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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Refugiadas, de Leticia Barrios: Más allá del alegato político

Refugiadas, de Leticia Barrios: Más allá del alegato político
sábado 26 de agosto de 2017, 19:36h

Lo más nuevo de lo nuevo, el teatro de la más joven generación, comienza a ver la luz. Es el caso de la jovencísima actriz Leticia Barrios que estrena su primer drama abordando un tema de intensa actualidad desde una perspectiva sorprendente. Una función que se desarrolla en un espacio “ultraalternativo” como LaNao8, proporcionándole una insólita fisonomía.

Refugiadas, de Leticia Barrios

Director de escena: Alejandro Navamuel

Intérpretes: Leticia Barrios y Sara Herrera

Lugar de representación: LaNao8 (Madrid)

Por Rafael Fuentes

En Refugiadas se dan cita numerosos factores que caracterizan el teatro de urgencia que están tratando de sacar adelante las generaciones más jóvenes con un vigor e ímpetu aún más fuertes que las colosales dificultades que se oponen a su realización. Espacios de representación imprevistos e intempestivos, creadores capaces de romper las líneas fronterizas que separan al actor del autor o el director de escena, y el propósito de afrontar temas candentes sacándolos del formato estándar y estereotipado con que nos los ofrecen, en la cómoda intimidad de nuestra casa, los cada vez más previsibles medios de comunicación de masas.

Este es el caso de Leticia Barrios, jovencísima actriz que acaba de comenzar su incipiente trayectoria interpretativa en cine, televisión y teatro, combinada con la escritura de textos dramáticos, como sucede con la actual pieza Refugiadas. Se da, pues, la circunstancia de que Leticia Barrios ha compuesto una obra a la que ella misma da vida encarnando a una de las protagonistas por ella ideadas. En cierta medida se trata de un fenómeno que se repite hoy con frecuencia en las nuevas promociones escénicas, quizá en parte al estar tan presionadas por la precariedad radical a la que se han sometido las producciones noveles. Pero esa predisposición a asumir cometidos polifacéticos posee también raíces más profundas. La formación de actores y actrices incluye desde hace tiempo una mayor variedad de aptitudes. Interpretación gestual, danza, canto, acrobacia, dirección escénica y autodirección del actor, lectura creativa de textos, y, asimismo, la destreza para escribirlos, a veces a partir de improvisaciones.

Esta ruptura de compartimentos les da, pues, armas para esquivar las graves dificultades que se ven obligados a afrontar. Lo que por otro lado no deja de ser un retorno a los orígenes, desde Esquilo a Shakespeare o Molière, quienes fueron a la vez autores e intérpretes de sus creaciones. Algo que otorga una decisiva conciencia para discernir lo que se escribe para ser leído en silencio, frente a lo que se escribe para ser dicho e interpretado en una representación. Y Refugiadas de Leticia Barrios posee sin duda esa frescura e intensidad de las palabras vitales formuladas para involucrar a los espectadores convocados en torno a un escenario.

El asunto que la autora lleva a escena está enunciado por su propio título. El multiculturalismo y los movimientos migratorios han ido alcanzando un papel protagonista en nuestra vida colectiva. Dentro de ellos, los terribles episodios de desplazamientos masivos de refugiados y sus durísimas implicaciones representan, ahora mismo, una emergencia de primer orden. Leticia Barrios lo ha afrontado de un modo sumamente creativo. Ha evitado a toda costa dejarse arrastrar por el efectismo espectacular de los medios de comunicación, de las pantallas de plasma televisivas o de las imágenes puestas en circulación por internet. Su planteamiento para llevar a cabo la difícil operación de situarnos en la piel de esos lejanos refugiados -de quienes solo parece llegarnos distorsionados ecos-, consiste en preguntarnos: ¿qué ocurriría si nuestra país sufriese una catástrofe y fuéramos nosotros quienes necesitásemos buscar refugio lejos de nuestras fronteras?

El drama comienza cuando el cataclismo se ha consumado y dos hermanas se han visto obligadas a hacerse a la mar en una embarcación que vuelca en un lugar indeterminado del océano. La distopía nos llega enmarañada en los apremiantes diálogos entre las dos hermanas en la playa de la isla anónima donde la corriente les ha llevado. La hermana a la que encarna la propia Leticia Barrios va reviviendo a lo largo de la pieza los sucesivos shocks que han golpeado su mente. Las atroces violencias de las que ha sido testigo, los crímenes, la huida, el naufragio, desbordan en un primer momento su capacidad de comprensión. Hasta que recobra a borbotones sus aptitudes para la crítica y la protesta. Tras ella subyacen sentimientos que la autora ha sabido captar vivos en nuestra existencia colectiva, para trenzarlos después en el alma de su personaje. Sobresale ante todo el sentimiento de culpa, tanto masivo como individual. ¿Si nosotros no acogimos a los refugiados, quién nos va a cobijar ahora?, es la pregunta angustiosa que late una y otra vez bajo sus palabras y acciones.

