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AL PASO

Viejo y nuevo curso universitario

Juan José Solozábal
martes 05 de septiembre de 2017, 20:23h

La naturaleza de una institución, a veces, puede captarse mejor, reflejando un momento de la vida de la misma. Pido excusas por la dependencia personal de relato, y les traslado las que fueron mis palabras de despedida como profesor en activo de mi Universidad el pasado mes de julio:

La insistencia del Rector ha vencido, como no podía ser de otro modo, mi resistencia a intervenir, usurpando el mejor derecho de muchos otros colegas que comparten la situación de la jubilación, en este acto. Ocurre además que no soy lo que se dice un pata negra de la Universidad: solo llegué a la Autónoma después de obtener la cátedra de Derecho Constitucional en 1989, habiendo pasado antes por la Universidad Complutense y por la Universidad de Castilla La Mancha. Estudié en la Universidad de Valladolid e hice estudios postdoctorales en la London School of Economics.

Déjenme, para empezar, que les diga algo que a algunos puede incomodar, quizás habré de hacerlo en más de una ocasión en este breve parlamento, aunque creo no ser alguien particularmente esquinado: hace poco, en una reunión de antiguos alumnos en San Sebastián, un compañero de curso me dijo Juanjo : sigo tus escritos, se refería a mis artículos de opinión en El País o la prensa vasca: están bien, pero siempre estás de acuerdo. No le dije nada, pero supongo que Ibarretxe o Mas, no compartirían esta opinión.

Les decía que presumo de haber seguido una carrera que admite en la formación académica y personal la contribución de experiencias diversas de la de la Universidad de origen, y en paralelo también un aprendizaje de la verdadera naturaleza, constitutivamente plural de nuestro país. Creo, pues, que es conveniente mantener esta idea de la Universidad de Madrid como Universidad de llegada, también de partida, por cierto. Está bien que la Universidad exprese la condición abierta de Madrid. Pues, aunque parezca paradójico, Madrid nos ha mostrado a muchos periféricos la riqueza territorial de España, pues es aquí, en su centro, donde hemos conocido y nos hemos relacionado con gentes de todos los rincones de la Patria.

Qué pronto han pasado estos años de Universidad: es cierto, es un soplo la vida. Alfonso X el Sabio hablaba de la Universidad como un ayuntamiento de maestros y alumnos: una unión particularmente intensa. Todos los años el primer día de curso antes de nada, les hablo a mis alumnos de primero del taxista de Heidelberg, reclamándoles un esfuerzo para dejar al lado las nociones de derecho que crean traer de su experiencia común, aunque puedan pensar que en sus conocimientos jurídicos tienen el nivel que, en filosofía, cuenta don Emilio Lledó, tenía el taxista que le recogió en la estación de Heidelberg, que le anticipó el nombre del profesor con el que había de hacer la tesis en la ciudad junto al Neckar: esto es, Gadamer.

Siempre, decía, les gastó la misma broma: ellos con 18 años y yo cada curso un año más viejo. ¡Qué fuente de energía, de frescura, de idealismo hemos tenido la suerte de recibir los profesores de nuestros alumnos, que después, con una fortuna que no nos merecemos, se ha prolongado en nuestros discípulos, mucho más preparados, mucho más competentes y generosos que nosotros!

Pero la universidad son los maestros, quiero decir el trato con ellos. No podemos ensoberbecernos, ni siquiera ahora, por la edad, en que cabe que seamos objeto de un cierto reconocimiento. La referencia es George Steiner, que, en ese libro precioso de conversación con Laure Adler, Un largo sábado, admite que es un alumno, que lo será de por vida, pues está siempre aprendiendo. “Alumno, me gusta ser alumno. Tengo maestros”. Por cierto, hay muchas cosas estupendas en ese libro, que quizás viene a cuento, traer aquí. Por ejemplo, su elogio de la memoria; o su aclaración sobre el mejor modo de realizar la lectura: siempre tranquila, privada y con un lápiz al lado: “es esencial leer lápiz en mano”. O su denuncia del nacionalismo que se hace desde la valoración del pluralismo y su riqueza. Uno puede sentirse en casa en todas partes. “Dadme una mesa de trabajo y ya tengo una patria”, señala.

Debemos en esta hora tener un minuto para evocar a los maestros, pues la Universidad es, antes de nada, la ocasión para su encuentro, aprendiendo de ellos scholae et vitae. Han sido ejemplo, para empezar, de lo que Juan Ramón Jiménez llamaba el trabajo gustoso, esto es, una dedicación vocacional, que valoraba las oportunidades intelectuales de la entrega a la investigación y al estudio frente a lo que podía ofrecer la sociedad de fuera. Conviene advertir que esta tensión (Universidad-Sociedad) es irreductible, y que no puede ser escamoteada. La vida universitaria no puede ignorar las demandas y el comportamiento de la comunidad, y está muy bien que el profesor al menos durante un tiempo salga de los, con todo, cómodos muros universitarios, y conozca el curso de la práctica profesional, en el caso del derecho, en un despacho o una institución; pero, inevitablemente, llegará el momento en que las exigencias de la vida universitaria, el rigor, la independencia, la modestia, han de prevalecer sobre las referencias de la vida exterior, que, como habrá mostrado la experiencia laboral extrauniversitaria, salvo si se trata del sector público, son exclusivistas y de calidad moral inferior.

