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TRIBUNA

El infierno de los niños del Coro de Ratisbona

miércoles 19 de julio de 2017, 20:20h

Debemos al famoso director y compositor de música alemán, Franz Wittenbrink que se haya conocido la verdad sobre los “gorriones de la catedral de Ratisbona” (Regensburger Domspatzen), esto es, el coro de niños más popular de toda Alemania.

Fue en marzo de 2010 cuando Wittenbrink reveló en el programa de televisión Menschen bei Maischberger que los niños cantores habían sido víctimas de castigos corporales y abusos sexuales hasta comienzos de la última década del siglo pasado.

Hay que lamentar que cuando saltó a la luz esta terrible noticia, el que fuera entonces obispo de Ratisbona, Gerhard-Ludwig Müller, intentó desviar la atención del escándalo,
minimizando los efectos, al declarar que tan solo cuatro o cinco niños habían sido maltratados, lo que era radicalmente falso. Este obispo dejó su puesto en 2012 a raíz de que Benedicto XVI le llamara para asumir el cargo de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe en el Vaticano, puesto que ejercería hasta el mes de julio de 2016, fecha en la que fue cesado por el Papa Francisco.

Fue el abogado Ulrich Weber quien recibió el encargo de llevar a cabo una profunda investigación en 2015, cuando el actual obispo de Ratisbona, Rudolf Voderholzer, fuertemente presionado por el escándalo, pidió perdón a las víctimas y se decidió a poner en sus manos la difícil tarea de clarificar todo lo ocurrido. Se ha podido constatar en los últimos días, gracias a la investigación de Weber, que el comportamiento de Müller en los años que permaneció al frente del obispado de Ratisbona es absolutamente reprobable ya que evitó por todos los medios que se pusiera en marcha una investigación a fondo.

El informe final de la investigación -450 páginas- da buena cuenta del infierno vivido: unos 500 niños sufrieron maltrato físico y 67, agresiones sexuales, incluyendo violaciones entre 1945 e inicios de la década de 1990. Las cifras verdaderamente estremecen. En cincuenta casos los abusos fueron de naturaleza sexual y abarcaron “de las caricias a las violaciones”. Weber calcula, sin embargo, que hay más de 700 personas que vivieron durante su niñez un verdadero “infierno” en Ratisbona.

Buena parte de esos maltratos se produjeron cuando el hermano del Papa emérito Benedicto XVI, monseñor Georg Ratzinger, dirigía el coro de la catedral de Ratisbona, entre 1964 y 1994.

A todos nos han dejado boquiabiertos las declaraciones del hermano mayor de Benedicto XVI, al revelar que cuando estaba al frente del coro había abofeteado en numerosas ocasiones a los niños que no eran disciplinados, pero que él nunca había estado al corriente de los abusos sexuales cometidos. “El problema de los abusos nunca fue abordado y nunca se habló de ese tipo de asuntos”, dijo en una entrevista publicada en marzo de 2010 por el periódico Passauer Neue Presse. Sin embargo, en esta misma entrevista, Georg Ratzinger sí que reconocería que el director del internado solía infligir duros castigos corporales a los alumnos y que estaba al corriente de los malos tratos que recibían muchos niños porque se desahogaban con él durante las giras que realizaba el coro. “Si hubiera sabido de la violencia exagerada con la que se actuaba hubiera dicho algo. Pido perdón a las víctimas”, dijo.

A mi modo de ver, no hay excusa que valga para el hermano del que fuera Papa y este nuevo caso ensombrece la imagen de la iglesia católica como modelo de ejemplaridad moral. Creo que no hay que discurrir mucho para entender que no hace falta que la violencia se ejercite de forma “exagerada” para poder haber emprendido acciones de distinto tipo contra los que abusaban sexualmente de indefensos menores de edad. Es por eso que se debería exigir algún tipo de responsabilidad a los autores que directamente o indirectamente con su silencio permitieron estos atropellos a los derechos humanos más básicos de los niños, incluido el hermano del ex Papa.

Es cierto que, por desgracia, la mayoría de los casos han prescrito, por lo que los 49 presuntos autores de violencia identificados en el informe no pueden ser juzgados pero qué menos que se conozca y se airee el nombre y apellidos de cada uno de ellos, ¿no? A mi modo de ver, la cuestión no queda resuelta con una mera indemnización económica. ¿Qué consuelo puede representar para las víctimas que el obispado les abone una ayuda económica de 20.000 euros? Los daños que se pueden haber generado en aquellos niños, en su mayoría estudiantes de tercero y cuarto año de primaria, es decir, entre 9 y 10 años, son incuantificables. No sorprende por ello que describan aquellos años escolares “como una prisión, como un infierno y como un campo de concentración”, refiriéndose a esta etapa “como la peor época de su vida, caracterizada por el miedo, la violencia y el desamparo”, según señaló Weber.

Dos religiosos ya fallecidos han sido considerados como los principales responsables. Según explicó el compositor alemán Franz Witttebrink a la prensa alemana, sin duda alguna, el peor era Johan Meier, director de la escuela anexa al coro entre 1953 y 1992, puesto que “se llevaba cada noche a dos o tres niños de 8 y 9 años a su habitación, les ofrecía vino y los castigaba físicamente”. También otro religioso fue removido en 1958 del coro y condenado a prisión en 1971. Algunas de las víctimas hicieron la denuncia ante los responsables de la diócesis.

Al escándalo del Regensburger Domspatzen se unen otras denuncias de malos tratos y pederastia en instituciones religiosas alemanas. En 2010, la prensa reveló abusos en el colegio jesuita Canisius de Berlín entre los años 70 y 80; y en la abadía de Ettal, situada en la diócesis de Munich y Freising, la misma de la que Joseph Ratzinger fue arzobispo entre los años 1977 y 1982.

Es cierto que el Papa Francisco ha pedido perdón por los casos de pederastia en la Iglesia, lamentando además que por falta de personal se amontonaran los casos pendientes de investigar. Ahora bien, no se puede alegar misericordia frente a los curas pedófilos. No sólo deberían ser suspendidos del ejercicio público de los oficios sino que además habría que regresarlos al estado laico. Tampoco es cuestión de zanjar el asunto señalando que los abusadores sexuales padecen una “enfermedad”. A mi modo de ver, como ya señaló la irlandesa Marie Collins, sobreviviente de abusos y miembro de la comisión asesora del Papa Francisco sobre abusos sexuales, los abusadores no están tan enfermos como para no tener conciencia de sus actos. No se puede perder de vista que el deber de la Iglesia es proteger a los más débiles e indefensos, y para ello debe actuarse con severidad contra los sacerdotes que no son fieles a su misión y contra sus superiores, esto es, aquellos obispos y cardenales que no velan para que estos atropellos a los derechos humanos más básicos de menores de edad no sucedan.

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