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POR LIBRE

El día más largo de Rajoy

domingo 28 de enero de 2018, 19:13h

Entre Carles Puigdemont y Soraya Sáenz de Santamaría, el pobre Mariano Rajoy no gana para sustos. El presidente del Gobierno ya había asumido que los separatistas escenificarían otra comedia bufa en el Parlamento catalán al votar la investidura de Puigdemont a distancia. Tenía preparado el recurso al Tribunal Constitucional para que el prófugo no pudiera disfrutar de su victoria ni media hora. Y así se lo confesó a Alsina en la entrevista en la que, de paso, anunció que seguirá de candidato del PP “ad eternum”. Pero, de pronto, el jueves la vicepresidenta irrumpió en su despacho con un fajo de papeles y a gritos le espetó que había que evitar “la humillación” de que los separatistas volvieran a entonar “Els Segadors” después de haber investido al huido en Bélgica que, además, tenía previsto pronunciar su discurso desde el Parlamento de Flandes en catalán, francés e inglés.

A Rajoy aquello no le parecía tan grave. Ya estaba acostumbrado a ver a Puigdemont pasear su pelucón por las calles de Bruselas y, además, quería descansar el fin de semana, trotar media hora por los jardines de palacio y ver tranquilamente el partido del Real Madrid. Pero Soraya no paraba de brincar a su alrededor agitando su kilo de papeles que, según ella, iba a frenar en seco otro esperpento del Parlamento catalán. “Hay que poner un recurso inmediatamente al Constitucional para que suspenda la sesión de investidura. Está ganado”, le dijo casi a gritos Soraya. El presidente, al final, no se sabe si para quitarse de en medio a la nerviosa vicepresidenta, aceptó embarcarse en la intrépida aventura. Y volvió a sus aposentos. Pero por la tarde, José Luis Ayllón, su nuevo jefe de Gabinete le despertó del sopor, para comunicarle que el Consejo de Estado había tumbado el maldito recurso de la vicepresidenta. Y se acabó la paz.

Cual zombi apareció Rajoy el viernes en el Consejo de Ministros. Sin ganas de hablar, mirando de reojo a Soraya, aceptó seguir adelante, perdidos al río, y presentar el recurso con el riesgo de que el Constitucional no lo admitiera a trámite. Y con el baile de san vito en el cuerpo se dispuso a esperar el dictamen del Tribunal durante un interminable sábado. El pobre Rajoy no pudo ni disfrutar de la goleada del Madrid al Valencia, pendiente como estaba de que los magistrados se terminaran de poner de acuerdo, lo que les costó ocho largas, eternas horas.

Y cuando se estaba acordando de la entera familia de Soraya, la vicepresidenta del Gobierno apareció dando brincos de nuevo y cantando victoria. “Puigdemont no puede ser investido a distancia. Aunque el Constitucional nos ha puesto alguna peguilla, hemos ganado”, dijo eufórica. Rajoy no le preguntó por las “peguillas” y se dispuso a ver, apoltronado en el sofá, la repetición de los goles del Madrid.

Sin duda, la vicepresidenta del Gobierno se precipitó con su recurso, que jurídicamente estaba cogido con pinzas. Le dio el fin de semana a su jefe. Pero reaccionó con valentía y evitó un nuevo bochorno. Puede que Torrent siga adelante y escenifique una investidura ilegal. Puede incluso que Puigdemont se cuele vestido de lagarterana en el Parlamento catalán. Pero también puede ocurrir que el mismo martes, ambos den con sus huesos en la cárcel. Incluso, puede que los separatistas más sensatos, que alguno queda, prefieran elegir otro candidato, evitar saltarse la ley para quitarse de encima el artículo 155 y gobernar. Puede.

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