Mi ideal universitario está muy ligado al que viví durante mis años de formación inglesa en la London School of Economics, donde hice un posgrado en Government (algo así como política comparada) y veía el comportamiento de los académicos a los que admiraba -Kedourie, Oakeshott, profesasen allí o en otros centros como era el caso de Raymond Carr en Oxford-. Estaban todo el día en la Escuela hasta las cinco de la tarde. Sin duda muchos de ellos compartían entre sí cierta afinidad espiritual, parecida actitud política: una vocación universitaria poco mundana y llamativa por su seriedad y modestia, sin duda debida a la impronta Fabiana de la institución. Con cierta frecuencia te encontrabas con Mikael Oakeshott. Se trataba de un venerable anciano, andaba ya casi por los ochenta, que salía de su despacho del primer piso de la Portugal Street, justo enfrente donde se encontraba mi supervisor, a provisionarse de un café de la máquina del rellano…

Si el marco universitario ideal puede ser el inglés los referentes concretos son españoles, mis maestros de Valladolid, de la Complutense y de la Autónoma, en los que he encontrado, como decía antes, una ejemplaridad académica, pero también vital. Pues todos los verdaderos maestros atraen más allá de la esfera exclusivamente académica, ya que todo ellos asumen la condición que Machado atribuía a su Mairena: que enseñaba retórica, en el sentido aristotélico de la expresión, esto es, conocimiento de las cosas que se comunican persuasivamente, pero que, en realidad, era profesor de gimnasia.

El maestro Rubio, nos ha enseñado durante años en el Seminario mensual de la Autónoma, pero he de decir que tan importantes como sus lecciones de derecho parlamentario o fuentes o jurisprudencia constitucional, eran las conversaciones que mantenía con él, cuando en muchas ocasiones le trasladaba desde su casa de Aravaca, o, en compañía también del profesor Aragón, paseábamos justamente en torno al edificio de esta Facultad, tras los seminarios. La sintonía intelectual plena se siente no solo con quienes nos enseñan en nuestra disciplina, sino como muestran los ejemplos de García de Enterría, Tomás y Valiente o Elias Diaz, Rodríguez Bereijo, Rodríguez Mourullo, o el caso de Miguel Artola, o de Francisco Murillo, se dedican a materias de conocimiento solo tangencialmente próximas a la nuestra.

Pero para nada quiere esta intervención, que ya toca a su fin, quedarse varada en la nostalgia. Tengo, como le pasaba a alguno de los integrantes de la generación vasca de los cincuenta, la de Caro Baroja o Mitxelena, Arteche o Azaola, que admiro tanto, terror a quedarme petrificado como la mujer de Lot por volver la vista atrás. Debemos decir entonces algo sobre el futuro de la Universidad.

Aunque creo que Bolonia no ha sido una buena idea- se han preguntado ustedes por qué no se sigue el modelo en Oxford, Berlin, Heidelberg, París o, la misma Bolonia- para nada pienso que la Universidad española, las mejores al menos, se encuentren en un mal momento. En su conjunto, esta Universidad es muy superior a aquella en la que estudié: baste, pensando en la disciplina a la que me dedico, reparar en lo que era el derecho constitucional en el antiguo régimen, y el nivel alcanzado en esta materia en la actualidad.

Creo que el problema esencial de la Universidad, si se descuenta el de la escasez de recursos en que se encuentra, con una práctica paralización de los concursos de plazas, atañe a la selección del profesorado. A mi juicio, el actual sistema impide la adecuada movilidad del profesorado que parece adscrito a su gleba por los siglos de los siglos, y que impide la importación, pero también la exportación del talento en una Universidad con excedentes del mismo, como es la Autónoma.

Fijada exclusivamente nuestra atención en el acceso de los profesores numerarios a su condición de titulares y catedráticos, el actual sistema de acreditación nacional y la verificación de concursos en las Universidades deberían ser sustituidos por una prueba pública en la que se disputasen la totalidad de las plazas sacadas a concurso, aunque se reclamase la colaboración posterior de las Universidades en la atribución efectiva de sus vacantes. Así podría intentar salirse del actual sistema, que sufre, si se me permite decirlo sintéticamente, de opacidad en el proceso de selección, que raya en la inconstitucionalidad; falta de especialidad en la cualificación de los miembros de la comisión dictaminadora de la ANECA; localismo en la atribución de las plazas en las Universidades; y atiborramiento actual en las plantillas del profesorado numerario.

Nada más. Reitero mi reconocimiento al Sr. Rector que me ha permitido tomar la palabra en este acto, que, como ven, para nada he entendido como de despedida universitaria. No digo entonces adiós, sino hasta pronto, el curso que viene, queridos amigos.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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