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DESDE ULTRAMAR

Cambio climático cambia

jueves 13 de julio de 2017, 20:28h

Un fantasma recorre el mundo: el cambio climático. ¿Existe en verdad? ¿Son suficientes las evidencias? Hace tiempo un amigo me expresaba su inquietud de que acaso no fuera sino algo cíclico. También es posible. O es que nuestro planeta, como sea, no ha dejado de cambiar y no es estático. También lo veo probable. Pero hay alarmantes muestras de que algo está transformándose aceleradamente y no para bien.

Va unido tal cambio climático a la contaminación, señalada como el primer detonante de su existencia, causa a su vez de la mano del Hombre.

Dos noticias inquietan mi atención este verano. Una nos refiere que España ha registrado las temperaturas más altas desde 1965 en la pasada primavera, como bien me han dado cuenta de ello mis amigos españoles en las redes sociales, y que al menos se detecta una variación en los grados del estándar normal, como se aprecia en los registros comparados de otros años.

Otra nota desconcertante y que acaba por preocuparnos, pues nos habla del deterioro planetario, es la que refiere que navega por el océano Pacífico una isla artificial creada por basura que flota en los mares. La Fundación UNAM se hace eco del caso y revela que puede alcanzar semejante cúmulo de desechos una pavorosa extensión de 1.400.000 kilómetros cuadrados. Da miedo, sin duda alguna. La ubican en el Pacífico norte y de una consistencia a veces similar a los residuos de zooplancton. Se explica su existencia a partir de que los desperdicios arrojados al mar por múltiples vías y no biodegradables (o plásticos de lentísima degeneración) se quedan atrapados en las corrientes de giro de los océanos. Más que un columbrete se trata de una serie extendida de montones de basura. El Atlántico también registra una ínsula similar, más extendida que compactada. Penoso y alarmante.

¿Hay signos de cambio climático en nuestro derredor? En mi entorno unos pájaros escandalosos, los negruzcos zanates mexicanos o clarineos (Quiscalus mexicanus), propios de climas mucho más cálidos que Ciudad de México, pululan hace ya varios años en ella en calidad de plaga, haciendo de las mañanas primaverales y veraniegas una sinfonía con sus urajeos, antes oídos solo en zonas tropicales. Sus cantos alertan de su presencia donde antes no la hubo. Las lluvias de invierno y nuestra sequía veraniega también me demuestran que algo no funciona como hasta no hace muchas décadas sucedía. Las Fiestas Patrias cada vez más están pasadas por agua en pleno septiembre. La mayor intensidad de las lluvias y de los huracanes ya advierten a los gobiernos caribeños que han de invertir más en paliar los destrozos que causen (Declaración de Mérida, 2014).

Y en este contexto ¿estamos haciendo lo suficiente para concienciarnos? Deje usted que el troglodita de Trump cancele los compromisos de su país de respetar el Acuerdo de París. La utilización racional de recursos, el apelar al desarrollo sustentable, foros y congresos, los días internacionales que remarcan el cuidado del agua o la preservación del medio ambiente parecen iniciativas aceptables, pertinentes, pero acaso todavía insuficientes. Así pues ¿estamos haciendo lo idóneo? ¿Estamos denunciando lo necesario? ¿Estamos cambiando hábitos por unos más racionales, responsables y comprometidos con el medio ambiente? Es menester cambiar conductas personales múltiples que, sumadas, en efecto, generen cambios colectivos.

Nuestros esfuerzos incluyen el haber proclamado a San Francisco de Asís como patrono de la ecología (1989), pero ni eso ha bastado para que se cumplan a cabalidad los compromisos del Milenio en la materia, como se había prometido alcanzarlos. El medio ambiente se enfrenta a los intereses creados y se enfrenta a la indiferencia y a la incapacidad real o provocada de conseguir nuevas alternativas que abonen a la causa ambiental. Tan solo el debate de los alimentos transgénicos (acerca de si son o no benéficos) ya nos debería de poner en alerta sobre su extensivo cultivo y las consecuencias de su consumo, pero se acallan las denuncias al respecto.

No cabe duda de que el planeta está enfermo por una irracional manera de disponer de todos sus recursos. Como especie somos depredadores y en verdad no se han impulsado las necesarias alternativas. Eso es lo que debe aterrarnos. Nos movemos en la cuerda floja entre el planeta verde y el colapsado por una contaminación que nos asfixia. Necesitamos ciudades ecológicas, pero sobretodo cambiar hábitos, reflexionar procederes. Ampliar nuestra búsqueda de nuevas fuentes de energía menos contaminantes.

Porque si añadimos las especies en peligro de extinción y las que siguen extinguiéndose por causa del Hombre, no alcanzan zoológicos, jardines botánicos, reservas o parques nacionales para protegerlas. El ecocidio es mayúsculo y está bastante impune. Y de ello todos somos responsables.

Pero…a grandes males, grandes anuncios. La semana pasada le conté aquí de las trapacerías del alcalde de Ciudad de México. La nueva es limitar los espacios de los aparcamientos. Rompe un triunfo del urbanismo ordenado: poner cajones suficientes creando mega-aparcamientos subterráneos que no afectan a nadie, para no obstruir las calles. Ahora pretende limitar su tamaño y a los excedentes a manera de multa, cobrarlos. Dice que esos recursos los destinará a un fondo para construir más líneas de metro y metrobús. Criminalizando automovilistas e imponiendo medidas electorales redituables no es el camino correcto para promover el medio ambiente. Es una medida arbitraria y muy inequitativa. Subyace el negocio antes que una medida ecológica seria y eso es la mejor manera de matar el ecologismo.

Dice que desincentivará el uso del automóvil, pero no palia el asunto con nuevas rutas de transporte público. Entonces ese no es el camino correcto. Pero es lo normal en los gobiernos de izquierda que dejaron de construir el metro. Porque cavar no es tan vistoso como prohibir cajones de aparcamientos. No genera los mismos votos en su torcida lógica de administrar el espacio público. Es que la ecología es un negocio –económico y político– y mientras lo sea, cualquier medida será ineficaz valorada así. Triste destino para la ecología en manos de vivales. El cambio climático cambia y no sé si nos cambia de verdad. A veces damos muestras de que no.

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