Esa recriminación convive con otras emociones no menos lacerantes. Por supuesto, la del miedo. También el recelo, la inseguridad, la protesta tan confusa como enérgica. De su boca salen palabras sobre el triunfo de un ataque musulmán en España, sobre una guerra capitaneada por el ejército ruso, es decir, una réplica en nuestro país de algo similar a lo que está devastando hoy a Siria. Leticia Barrios, aun con su juventud, nos ofrece una reveladora cartografía de esas aflicciones que aquejan a nuestra sociedad en este preciso instante: la incertidumbre, el desconcierto, la recriminación, un secreto pánico, un ansia de salvación casi milagrosa mientras se camina en el alero. Un mapamundi del estado emocional del presente tan certero como turbador.

El teatro siempre tiene esa despiadada sinceridad de hacer ver con claridad, en escena, lo que discurre difuso en la existencia colectiva. Leticia Barrios insufla una vida vigorosa y compleja a su personaje. Si atendiésemos solo a sus quejas quizá cayésemos en el error de creer estar presenciando un alegato más o menos radical. Lo que sería un obvio desacierto interpretativo. Su personaje no encarna a un supuesto modelo de activista, sino que encierra dentro de sí afiladas contradicciones y complejidades que van mucho más allá de la controversia política. Junto a su determinación, también hay una actitud egocéntrica que la atenaza en un demoledor nihilismo.

Ese componente autodestructivo, sin aparentes salidas, se evidencia aún con mayor nitidez a través de la presencia de su hermana, interpretada por Sara Herrera. El duelo entre ambas hermanas supone un bello pulso entre dos concepciones antagónicas ante los enigmas, los atolladeros, la desesperación. Simbólicamente esta otra hermana será la que encuentre manzanas sabrosas en la isla, objetos útiles, cuadernos salvados del agua. Es decir, soluciones, interpretaciones positivas a los interrogantes. Resulta hermoso ese movimiento escénico orquestado por el director del montaje, Alejandro Navamuel, cada vez que hace salir a Sara Herrera de una dura porfía con su hermana, para volver a entrar con algo valioso, útil o esclarecedor.

El espacio escénico contribuye a crear esa magnífica tensión. De una parte, la arena donde el azar ha arrojado a las hermanas posee un componente de pérdida y libertad. Sin embargo, el propio teatro alternativo LaNao8 proporciona otro factor antagónico. En realidad, decir que se trata de una sala alternativa es poco, ya que está un paso más allá de teatros alternativos clásicos como La Cuarta Pared, El Teatro del Barrio, o Réplika. Frente a ellos, me atrevería a denominar LaNao8 como “espacio ultraalternativo”. Se ubica en un barrio en rehabilitación, donde en décadas pasadas predominaba la prostitución callejera, el tráfico de drogas, los prostíbulos y las reyertas con arma blanca. Ahora ese triángulo de Ballesta -una vez rebautizado como triBall-, recuperado, nos propone tiendas de diseño, ofertas culinarias llamativas y espacios culturales novedosos, como las salas del Teatro Lara, las de Microteatro por Dinero o la propia LaNao8.

A LaNao8 se accede entrando por un castizo zaguán y descendiendo por unas pronunciadas escaleras hasta unos amplísimos sótanos con algo de cripta, de bodega subterránea o catacumba teatral para iniciados. Con unas instalaciones muy cómodas para el público, el espacio de representación está cubierto por una altísima bóveda cruzada que engloba, desde las alturas, a técnicos, actores y espectadores en una singular atmósfera. Ese ámbito proyecta su peculiar fisonomía sobre la obra representada. Así, en tanto que en Refugiadas, la escenografía de la arena de la playa en la isla del naufragio nos transmite una sensación de apertura y de posibles caminos expeditos, la bóveda que gravita sobre ella nos envía, en cambio, una impresión contrapuesta de penitenciaria, de vetusto presidio o de opresión emocional. Una tirantez anímica que, sin duda, juega a favor de una pieza como Refugiadas.

Las dos hermanas se hallan en una encrucijada entre la protesta contra lo pasado y el comienzo de un futuro aún sin rostro, en un lugar aparentemente libre sobre el que pende alguna forma de avasallamiento, en un doble deseo de acomodarse a una naturaleza acogedora o de huir hacia una odisea de riesgos o bonanzas imprevisibles. Aquí considero que se ha abandonado ya la problemática política de los refugiados, tal como se aborda en los foros de hoy, para adentrarse en los dilemas que han de arrostrar las nuevas generaciones occidentales. Leticia Barrios propone una resolución que sin duda sorprenderá al público, en la que el primer componente estriba en la búsqueda de una calma espiritual.

Más allá de la solidaridad con la tragedia de los refugiados, la obra representa un puntual retrato del corazón de la generación de los millenials que ahora sale a la luz pública. Una autora a cuyo recorrido como dramaturga habrá que prestar especial atención. Un espacio escénico, LaNao8, singularmente “ultraalternativo”, con cualidades para ofecer espectáculos de carácter muy inhabitual.

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