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TRIBUNA

El fin del comunismo

lunes 22 de enero de 2018, 20:12h

En realidad el comunismo, como última fase del marxismo, nunca ha llegado a existir y, por tanto, no puede tener fin algo que nunca existió. Lo que sí ha existido son etapas o fases que pueden calificarse de “precomunismo”, lo que Marx denominó la dictadura del proletariado. Marx fue un intelectual activista e investigador de la historia económica que quiso salvar el mundo, proponiendo una solución que sería la gran panacea para la humanidad con el intento de crear un nuevo paraíso terrenal mediante la redención del trabajador. Marx pretendía devolver al hombre el paraíso perdido que, conforme relató en su obra John Milton siguiendo el mito bíblico de la condena al sufrimiento y al trabajo, había malogrado. Desde entonces, la vida del hombre ha transcurrido por miserables etapas de sudor y sufrimiento sin encontrar una solución para superar tal engorro; si bien es cierto que unos se lo han pasado mejor que otros en esta vida, como observó el propio Marx en sus estudios y conclusiones. Precisamente, gracias a la observación de Marx, ayudado por Engels, llegaron a la conclusión de que había una forma de poner fin a tan espinosa y disfuncional existencia humana. Basándose en la teoría de la dialéctica histórica de Hegel, Marx descubrió la piedra filosofal para salir del precipicio en que había caído el proletariado y liberarle de su esclavitud, a fin de terminar para siempre con el sufrimiento de los trabajadores que eran explotados por los detentadores del capital que, según opinaba Marx, como burgueses inmisericordes, disponían de los bienes de producción y explotaban a los obreros que eran quienes realmente con su trabajo elaboraban las mercancías y productos, dándoles el valor que tenían en el mercado con la plusvalía añadida, sin ofrecer a cambio un salario digno y equivalente, como contraprestación, sino el mínimo de lo indispensable para mantener la vida al trabajador que padecía la miseria durante toda su existencia, originándose con ello una contradicción de intereses que conduciría a una lucha de clases.

La solución que pretendió Marx, después de analizar el transcurso de la historia de la economía política en sus diversas fases, fue la de que no había más remedio de que el proletariado, como clase trabajadora industrial, tenía que espabilar llevando a cabo una revolución contra el sistema capitalista burgués que acaparaba todo el poder económico social y, por ende, el poder político del estado. Ello no era otra cosa que la secuencia inevitable de la dialéctica a la que se llegaría mediante el método científico previsto por Marx, tras dicho análisis de la sociedad y la producción a lo largo de la historia. A diferencia de Hegel, que había prenunciado el devenir de la historia por la dialéctica dispuesta hacia un fin superior predeterminado por el ser Absoluto, Marx entendió que había llegado la hora de superar la mera abstracción y conseguir el cambio hacia un mundo mejor, el comunismo, mediante lo que luego se denominó el materialismo dialéctico. Es decir, debía superarse la fase del idealismo abstracto y de los misticismos, dado que el cambio real depende de la actuación material, de la rebelión social inevitable mediante la revolución de los trabajadores explotados contra el sistema político-económico burgués que actuaba como superestructura del poder capitalista. Hasta ahora -dijo Marx- la filosofía ha interpretado el mundo, pero ha llegado el momento de transformarlo.

Después de algunos intentos frustrados de llevar a la práctica la revolución del proletariado en varios países de Europa en 1848, entre las que destacó la revolución de la Comuna de París tras el manifiesto comunista, Marx continuó en su empeño, pero nunca pudo llegar a ver la implantación del comunismo que ansiaba sino que tuvo que conformarse con el anuncio que hizo en su obra El Capital, calificada en su época como la “Biblia de la clase obrera”.

Marx se equivocó en dos cosas, por lo menos, según afirman los entendidos. La primera, en que la revolución del proletariado que anunciaba como inevitable en los países más industrializados, como Francia o Inglaterra, por la lógica natural de la dialéctica hacia el fracaso y la crisis del capitalismo, no se cumplió sino que se dio la revolución del proletariado en países menos industrializados, como ocurrió en Rusia o China. También se equivocó al no tener presente, como luego reconoció Engels, la capacidad de reacción del capitalismo sobre la implementación de su sistema económico que llegaría a adoptar otras soluciones en su evolución con ciertas mejoras para los trabajadores, tanto en el denominado estado del bienestar como en otras cuestiones políticas y sociales implantadas, a fin de frenar los posibles intentos comunistas de derrocar los estados democráticos liberales. Por ejemplo, las técnicas político-económicas aplicadas en EE.UU. tras la crisis de la depresión en 1929 (New Deal) para salvar el sistema capitalista, cuando parecía que se cumplían las previsiones anunciadas por Marx para la inevitable revolución tras su cataclismo.

