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FELIPE VI O LA CONTINUIDAD MONÁRQUICA

sábado 03 de febrero de 2018, 17:58h
En los años 60 del siglo pasado, los falangistas valerosos exhibían sus flechas simbólicas a la entrada y salida de todos...

En el suplemento especial de El Mundo dedicado al 50 aniversario del Rey Felipe VI, apareció este artículo de Luis María Anson que por su interés reproducimos a continuación.

En los años 60 del siglo pasado, los falangistas valerosos exhibían sus flechas simbólicas a la entrada y salida de todos los pueblos de España. Era la evidencia del sistema totalitario que se imponía a los españoles. En la fachada del edificio de Alcalá, sede del Movimiento Nacional, se enseñoreaban las flechas con sus veinte metros de altura. Muchos de aquellos falangistas eran prepotentes y agresivos y habían acuñado una frase que consideraban muy ingeniosa: “Cuando lleguemos al año 2000 solo quedarán en el mundo cinco reyes: el de Inglaterra y los cuatro de la baraja”.

Avanzamos a zancadas por el siglo XXI, y es un hecho objetivo que entre los países políticamente más libres del mundo, socialmente más justos, económicamente más desarrollados, culturalmente más progresistas, figuran las Monarquías democráticas: Suecia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Gran Bretaña, España, Japón, Australia, Canadá… La ONU hace todos los años una clasificación de los dos centenares de países que en ella se agrupan en relación a su desarrollo y calidad de vida. Entre las diez primeras naciones figuran siete Monarquías parlamentarias.

El reinado de Don Juan Carlos

Al Príncipe de Asturias Don Juan Carlos, los falangistas le apodaron Juanito el Breve. Pues bien, Juanito el Breve ha reinado en España casi 40 años, es decir, más tiempo del que ocupó -desde 1939 a 1975- la Jefatura del Estado el dictador Franco.

Aún más, demócratas del más vario pelaje decían en los años 80: “Yo no soy monárquico. Soy juancarlista. Felipe nunca llegará a ser Rey de España”. La generosidad y el patriotismo de Don Juan Carlos, siempre al servicio del pueblo español, le llevó a abdicar en su hijo hace cuatro años. En este tiempo especialmente arriscado, el nuevo Rey ha demostrado seriedad, responsabilidad y prudencia. Y su aceptación popular se alza hasta el 76% mientras los líderes políticos no logran ni el aprobado.

Primera entrevista política de Don Felipe

Recuerdo que en 1986, siendo yo director del ABC verdadero, me llamó Nicolás Cotoner, Jefe de la Casa del Rey, para proponerme una entrevista política con el Príncipe de Asturias Don Felipe, cadete en la Academia General Militar de Zaragoza. Le haría cuantas preguntas yo quisiera y la única condición era que la entrevista pudiera ser reproducida sin traba alguna por cuantos medios de comunicación lo desearan. Hace 62 años mantuve encuentros en Zaragoza con Don Juan Carlos, cuando era cadete en la Academia Militar. Hace 32 años, en el mismo hotel zaragozano donde conversaba con Don Juan Carlos, le hice a Don Felipe la primera entrevista política.

- Soy católico -me dijo-. Pero es necesario respetar a los que tienen otra fe y a los que no tienen ninguna.

Aquel muchacho de 18 años estaba orgulloso del estilo de vida castrense. Afirmó: “La Constitución señala claramente cuál es la misión y, por lo tanto, el deber de las Fuerzas Armadas en la defensa de la integridad y la unidad de España”.

- ¿Considera entonces Vuestra Alteza que uno de sus deberes primordiales, cuando Dios disponga de la vida de su padre, será la defensa de la unidad de España, mantenida por la Monarquía durante cinco siglos? -le pregunté.

- Por supuesto -me respondió-, pero ese deber no hay que traducirlo al momento en que Dios disponga de la vida de mi padre. Es un deber permanente de todo español y yo cumpliré siempre con él.

Estas palabras pronunciadas por el Príncipe Felipe hace 31 años se identifican con su gran discurso del pasado 3 de octubre, en el que el Rey Felipe se enfrentó con el golpe de Estado que algunos dirigentes catalanes perpetraron para secesionar Cataluña de España. La firmeza ejemplar con que habló el Monarca, encendió la respuesta patriótica de los españoles que inundaron de banderas nacionales las ciudades y pueblos de España.

El Rey y la cultura

Recuerdo que Don Felipe demostró en aquella entrevista preocupación por la cultura. “Tanto en mi condición de heredero como cuando llegue a ser Rey -dijo- dedicaré mi atención al mundo cultural para ayudar a que España siga destacando con luz propia…”.

