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TRIBUNA

Reivindicación de la igualdad de la mujer

sábado 16 de diciembre de 2017, 19:44h

Si bien en la actualidad se admite en algunos países, como Alemania, Australia, Canadá, India o Pakistán, entre otros, la inscripción de un recién nacido en el registro civil, como una persona con sexo indeterminado o neutro, calificándose de “tercer género”, hasta tiempos recientes lo ordinario era, y sigue siendo, inscribir a un recién nacido, bien como de sexo femenino o masculino, según lo que sea apropiado en su naturaleza. A partir de aquí, la calificación de uno u otro sexo ha llevado normalmente, como anexo en su papel definitorio, toda una serie de diferencias que han sido criticadas en los últimos tiempos en base a la discriminación que conllevan. Así, por ejemplo, en la etapa infantil ya se distinguía el color de la ropa de uno u otro sexo: azul para los niños, rosa para las niñas; o juguetes bélicos para los niños y muñecas para las niñas... hasta llegar a la pubertad y adolescencia que conducían con tales diferencias entre ambos sexos hacia la edad adulta, jugando en la sociedad cada uno un papel diferente, si no querían ser denostados como bichos raros o algo más denigrante. Los jóvenes “quintos” prestaban el servicio militar, en la época del servicio obligatorio; y las chicas, el servicio social aprendiendo las labores de casa, tales como bordar y cocinar, con los respectivos libros de texto en sus estudios doctrinarios. Además, las chicas que se preciaban de gente bien aprendían a tocar el piano e iban a clase de corte y confección, con una doble finalidad: ser la alegría de la casa poniendo un poco de música en el entorno familiar, en aquellos tiempos en que todavía no había llegado el gramófono ni los discos de la “voz de su amo” y, de otra parte, poder confeccionar sus vestidos, en la época en que todavía no había llegado la moda parisina del “prête a porter”, así como zurcir los calcetines de su marido cuando hiciera falta. Incluso, estaban atentos en la preparación del sexo femenino para los ansiados fines matrimoniales, los propios comerciantes que se dedicaban a la venta de pianos, quienes, a su vez, proporcionaban en sus tiendas la posibilidad de poder adquirir la sugestiva máquina de coser para las señoritas de la época, con una amplia oferta de marcas, aprovechando así la oportunidad matando dos pájaros de un tiro.

Pues bien, todo eso ya pasó a la historia, teniendo en cuenta, sin embargo, que no hace tantas décadas, antes de que llegara la democracia en España con la Constitución de 1978, las mujeres casadas todavía tenían que pedir autorización a sus maridos para ciertos actos mercantiles y civiles, tales como poder abrir una cuenta corriente en el banco o poder comprar un bien inmueble, o sacarse el carnet de conducir, en base a lo dispuesto en el artículo 57 del antiguo Código Civil que establecía esa perla “el marido debe proteger a la mujer y ésta obedecer al marido”. Además, las mujeres no podían acceder a ciertas profesiones u oficios, tales como juez, marino mercante o militar. Actualmente, ya hay mujeres ejerciendo tales profesiones hasta haber alcanzado altos grados en su ejercicio y, si bien creo que todavía no hay ninguna mujer militar que haya obtenido en nuestro país el grado de general, no obstante han ejercido ya como ministras de Defensa, tanto durante el gobierno socialista como actualmente con el gobierno del Partido Popular.

A pesar de tales avances notables del papel de la mujer en la sociedad, todavía queda algún resquicio donde afloran tales diferencias entre sexos. Me acabo de enterar de la existencia de un grupo de personas que recientemente abogan para que desaparezcan ciertas diferencias sobre la calificación del sexo y van pidiendo firmas de apoyo para solicitar a la Academia de la Lengua Española que elimine del diccionario la histórica aberración en la definición del denominado “sexo débil o bello” que dice ser “el conjunto de las mujeres”, en contraposición al denominado “sexo fuerte o feo” que lo define como “el conjunto de los hombres”. Ciertamente creo que va siendo hora de que se eliminen de oficio por la propia Academia tales definiciones discriminatorias, sin tener que esperar a recibir denuncias por parte de la sociedad, adaptándose a los tiempos actuales. Debieran tenerse en cuenta, pues, tales precauciones a fin de no molestar ni denigrar a las personas de uno u otro sexo con diferencias que ya no debieran existir. Es más, alguna que otra institución de carácter no meramente lingüístico, como la Iglesia, debería explicar hacia dónde va actualmente insuflando el Espíritu Santo, teniendo en cuenta que en sus inicios durante la época de Nerón, infundió a San Pablo las siguientes palabras en la primera carta que dirigió a los corintios, a quienes exhortaba diciendo: “Como en todas las iglesias de los santos, las mujeres cállense en las asambleas, porque no les toca a ellas hablar, sino vivir sujetas, como dice la Ley. Si quieren aprender algo, que en casa pregunten a sus maridos, porque no es decoroso para la mujer hablar en la iglesia” (capítulo 14, versículos 34-35). Realmente San Pablo dejó en un brete con esas palabras a los dirigentes actuales de la Iglesia. No sé si el Papa Francisco se atreverá a contradecirle, ordenando a mujeres como sacerdotisas y que también ellas puedan obispar, tal como ya hicieron los protestantes y los anglicanos. Sin ir más lejos, en Suecia la arzobispa luterana de ese país ha celebrado los bautizos de la casa real y demás ceremonias religiosas.

En definitiva, el devenir de la humanidad es un misterio, pero no cabe duda de que cada vez está más próximo el acercamiento de los sexos, dejando de lado las diferencias de todo tipo entre uno y otro, en especial por lo que se refiere al ejercicio de los derechos y deberes en todo el ámbito social. Ya los Reyes Católicos nos dieron ejemplo con la divisa “Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”. Confío en que pronto ello sea lo más normal, aunque es cierto que todavía se dan varias velocidades para llegar a dicha meta de manera uniforme en todo el mundo, lo mismo que la hora no marca el mismo tiempo en todo el hemisferio sino según el grado de rotación.

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