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TRIBUNA

Navidad en San Sebastián

Juan José Solozábal
martes 26 de diciembre de 2017, 20:41h

Es una imagen inédita la de la ciudad en la noche de Navidad inmediatamente después de las once, pero absolutamente deslumbrante: recién sales de la calle Miracruz, enfilando el puente de Santa Catalina hacia el centro, hasta llegar a la Concha. Ni un vehículo, ni un ruido: un silencio clamoroso en esta noche fría, pero esplendorosa. Puedes mirar, al lado del río, a tu izquierda por el Paseo de los Fueros; o hacia la derecha, oyendo, si prestas algo de atención, al mar, hacia el cubo, ahora azul y verde, del Kursaal. La mezcla de paz y el derroche de luz de tantos motivos navideños quizás te inclinen a la contemplación o el ensimismamiento; pero también tienen un efecto vigorizante y optimista, que te lleva a pensar por un instante, como le pasaba a Jorge Guillén, que el mundo está bien hecho.

No siempre es tan fácil atravesar el puente sobre el Urumea que une las dos ciudades: a veces, en una tarde de galerna has debido desistir; también te ha ocurrido si te encontrabas todavía convaleciente. Puede que el viento e el frío te nublen la vista. Esto es lo que le debió pasar a don José de Arteche, quien, al volver del trabajo a su casa, muy cerca de la Iglesia de San Ignacio, creyó ver al diablo en el rostro de un viandante, según anota horrorizado en su Diario de un vasco en la postguerra (1939-1971). Este libro, en buena parte transcripción de las anotaciones del escritor mientras se trasladaba en tren todas las mañanas desde su domicilio de Zarauz a la capital donostiarra, es un testimonio imprescindible para entender la depresión moral en que entró el País Vasco tras la guerra, en el clima agobiante y malsano de la dictadura. El cuaderno de Arteche, lo piensas ahora, tampoco, será muy conocido fuera de Euskadi, como ocurre con su Abrazo de los muertos. Tengo que preguntarle a mi amigo Enrique Moradiellos, que ha recibido el premio nacional de historia por su libro sobre la guerra civil, si ha manejado este volumen y, especialmente, si cree que el mismo es conocido en la bibliografía sobre nuestra contienda. Me temo que no. La espontaneidad de estas notas me permite hacerles una confesión: sé que Arteche tenía en mucho la obra de Luis Martin Santos: ahora, consultando un catálogo de libros viejos, me entero de que hay una edición del Abrazo de los muertos con un prólogo de Martín Santos, que será, seguro, de lectura inexcusable para entender la obra del escritor azpeitarra. Prometo volver sobre esta cuestión, pues, después de todo, se me hace imposible pasear por San Sebastián sin tropezar con estos dos escritores, donostiarras advenedizos como yo.

A veces en la vida se produce una confusión o enredo que tiene un origen malévolo, o si se quiere, casi diablesco. He pasado la tarde con mi anciana madre. En un determinado momento le he recordado como, en algún verano, mientras cursaba mis estudios de derecho, podía acudir al juzgado de Pasajes de San Pedro para ayudar a papá a llevar el registro civil, y como era frecuente que inscribiéramos niños que tenían apellidos vascos y gallegos, si procedían especialmente de Trintxerpe o el Poblado. Mi madre, que era maestra del Poblado, me ha contado que en cierta ocasión recibió la visita de una señora que le comentó angustiada que su hija, que asistía a la escuela, estaba obsesionada con la idea de que no conocía a sus padres verdaderos, pues se parecía muy poco a su hermana menor. No había modo de convencerla de que a veces los hermanos pueden no guardar semejanza. Mamá resolvió el problema: a las pocas fechas fue con la niña al Juzgado de mi padre que mostró a la pequeña como en el registro figuraba precisamente en el día de su nacimiento la inscripción correspondiente, constando de modo auténtico su verdadera filiación.

En la mañana de Navidad he dudado si dar mi paseo por el parque de Cristina Enea, ligado a la figura del prócer donostiarra don Fermín Lasala, duque de Mandas, político conservador y notable escritor el mismo, cuya obra Ultima etapa de la unidad nacional, Los Fueros vascongados en 1876, 1924, es un filón inagotable para los estudiosos de la historia vasca, y que utilicé en mi libro sobre el Primer Nacionalismo. Don Fermín Lasala, cuyo rol mediador de los intereses vascos en la España de la Restauración, no se le escapó a don José Miguel de Azaola, fue embajador español en Londres. Azorín lo retrata en uno de los artículos que integran su Política y Literatura, pronunciando un brindis y apostando, ante una buena porción de amigos ingleses, entre ellos algunos hispanistas, por las posibilidades modernizadoras de nuestro país a comienzos del siglo XX. Azorín, por cierto, captó como nadie la amabilidad y deferencia guipuzcoanas que hoy puede apreciar el viajero y que son proverbiales en los establecimientos hoteleros donostiarras. Piénsese que San Sebastián fue la corte veraniega durante buena parte del siglo XIX, pionera en un refinamiento desconocido entonces en España. Estos usos civilizadores explican que, en la Revolución de 1868, las guarniciones militares donostiarras esperasen a que Isabel II hubiese abandonado la ciudad para pronunciarse contra ella.

Finalmente pasearé por la mañana del día de Navidad junto a la Concha, aunque no coincida, como en otras ocasiones, con Fernando Savater, o algún otro ilustre amigo. Hace frío, pero la mañana es muy hermosa. A pesar de que voy rápido, puedo escuchar sorprendido una versión jazzística muy lograda de un grupo de músicos húngaros o de Transilvania del homenaje de Xabier Lete al bersolari Xalbador (Xalbadorren Heriotzean) .Veo que en la fachada del Ayuntamiento, supongo que por designio nacionalista, ondea sola la bandera donostiarra, sin la española, cuya presidencia indebidamente queda deslucida al pie del edificio. Qué necedad.

Pero, como siempre, no me pierdo la actuación del coro de la Iglesia de San Vicente, en la misa de las doce y media, con una soprano excelente que ofrece una buena selección de villancicos vascos y un soberbio órgano, interpretando fugas y motetes de Bach, de forma impecable…

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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