Así lo ha hecho Don Felipe en los cuatro años que viene reinando y, por poner un ejemplo, los académicos de la Real Academia Española le recordarán presidiendo un pleno en compañía de la Reina Letizia e interviniendo para dar su opinión sobre algunos términos, con gran sentido de lo que el idioma significa. Su padre Juan Carlos I prestó a lo largo de sus casi 40 años de reinado especial atención a todas las manifestaciones culturales. Y su abuelo, el gran Juan III, consciente de los errores cometidos en ese territorio por Alfonso XIII, se entrevistó con Juan Ramón Jiménez en su exilio de Puerto Rico, con Menéndez Pidal en su casa de Chamartín y con Aleixandre en Velintonia, 3. A Don Juan le complacía hablar también de los encuentros que mantuvo con Salvador de Madariaga, Pablo Picasso, Pau Casals, Joan Miró, Miguel Delibes, Camilo José Cela, Severo Ochoa, y tantos otros representantes de la cultura española.

La abdicación

“No hay sacrificio que no esté dispuesto a hacer por España”, me dijo Don Felipe hace 32 años. Y ha cumplido y sigue cumpliendo lo que entonces afirmó. Asistí en el Palacio Real, el año 2014, al acto en el que Don Juan Carlos abdicó la Corona en su hijo Don Felipe, sin otro pensamiento que servir al pueblo español. El 86% del Congreso y el 90% del Senado respaldó la ley que convertía a Don Felipe en Rey de España. Asistí también, en el Palacio de la Zarzuela, a la abdicación de Don Juan en su hijo Don Juan Carlos. Recuerdo la emoción vivísima que sentí aquella mañana de la primavera de 1977, cuando Don Juan de Borbón, después de pronunciar su discurso de renuncia, se cuadró ante su hijo el Rey, inclinó la cabeza altiva y dijo: “Majestad, por España, todo por España. ¡Viva España! ¡Viva el Rey!” Y abdicaba con estas palabras los derechos a la Corona española que había custodiado de forma ejemplar y abnegadísima, frente a la dictadura, durante 36 años . Pero todavía me emocioné más aquel día de invierno y de tristeza cuando Don Juan de Borbón, con el cáncer enroscado a la garganta, con la fiebre de cuarenta grados quemándole los ojos, azotada la piel por el destino, sangre de Reyes, quiso cumplir el juramento que había hecho en 1941, se fue allá, a la Roma de los Papas y los Emperadores, tomó el cadáver intacto de su padre, lo llevó en un barco de guerra hasta Cartagena y después, abrazado a la bandera roja y gualda, lo depositó bajo las piedras heladas de El Escorial, en el lugar que le correspondía, allí donde, entre mármoles y bronces viejos, aguardaban a Alfonso XIII sus antepasados para que pudiera explicarles, con la voz oscura del granito, la lección amarguísima del destierro y la injusticia a los Reyes que escribieron la historia de España.

Doña Letizia

Sin duda Don Felipe habrá cometido errores a lo largo de sus 50 años de vida. Pero el balance entre esos errores y sus permanentes aciertos es abrumadoramente positivo para el Rey que preside los destinos de España. Y entre esos aciertos ocupa lugar preferente la elección de esposa. Don Felipe sabía que el pueblo español solo aceptaría un matrimonio por amor porque los tiempos han cambiado mucho para las familias reales. Pero como la mujer elegida sería en su día Reina de España, debía reunir una serie de condiciones excepcionales. Y encontró en Doña Letizia a una mujer muy inteligente, en la que predomina la bondad y la solidaridad, y que ha sabido estar siempre en su sitio como Princesa de Asturias y como Reina de España.

La Monarquía permanecerá solo si es útil

La Monarquía es una plataforma para que sobre ella se resuelvan los problemas de la nación. Si resulta útil, permanece. Si se convierte en un problema y no en una solución, el pueblo la derribará. Con motivo del matrimonio astillado de los Príncipes de Gales, Carlos y Diana, empalidecidos los días de lujo y rosas, abrumado él por las heridas de la Historia, encendidos en ella los ojos de cierva azul y engañada, las cenizas sexuales se derramaron sobre la Monarquía más firme del mundo, que se tambaleó. La Corona, zarandeada por la palabra hembra, estuvo a punto de convertirse en un problema y no en una solución. Estuvo a punto de dejar de ser útil. Y eso significa su fin, incluso en Gran Bretaña.

Las hilanderas de la Historia, en fin, cuando nos adentramos en el siglo XXI, no pueden tejer otros tapices que los de la voluntad popular. Porque el Rey está para el pueblo, no el pueblo para el Rey. “Que el reinar es tarea -escribió Quevedo- que los cetros piden más sudor que los arados, y sudor teñido de las venas; que la Corona es el peso molesto que fatiga los hombros del alma primero que las fuerzas del cuerpo; que los palacios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta, y para el que atiende son patíbulos de una muerte viva…”