le para los pies ante tanta trapacería, lo reta diciendo que hará todo para conseguir su obra. ¿Necesitamos un presidente que amaga? Eso es lo que pasó. La gente no se opone por oponerse. Hay razones y de peso.

El sistema de metrobús es relativamente eficiente. Relativamente. Para el Paseo de la Reforma es inviable. Por su traza, conectividad, historia y uso cotidiano. Déjeme recalcar esto último: el Paseo se usa para muchos fines. Marchas de protesta, ciclistas dominicales, desfiles. Constantemente se interrumpe el paso vehicular, incluido el transporte público actual. En todo o en largos tramos. Un sistema de metrobús para ser eficiente requiere de no ser interrumpido jamás. Eso es evidente y aceptado. Sería entorpecido por los usos diversos del Pase en caso de instalarse sobre él. Eso implicaría meterlo entre calles donde se generará mucho más caos vial por invasivo y mayor contaminación. Y créamelo: sucederá cada dos por tres. ¿Entonces? No es la ecología y la movilidad lo que mueve al tema y al alcalde, sino que es la corrupción de concesiones publicitarias el verdadero negociazo detrás de todo esto. No se vale a costa de los ciudadanos y el patrimonio público que nos pertenece a todos. Porque sus usuarios y no usuarios pagaremos el despropósito de establecer el metrobús en Reforma.

Nadie puede negar que la ley no pueda aplaudir esta conducta. No es ni de lejos oponerse al alcalde, quien parece dispuesto a oponerse a ella. Los lectores de El imparcial merecen saberlo. Nadie sensato puede apoyar esta medida metida con calzador. Que los incautos y corifeos se lo aplaudan, es otra historia. Y nos da la oportunidad de desentrañar y desenmascarar los oponibles procederes del señor Mancera. Una realidad que desde luego que deja muy mal parado al alcalde de la capital mexicana. Es lo que hay.

Sépase que la ruta trazada del nuevo metrobús dañará la fisonomía del Paseo de la Reforma en su arroyo vehicular. No cabe el proyecto en el interconector de rutas que pretende, como no dentelle otra tajada al bosque de Chapultepec a la altura de la fuente de Petróleos. Cuenta el Paseo con transporte renovado entre 2011 y 2014. Está bien comunicado y con el mayor número de estaciones del metro cercanas a él. No hace falta ese negocio llamado metrobús. Miente Mancera diciendo lo contrario. Y no nos dice que el negociazo de las concesiones en publicidad en los parabuses es tal, que es nauseabundamente corrupto. El negocio es el negocio. No obstante, el Instituto Nacional de Antropología e Historia ha permitido que prosiga el proyecto, destrabando el impedimento judicial, pero advirtiéndole muy bien a Mancera que será si es carente de la publicidad planeada. Eso ya no es negocio, desde luego.

Con ese panorama que usted, lector de El Imparcial merece también saber, es imposible apoyar la idea. Nadie niega la importancia de la movilidad, de la ecología y de la necesidad de un transporte público que pueda sustituir al privado. Lo que no se vale es contar medias verdades disfrazadas de transparencia, encubriendo las mentiras del alcalde. El negocio publicitario a costa del Paseo de la Reforma para beneficios privados y contra los ciudadanos es inaceptable. Se calcula la multimillonaria cifra de 11 millones 570 mil pesos anuales a recaudar por 898 espacios concesionados. Eso equivale a 553,588.57 euros. Nada mal. Eso explica tantas paradas a dos metros cada una. Eso ralentizará el paso del metrobús. ¿Cuál ecología y cuál beneficio al usuario? Por publicidad en parabuses a los publicistas y nada más. Negocio privado a costa del espacio público. ¿Con qué derecho? ¿Con qué facultades? Con ninguna. Así de sencillo. Nada más por dos tacones. ¡Con un par! Para entendernos mejor.

¿Mancera, presidente de México? No, gracias. Por mi voto, no. No quiero que vea al país como su negocio particular, justo como mira a la Ciudad de México. Para verlo como negocio particular ya hemos tenido el sexenio del priista Peña Nieto y sus canchanchanes. El PRI como partido político, tiene al mayor número de miembros perseguidos por Interpol.

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