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TIRO CON ARCO

Sijena y el olvido

Dani Villagrasa Beltrán
lunes 11 de diciembre de 2017, 18:45h
Decía hace unos días, algo pomposo, que hacía falta un Castellio para la nueva era de Internet, ante el aumento del fanatismo que se viene registrando en las redes sociales. Sebastián Castellio fue un humanista que se opuso a la intolerancia y el fanatismo de Juan Calvino. Stephan Zweig, en su obra ‘Castellio contra Calvino’, que publicó en 1936, con el fascismo al acecho en Europa, recrea el enfrentamiento entre ambos, desencadenado por el ajusticiamiento de Miguel Servet en la hoguera, a manos de los calvinistas. “Matar a un hombre no será nunca defender una docrina, siempre será matar a un hombre”, sería el leitmotiv del libro.

Cuando niños, nos hablaban de Miguel Servet, porque era de Aragón. Todo un héroe regional, como Agustina de Aragón, que era catalana. Se nos ocultaba la realidad, ya que los profesores decían que lo mataron por unas doctrinas médicas sobre la circulación de la sangre -la secundaria, para ser concretos, la que comunica el corazón con los pulmones- cuando la razón fundamental era teológica: Miguel Servet negaba el dogma de la Trinidad. Se nos hacía hincapié en el rasgo de la cabezonería del personaje, un distintivo inconfundible de su origen, parecían querer decirnos, frente a la retractación de Galileo, del que no nos hablaban tanto, quizá por no ser aragonés.

Miguel Servet nació en Villanueva de Sijena, localidad de Los Monegros en Huesca, Aragón. El mismo lugar donde se encuentra el monasterio que hoy es portada en toda la prensa española por la devolución de las obras de arte que se encontraban en el museo de Lleida. Las razones del litigio, que dura ya décadas, han sido explicadas por lo largo en los diarios durante las últimas jornadas. No me detengo. Hay varias sentencias judiciales que obligaban a devolver los conocidos como bienes de Sijena, aunque desde Cataluña se hiciera caso omiso.

No me extraña que los aragoneses creemos mitos como los de Miguel Servet, para reafirmarnos, porque da la sensación de que a la opinión pública sólo le interesan nuestros asuntos cuando afectan a un conflicto mayor, como es el de Cataluña. Hasta ahora, la indiferencia frente al litigio entre la Diputación General de Aragón y la Generalitat había pasado desapercibida para todo el resto de España. Ha tenido que politizarse -y politizarse por la vía del secesionismo catalán, que habla nada menos que de expolio, amenazas aparte-. No sólo ocurre con Aragón. Hace poco, los extremeños y los murcianos se reivindicaban en Madrid y no lograban ni una quinta parte de la atención que la última astracanada de Puigdemont. Arden las redes. El olvido quema.
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