Los hombres que llevaron a la práctica las revoluciones que Marx había preconizado fueron idealistas y fanáticos seguidores de su doctrina, como Lenin y Stalin en Rusia, o Mao Tse-tung en China. Pero todos esos revolucionarios tan sólo llegaron al “precomunismo”, o ni siquiera a ello, pues nunca se llegó a establecer un estado donde tuviera realmente la dirección del mismo el proletariado, sino que la revolución fue dirigida por intelectuales activistas del marxismo, o simpatizantes de tales métodos, que llevaron a cabo su revolución disponiendo a continuación de un estado dictatorial férreo bajo el poder del partido, mal denominado comunista, al confundir el principio con el fin último, debiendo autoproclamarse mejor como “partido revolucionario del proletariado”, para ser fieles a sus orígenes; ya que una cosa era el fin último e irreversible de lo anunciado por Marx, “el comunismo”, y otra las consecuencias habidas de las revoluciones llevadas al efecto, o sea el despotismo de líderes como Stalin o Mao. El comunismo tenía que ser, según el marxismo, la fase final de la revolución total, en la que se eliminarían todas las diferencias de clases, sin privilegios de unos sobre otros, creando una sociedad tan perfecta e igualitaria donde ya no sería necesaria la burocracia del estado, al haber llegado a constituir el comunismo un verdadero paraíso para todos. Pero eso nunca ha existido ni se ha logrado. Como botón de muestra, basta con ver las sociedades creadas en las dictaduras comunistas de Corea del Norte, Cuba, y la anterior URSS.

En lugar del tan ansiado y feliz final del comunismo, la implantación de la revolución marxista sólo se quedó con el nombre, llegando a constituir, por el contrario, una carrera de obstáculos para obtener el poder, enfrentándose los propios secuaces del marxismo, unos contra otros, en cada revolución programada. Desde entonces no han cesado las divisiones partidistas, en que cada líder se ha proclamado como el verdadero intérprete de la doctrina de Marx para alcanzar el comunismo. Los seguidores de Lenin contra los de Trotsky; los bolcheviques contra los mencheviques; los que creían en la revolución directa del proletariado y de los campesinos en cada estado (como ocurrió en Rusia o China), frente a los que creían en la revolución permanente de todas las naciones industrializadas contra el imperio capitalista burgués, que nunca llegó a producirse, aunque era la pretensión de las denominadas “Internacionales obreras” con el lema: ¡trabajadores de todo el mundo uníos!, etc. Y así hasta el presente, donde tenemos a los seguidores camaradas del comunismo separados en varios partidos, cada uno a su bola, con divisiones internas que no saben hacia dónde dirigir la brújula. No hablemos ya de las diferencias sobrevenidas, tras los que se decantaron por el denominado “eurocomunismo” para desgajarse de los mandatos del Kremlin, en su momento; movimiento al que se unió incluso Santiago Carrillo, al final de su vida, con gran disgusto del partido comunista tradicional e histórico al que había pertenecido desde su juventud.

En definitiva, si Marx renaciera quedaría horrorizado al ver que sus profecías sobre el orden nuevo que predicaba en su teoría sobre la evolución de la economía política no han tenido éxito. Prueba de ello son los restos que quedan de aquellas revoluciones que hicieron temblar el mundo, en tiempos de Lenin, Mao, Fidel Castro y demás visionarios, sin que se hiciera justicia a su teoría “marxista comunista”, al no haber llegado a conseguir el soñado paraíso perdido. ¡Pobre Marx!, pasó toda su vida criticando a aquellos utópicos comunistas a quienes calificaba de advenedizos mientras proclamaba que su tesis constituía el verdadero comunismo científico y posible, dentro del proceso histórico-natural, cuando en realidad no pasó de ser otra utopía más; aunque, eso sí, llegando a producir revoluciones violentas y cruentas con millones de muertos y guerras civiles por unos ideales perdidos, siguiendo las directrices del manifiesto comunista que preconizaba el asalto al poder mediante la revolución del proletariado hasta derrocar por la violencia a la burguesía y su sistema social y político instaurando definitivamente el comunismo, calificado por Marx, como la conquista de la verdadera democracia. Pero, por lo visto, el despotismo de la suspirada democracia marxista ha dado pocos frutos de los esperados, como se ha visto donde se ha querido implantar.

En definitiva el marxismo, después de Antonio Gramsci, como ideólogo de la praxis del marxismo en el siglo XX, y Dolores Ibárruri, como revolucionaria arengadora que llevó su convicción del comunismo en la II República y la guerra civil de España, se ha convertido simplemente en una doctrina de estudio para los historiadores y sociólogos a analizar en sus diferentes versiones, más que como una solución de la política real de nuestro tiempo a través de golpes de estado mediante revoluciones del proletariado, salvo para algunos soñadores que continúan suspirando por la lucha de clases sin haber evolucionado desde las teorías marxistas del siglo XIX. Tanto el fascismo como el comunismo, organizaciones políticas que usan la violencia para alcanzar el poder, han pasado ya a la historia (a la triste historia de la humanidad), o debieran haber pasado y caído, como ocurrió con el muro de Berlín. En cualquier caso, no deja de tener su importancia como ideología que ha influido en las concepciones de la sociedad y de su evolución a lo largo de la historia sin que, por supuesto, pueda concluirse, como creían los seguidores del marxismo, que su praxis sería la solución definitiva y el máximo porvenir de la humanidad como fin último en este mundo.

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